Redacción Animal Político · 2 de mayo de 2023
De acuerdo con la aplicación que se encarga de registrar y medir mi desempeño en la piscina, a estos huesos decadentes les lleva dos minutos y cincuenta segundos nadar cien metros. Mejorar mi marca personal no ha sido una labor sencilla, porque la constancia es uno de los hábitos más difíciles de adherir a una agenda perfumada de huevonada. Al momento de escribir esta crónica he logrado entrenar de manera casi ininterrumpida durante más de seis meses. Todo un logro de constancia y resistencia al abandono, tomando en consideración que el tiempo que me tomaba nadar los mismos cien metros la primera vez que entré a la alberca madrileña bajo un ritmo consistente, eran cinco minutos y treinta y tres segundos. Me aferro a estos dos minutos y ochenta y tres segundos de diferencia, porque simbolizan más que un récord de gordita nadadora mediocre. Los dos minutos y cincuenta segundos representan la única de mis victorias en tierras extrañas. Nadar se ha convertido en la única actividad en la que supero a cierto sector arrogante de mi comunidad. Pero el embrujo termina al momento de quitarme las aletas o al entrar a las regaderas. Disfruto mis victorias hasta el momento exacto que los camaradas de nado comienzan a hablar.
La gente que me conoce sabe que soy una feroz combatiente del viejo y conocido deporte del chisme y la plática casual. Adoro invertir horas de mi vida al lado de personas que comparten mi pasión por la conversación gratuita, pagada o subvencionada. Nací hablando por los codos y moriré hablando por los recodos pestilentes de mis despojos. Por mi historia hablarán los gusanos de mi tumba. No estoy diciendo en ninguna circunstancia que en Madrid no existen grandes conversadores, lúcidos predicadores del chisme, o sesudos amantes del lenguaje. Los hay, conozco a algunos, cuento con el privilegio de su amistad (misma que caducará al momento exacto de la lectura de este texto).
Sé qué pensarán que continúo bajo el embrujo del síndrome del jamaicón por extrañar a la gente de mi país. Los únicos mexicanos con los que hablo, debato, exijo atención o pregunto la hora son mi hijo y mi perra. Y ninguno de los dos hace el menor esfuerzo por responderme. A esta edad, el recurso más inteligente en estos casos es la resistencia. Uno de los principales actos de resistencia que ejerzo en mi cotidianeidad es la necedad de usar a traición mi jerga chilanga ante la economía del lenguaje de los nativos. Cualquier latinoamericano que haya vivido en Madrid por un largo periodo de tiempo estará de acuerdo conmigo en que, por alguna razón, los locales asumieron que el uso de nuestro incomparable idioma español debería acotarse al uso indiscriminado de tres verbos omnipresentes en cualquier conversación cotidiana. Estos verbos son: estropear, dañar y apetecer. Se usan reiteradamente para sustituir decenas de otros verbos más precisos para comprender lo que está carajos pasando por su cabeza. De acuerdo con el criterio de los madrileños, las cosas, los objetos no se quiebran, descomponen, oxidan, decoloran, deterioran, pudren, rasgan, fracturan, despedazan, averían, despintan, rajan, etc. En Madrid, capital de la osa y el madroño todo se estropea, y no se ofrecen mayores explicaciones sobre los percances que sufren las cosas que les rodean. Con dañar pasa exactamente lo mismo. Aquí nadie te lastima, agrede, rasguña, maltrata, lesiona, hiere o te golpea. Aquí la gente te hace daño, y tradúcelo como quieras. Y, por supuesto, es muy difícil encontrar coincidencias verbales en personas que compartan contigo aquello que le gusta, antoja, desea, anhela, paladea, complace o interesa. Se te comunica que algo le apetece; a partir de ahí, ya tu imaginación no tiene más que volar al país de la adivinanza; porque es imposible saber con precisión las razones auténticas por las que una persona se decanta por elegir hacer o no hacer algo; y así me pierdo constantemente y a cachitos en una espesa laguna de generalización.
Claramente que no soy autoridad alguna para juzgar a personas que viven en su propio país, y hablan cómo se les da su rechingada gana, faltaba más; pero comencé a pensar que algún día me acostumbraré a obviar, resumir, ahorrar, economizar miles de palabras que acumulé en la memoria durante casi 47 años y que forman parte de mi personalidad, lenguaje y herencia de padres, abuelos y amigos. Me urge un amigo regio para que me cuente chismes del jale. Dos chilangos para charlar horas sin que finjan no entenderme cuando pronuncio genocidio, sin la zeta intermedia e imaginaria. Deseo seguir hablando mal, pronunciando peor y no dejar nunca de abrazar la segunda persona del plural, el futuro analítico, y todos los vulgarismos que distinguen mi cultura maltrecha.
Mi marido intenta construir un mundo lingüístico familiar más llevadero, y se esmera en tomarse el tiempo de utilizar las expresiones que ha observado son de uso común ente mis amigos y yo, y claro que lo hace muy mal, pero le agradezco por su tiernísimo esfuerzo por soltar sus: no mames, güey, y está de la verga en los momentos más inapropiados y vergonzosos posibles.
El día de ayer intercambié mensajes de voz con un querido amigo escritor mexicano que llegará en breve a Madrid a presentar su más reciente novela. Después de un pin-pong de emocionado intercambio para ponernos de acuerdo el día del evento, me dice:
-No chingues, América. Ya hablas como Hugo Sánchez. Pensé que eras más fuerte.
Yo: ¿¿Qué?? ¡No mames, no digas mamadas!, ¿¿de qué hablas??
– ¿Neto, Pacheco? Ponle huevos a tu acento. Eres tú, ¿qué onda con tus modismos? América Sánchez Pacheco. Jajaja.
De nada valió negarme, defenderme, ni mandarlo a chingar a su madre. Dice que ahora hablo como gachupín, y creo que no existe argumento alguno para decirle que está pendejo. Pendejísimo.
Me cago en la hostia.