blogeditor · 17 de enero de 2020
Tu teléfono envía más información mientras duermes que cuando lo usas y es momento de tomar conciencia al respecto, voltear a ver al sistema de la vigilancia permanente del que Edward Snowden (ex agente de la CIA de la NSA que reveló, la red de monitoreo masivo del gobierno norteamericano) nos advirtió.
“El internet es esa cosa mágica donde aparece lo que estás pensando, te lee la mente y simplifica la vida”, me dice un consumidor, gratamente satisfecho de recibir predicciones y sugerencias de compra sin tener claro que “la magia” consiste en intercambiar su información cada que accede a servicios gratuitos e inmediatos. Yo solo lo escucho aterrado, como neurótico promotor de la privacidad digital.
Vivimos en la época del Surveillance Capitalism, que se refiere a la forma en que las corporaciones comercian con la data que tú, yo y todos generamos a diario, leyendo el newsfeed de Twitter, el muro de Facebook, pidiendo un Uber, escuchando podcasts o radio en línea (incluso leyendo esta columna), pero ¿sabemos cuánto vale esa información? ¿El beneficio que recibimos vale la pena?
Hace apenas 8 años el mundo del marketing y la investigación de mercados, celebraba el devenir de la abundancia de la información -¡el Big Data!- que permitiría conocer a los humanos en todas sus dimensiones y esto detonaría una nueva época dorada en el consumo, una época donde a todos se les ofrecería exactamente lo que quisieran, lo que necesitaran, lo que pudieran pagar. Al fin se sabría qué quieren las personas antes que ellas mismas.
Sin embargo, nos dimos cuenta de que derivado de esta abundancia de información, podíamos ser fácilmente manipulados, se amplificó el mensaje de los Neonazis, descubrimos que estar tan conectados nos está trayendo problemas de salud mental, conocimos la necesidad y el derecho a ser olvidados, y entendimos que la privacidad en internet es importante.
Toda toma de consciencia implica resistencia, la tendencia es que cada vez más personas están reflexionando acerca de la información que comparten online (motivados por artículos como Twelve Million Phones, One Dataset, Zero Privacy) y la industria del marketing no puede ni debe ser ajena a estos cambios porque será de las más afectadas.
Las encuestas en línea, la escucha de redes sociales, el micro targeting y toda estrategia de recolección de data y comunicación online ha vivido en el área gris del “libre” flujo de información personal, dando oportunidad a las marcas para bombardear al usuario con productos y servicios que “podrían ser de su interés” (cometiendo la torpeza de mantener sus insistentes anuncios, aun cuando el usuario ya hizo la compra).
Pero ¿qué pasará cuando las personas ya no quieran ser rastreadas? ¿Qué sucederá cuando se acabe la magia y comiencen a exigir el anonimato de sus búsquedas e historiales de compra? ¿Estarán listas las marcas para ofrecer un trato justo a cambio de esos datos?
La lección es que se necesita evolucionar a paradigmas más respetuosos con el consumidor y al mismo tiempo mostrar transparencia. Debemos exigir que nos digan lo que saben de nosotros, cómo lo recolectan, para qué, qué ganan con eso y en qué nos beneficia.
La recomendación a las marcas es que promuevan vínculos de confianza y no de agandalle. La coyuntura actual no significa que vayan a quedarse ciegas a las necesidades de sus targets, significa que el lazo está evolucionando; todos debemos ser más responsables que nunca y cuidar de eso que estamos intercambiando, nuestra vida cotidiana.