Confiar

Mayra Zepeda · 7 de marzo de 2014

Confiar

 And then you came around…

 

-¿Puedo tomar esta silla?

-Sí, claro, sin problema.

En lugar de tomarla, se sentó, como si se conocieran de siempre. “¿Qué se cree este cabrón?”, ella pensó mientras devoraba los tacos que había ordenado para calmar  la tripa que llora después de una pequeña borrachera.

Ahí se conocieron, en una taquería, él más ebrio que ella. Un diálogo, un diálogo intempestivo como la llegada a su vida. Comenzó a interrogar al hombre que llegó de la nada. Cuando escuchó su nombre, de dónde venía y a qué se dedicaba aquí en la ciudad de México, de inmediato, con una emoción y confianza que sólo dan las cervezas, le pidió su número de teléfono. Tenía que tenerlo. Así se lo dijo: “tengo que tener tu número”. Y los intercambiaron.

Ella se ofreció a llevarlo a su casa (sí, a un desconocido pasado de copas). Cuando llegaron, él se bajó del auto y se despidió diciendo que pronto la llamaría para ir por café o cervezas.

Ella, como siempre, supo que él nunca llamaría.

***

Como muchas veces en que cree tener la razón, saber lo que pasará en el futuro y lo que hará la gente, se equivocó. Al día siguiente ya tenía un mensaje del desconocido preguntándole si quería ir a tomar cerveza o café. Ella respondió que la próxima semana estaba bien, aunque minutos después volvió a escribirle para decir que ¡oh sorpresa! su agenda se había liberado hoy mismo. La verdad es que odió la idea que durante el fin de semana él pudiera conocer a otra mujer.

Maldita sea, estaba tan nerviosa que ni siquiera se fijó en dónde estacionó el auto. Ahí estaba él, alto, serio, con su eterna boina, lentes de pasta, una chaqueta que le daba un aire de hombre de otro tiempo y sus zapatos rotos. Camino al café se fue silbando una canción y después le explicó que era de un sueco que cantaba sobre sus zapatos rotos, como los suyos.

A ella le costó mucho trabajo y concentración esa primera conversación en el café porque no entendía bien el acento de este hombre. Recuerda que mientras él le explicaba con un inglés atropellado y seco cómo Finlandia había estado bajo dominio sueco y ruso ella tenía que parar oído para escuchar cada palabra que él pronunciaba.

Ese día se contaron muchas historias. México, Finlandia, sus familias, su trabajo, la pintura, la escritura, el periodismo, todo acompañado de cerveza y pastel de chocolate amargo. Él casi nunca sonreía. Ese día cumplió el estereotipo del nórdico frío y con poco gusto por el contacto físico, lo que, ella confiesa, la tomó desprevenida.

Tardaron cerca de media hora en encontrar el auto. Mientras lo buscaban, ella sostenía una segunda conversación consigo misma, una en la que su conciencia le decía que era una reverenda pendeja por no haberse fijado dónde dejó el coche. Se disculpó todo el camino y él, con discretas sonrisas, respondía que no había problema, que él también era distraído.

Hay detalles, pequeños, insignificantes tal vez, que te sugieren que podrías estar con una persona. Ese fue el primer detalle que él encontró en ella. Le pareció encantadora.

***

Comenzaron a salir todo el tiempo. Café, cervezas, cine, borracheras, fiestas. El empezó a soltarse, a tener sonrisas más amplias, a reír. Lo que todavía no podía hacer era abrazarla o hacerle algún cariño. Cuando lo intentaba, lo hacía de la manera más tosca y pesada posible, como un cavernícola. A ella le causaba mucha gracia y al mismo tiempo la hacía pensar que sólo eran amigos. Porque sí, sólo eran amigos. Nunca se habían dicho nada romántico ni se habían besuqueado. Nada. Ella no quería hacer la primera movida, no quería exponerse a un posible rechazo (ya tuvo muchos de esos, gracias), así que se convenció de que sólo serían amigos. No era para tanto, pues.

***

Una noche, después de un drama post borrachera, la abrazó por primera vez, intentando contenerle su tristeza. Compartieron un taxi de regreso a casa, mientras ella lloraba silenciosamente.

Antes de bajar del auto, la besó con tanta ternura…

***

Después de esa noche, casi todas las salidas terminaban con un pequeño beso de buenas noches. No más. Nunca. Él se tomó todo el tiempo posible para conocerla, escuchar sus historias y compartirse. Por primera vez, después de dos años de estar desinteresado completamente del amor y las mujeres, conoció a una chica que lo descontroló.

“Quiero ser tu novio”, le dijo un día. Ella jamás pensó que él buscaría una relación. Después de todo sólo estaría cinco meses y medio en México y después regresaría a Finlandia.

Y entonces, se aterró. Esperó una o dos semanas (ya no recuerda) para darle una respuesta, hasta que él volvió a decir “quiero ser tu novio”. Esos días fueron de duda. Por supuesto que ella imaginó el peor panorama posible. Sabía que le gustaba, que le había tomado cariño, que la pasaba precioso con él, pero no podía ignorar que este hombre se iría en unos meses.

¿Otra vez pasar por una historia semejante a la del extranjero que conoce en México, se va, la olvida y ella sufre? Fue lo primero que pensó, por eso evitaba dar cualquier respuesta. Hueva, qué dolor.

Pero ahí estaba ese hombre que se iría a Finlandia a trabajar seis meses y regresaría a México porque le encanta y aquí quiere vivir un tiempo, y esa decisión ya estaba tomada desde antes de enamorarse de ella.

¿Por qué cometer el error de adjudicar experiencias pasadas a una persona nueva?, o, por otro lado, ¿por qué tropezar con la misma pinche piedra? Aquí uno elige cómo quiere ver las cosas, esperar (y trabajar) por lo mejor, o esperar para que pase lo peor, lo de siempre, lo jodido.

Ella decidió no huirle. Pensó que si tenía la más mínima posibilidad de ser feliz con él al menos lo intentaría y lo intentaría bien. Él realmente le gustaba, no se iba a permitir arruinarlo sólo por tener mucho miedo a repetir historias y dolores.

Y entonces le dijo que sí.