blogeditor · 22 de agosto de 2013
Por: Érika Domínguez
Comunidad sin presente ni presencia, atenta solamente a su llegada, de manera que al pasar el tiempo muestra su tema, hace patente su ínfimo cambio de lugar, comunidad que definiremos con Giorgio Agamben comunidad que viene…
Alain Badiou.
Actualmente se habla mucho de ‘comunidades virtuales’, un término que ha sido perfectamente integrado en nuestro vocabulario y que, al parecer, llegó para quedarse. Un concepto que evoca redes sociales, personas en un foro de discusión, en fin, un aglomerado de singularidades expresándose en la red. Usamos tanto esta palabra que se ha degradado, ha sido usada como sinónimo de reuniones y conjuntos de personas. La realidad es que es un término del cual hemos abusado, lo hemos ‘manoseado’ hasta el cansancio…lo que nos lleva a plantearnos: ¿Nuestras famosas comunidades virtuales son realmente comunidades?
Es curioso que hayamos escogido esta palabra, podríamos hablar de grupos virtuales, interacciones, poblaciones u otros términos para designar a este conjunto de sujetos que se reúnen en una plataforma virtual, pero no… escogimos comunidades.
En LEXIA hemos trabajado con herramientas que aprovechan estos espacios con diferentes perfiles y hemos visto la necesidad de llamar a una reflexión continua en torno a la construcción de comunidades como herramientas de investigación de mercados. En este quehacer constante hemos visto que no basta con convocar a las personas a participar en foros y lanzar preguntas de manera que tengamos varios diálogos en un lugar, sino que debemos construir algo más: comunidades.
¿En cuántas comunidades estás adherido? Si nos ponemos a reflexionar un poco posiblemente sean muchas. Pero en ellas, ¿qué tan relevante es realmente construir comunidad? Estas interrogantes nos llevan al cuestionamiento sobre lo que sí y lo que no es comunidad. Más allá de una recopilación histórica acerca de las diferentes maneras de comprender este concepto en el pensamiento social (ya que todos lo usamos), abordaremos una de las primeras ideas que nos viene a la cabeza cuando pensamos en ella: la imagen de un territorio, un espacio físico con una población que comparte una identidad en común; lo cual marca una inclusión y exclusión, cierta alteridad y extrañeza que permite diferenciarla frente a otros y darle este sentido de comunidad: comunidades indígenas, comunidad gay aglomerada en una marcha, comunidad de padres.
Ante esta idea, ¿qué pasa con nuestras comunidades virtuales? En donde el espacio no sólo no está parcelado sino que es imposible acotarlo con la mirada, y además se atreve a jugar con la ilusión de una inclusión. Hablamos de comunidades abiertas a la libre expresión, en donde todos pueden participar evadiendo la censura y cierta responsabilidad, inventando otras personalidades o los mismos alter egos… pero siempre reunidos para algo.
Para Esposito[1] la comunidad es simplemente necesaria por ser el lugar mismo de nuestra existencia, ya que desde siempre existimos en común. Por lo tanto nunca ha sido realizada: a pesar de la necesidad que la reclama, es irrealizable. En otras palabras, la comunidad siempre se está formando, se está haciendo, no es algo acabado, sino que es un proceso continuo.
Pues bien, debemos partir de que la comunidad no es algo que esté hecho, no son espacios terminados, delimitados, sino que están en constante construcción; y aquí es en donde radica todo su potencial: en la creación de proyectos en común.
¿Así tan fácil? Pues no, siguiendo con Esposito, hay una especie de renuncia de nosotros mismos, hay que estar dispuestos a contagiarse de los otros y entregarnos a dicha comunidad. Y no sólo eso, sino que además nos pone en deuda por aquello que se nos ha donado. Así es la comunidad, ‘nos la cobra’, nos hace sentir que le debemos algo. Pensemos en la última vez que dejamos alguna comunidad, seguro aún persiste el ‘tanto que hicimos por ti’ acompañado de cierta culpa.
¿Qué se está constituyendo en cada una de las comunidades virtuales en las que estamos o que simplemente visitamos? ¿Estamos esperando algo, algún acontecer, alguna meta? Tal vez no, pero la devaluación y la mención frívola de lo que puede ser una comunidad puede minimizar todo el potencial que tiene.
En ese sentido es importante que los Community Manager o las personas encargadas de crear los dispositivos para evidenciar ciertas experiencias sociales, hagan cosas que fomenten el sentido de la comunidad. Y no sólo ellos.
Si por estar en foros y dar nuestra opinión sentimos que ya estamos participando en una comunidad, ésta puede fungir como puro megáfono para la libre expresión pero no necesariamente está construyendo sentido y proyectos en común. ¿Qué tanto estamos dispuestos a construir comunidades virtuales?
* Érika Domínguez es socióloga por la UNAM y psicóloga por la UAM, y cursa una maestría en Psicología Social. Tiene siete años de experiencia en diversas agencias de investigación cualitativa.
[1]Esposito, Roberto (2009) Comunidad Inmunidad y Biopolítica. España: Herder. Pp 208