blogeditor · 10 de abril de 2020
No tengo una encuesta alguna aplicada entre el sector académico y de las organizaciones de la sociedad civil dedicado a promover la seguridad ciudadana, pero desde hace muchos años pregunto ahí el nivel de satisfacción respecto al impacto de sus estrategias de comunicación y, por mucho, lo que más he encontrado es frustración. Comparto el sentir; llevo un cuarto de siglo enviando mensajes por múltiples vías a cielo abierto y jamás he logrado el impacto que espero. No tengo duda, salvo excepciones, en estos sectores, y al menos en la agenda de la seguridad ciudadana, no hemos profesionalizado nuestras estrategias de comunicación.
Vengo desarrollando también desde hace varios años una indagación informal sobre qué significa comunicar en torno a temas de interés público y tampoco tengo duda de lo siguiente: la comunicación, entendida antes como una herramienta de apoyo, es ahora la más importante herramienta para la incidencia a favor de una causa.
Alguna vez un destacado director de una de las organizaciones de la sociedad civil más robusta me dijo una frase que jamás olvidaré: “las buenas ideas no son suficientes”. Fue hace unos quince años y en aquel contexto discutíamos sobre nuestras estrategias de incidencia, dando relevancia aún menor a la comunicación y mucho mayor a las estrategias basadas en las relaciones de poder, como el cabildeo.
Vaya que han cambiado los tiempos, pero la pregunta es qué tanto invierten estos sectores en entender de qué están hechos estos tiempos, en particular si nos lo preguntamos desde la comunicación política.
A cada persona que desde la academia y desde las organizaciones de la sociedad civil intenta influir en algún tema de interés público, yo la invitaría a un ejercicio tan simple que consiste en comparar los recursos que dedica a su tema de especialidad con los que invierte en comunicar dicho tema. Ahí está una buena entrada para entender el tamaño del reto porque, en mi experiencia, es posible anticipar generalmente un desequilibrio mayor a favor de lo primero.
Vaya cosa. Estamos ante un desafío profesional para estos sectores. Nos tenemos que especializar en comunicar, acaso tanto como lo hemos hecho en el tema que dio significado a nuestras luchas históricas. Y más aún, esto es quizá también un desafío cultural. Me refiero a una barrera ideológica que planta resistencia tenaz a la profesionalización de la comunicación política, en tanto ésta es percibida como parte del trabajo sucio donde todo se vale a cambio de una parcela de poder. Desde la academia y la sociedad civil decidimos comunicar nuestras ideas, independientemente del método, para no ensuciarnos las manos con herramientas de manipulación. Lo he escuchado así valorado una y mil veces.
Por supuesto que la comunicación política puede ser éticamente intransitable, pero me temo que esta narrativa es más un refugio evasivo que otra cosa. La comunicación política para la incidencia puede ser perfectamente coherente con una agenda pública anclada en principios éticos; la cuestión es romper la barrera de resistencia para averiguar cómo. Los marcos teóricos y metodológicos están ahí. Lo verdaderamente difícil de superar es esa resistencia que yo llamo cultural.
Alguna vez leí en un libro de administración que las instituciones resisten el cambio, primero que otra cosa, por la repetición inercial; como las personas. Una persona de la academia y una organización de la sociedad civil escribirán un informe y otro informe y otro informe, primero que nada, porque a eso se dedican, y no necesariamente porque al hacerlo logran los fines declarados de incidencia pública.
No. Las buenas ideas no son suficientes. Los buenos diagnósticos y propuestas no son suficientes. Los mejores estudios no son suficientes. Saber no es suficiente, si de incidencia se trata. Sea cual sea la causa, sea cual sea su fundamento, mientras no sea comunicada de manera tal que pueda vencer en la competencia entre narrativas públicas, seguirá lejos del impacto deseado.
Tal vez todo esto puede ser demostrado viéndolo al revés: cada vez hay más personas que comunican a cielo abierto sin saber de lo que hablan y sin preocuparse en lo más mínimo al respecto, logrando sin embargo influir en el comportamiento hasta de millones. Mírese este ejemplo: apenas se informó que Donald Trump rompió récord de popularidad en plena pandemia, no obstante se ha documentado que, justo en torno a la crisis del COVID-19, y todos los días antes de ella, el presidente de Estados Unidos “dice 14 mentiras, exageraciones o declaraciones engañosas en promedio por día”.
“Y cada mentira, debes contestar con la verdad; y cada que repitan una mentira, debes repetir la verdad”, nos enseñaba hace unos meses una activista social y comunicadora guatemalteca que ha vivido en carne propia intensas luchas políticas, a través precisamente de la comunicación para la incidencia. Lo anterior, debo agregar, siempre y cuando no se caiga en la reproducción del encuadre de interpretación de la realidad del adversario.
En efecto, lo que hay afuera es una disputa política a cuerpo partido por imponer narrativas hegemónicas. Y si la lucha es por disputar narrativas para lograr incidir, entonces la disyuntiva es comunicar a desaparecer.