Redacción Animal Político · 10 de enero de 2024
Realmente no existen los que no tienen voz.
Sólo existen los deliberadamente silenciados,
o los que no son escuchados preferiblemente.
Arundhati Roy
Hay millones de voces diferentes en este planeta, millones de señales comunicando realidades y sensibilidades. Voces que lleva el viento o que viajan por tierra y mar; voces en códigos de colores, luces y formas. Voces que vienen a mí y no siempre atiendo, quizá porque no quiero, porque no puedo, porque no sé cómo o, simplemente, porque no las escucho.
Los lenguajes son formas de comunicación, a veces intencionales, a veces no. A veces necesitamos “preguntar”, indagar, investigar. A veces sólo hace falta callar… y escuchar.
La naturaleza se expresa constantemente y las formas de vida son tan diversas como lo son sus formas de comunicación. Hay quienes lo hacen a través de sonidos (vibraciones), pero también con colores, olores, sustancias químicas, conductas o contactos físicos. Hay comunicaciones internas dentro de los cuerpos, pero también comunicaciones externas intraespecie (entre individuos de la misma especie) e interespecie (entre individuos de diferentes especies).
La fruta cambia de color y de textura, y entonces sabemos que está madura. El perro me mira y se acerca moviendo su cola tratando de decirme que quiere jugar. Las vitalidades que hay en este mundo son muchas y comunican constantemente sus estados y, a veces, sus sentimientos y pensamientos.
En el caso de los animales, tenemos sistemas nerviosos que generan estados mentales, ideas, creencias, sentimientos, estrategias. Reconocer esto en los otros animales (los que no son humanos) ha sido un proceso complicado, pues por un lado la creencia de que el ser humano es el centro del mundo (antropocentrismo) nos dificulta la disposición de reconocer sus capacidades. Pero también hay impedimentos debido a nuestra incapacidad de entender otros códigos de comunicación; esto puede ser por cuestiones cognitivas, pero también físicas y sensoriales.
Hay distintas maneras en que podemos aprender a entender y comunicarnos mejor con otros animales: puede ser a través de estudios etológicos, exploración médica (en el caso de la medicina veterinaria), utilizando sistemas tecnológicos, pero también a través de la observación y la contemplación.
La etología es el estudio de la conducta, es decir, la manera en que un animal se comporta nos da información importante sobre su estado físico y mental. Uno de los investigadores más importantes y actuales dentro de este campo es Frans de Waal, quien ha realizado importantes avances en el entendimiento de las mentes animales, las cuales son mucho más complejas y profundas de lo que pensábamos antes. Esto es cierto no sólo en relación con otros mamíferos o vertebrados, también se ha encontrado que animales invertebrados poseen capacidades cognitivas considerables, como por ejemplo los pulpos e incluso insectos. Todos estos estudios nos han dejado claro que los otros animales también piensan, sienten, tienen expectativas y sueños.
Es importante aclarar que esta lectura de conductas no es unidireccional, pues los otros animales también entienden mucha de la información que expresamos a través de acciones y sonidos. Los animales domésticos como perros, gatos y caballos han aprendido a “leer” a los seres humanos a través de los miles de años de convivencia. Otros animales también interpretan algunas de nuestras acciones, especialmente aquellas que les representan peligro.
Por otro lado, para quienes nos dedicamos a la medicina veterinaria, además del estudio de su conducta, la exploración física y los exámenes de laboratorio nos dan mucha información sobre nuestros pacientes. Adquirimos conocimientos y experiencias que nos develan muchos de sus secretos, reconocemos si se sienten bien o mal, si quieren jugar, tienen miedo o intentarán agredirnos. Una buena exploración física hará que el animal nos “diga” si algo le duele. A veces un análisis de laboratorio nos ayuda a explicar por qué hay cambios de conducta. Gran parte de la práctica de la medicina veterinaria es este ejercicio de lectura de pistas conductuales, físicas y fisiológicas que nos llevan a descubrir cómo son sus vidas externas e internas, sus pensamientos, sentimientos y dolencias. La comunicación con ellos nos ayuda a establecer con ellos una relación de confianza y cuidado, haciéndoles saber, en la medida de lo posible, que no somos una amenaza. Una caricia, una palabra de cariño o un premio son maneras de decirles que no se preocupen, que están seguros y serán cuidados.
Una herramienta nueva en este campo es el uso de la tecnología. Muchos de los sonidos que emiten los animales nos eran desconocidos, pero los estamos descubriendo gracias al uso de micrófonos y programas computacionales. Los trabajos de conservación usan la bioacústica para estudiar animales en vida libre, como elefantes, aves o cetáceos. Gracias a estos aparatos, podemos detectar y descifrar sus voces y cantos que viajan con el viento, cruzan las aguas y se desplazan a través de la tierra; nos es posible encontrarlos, escucharlos, seguirlos y entenderlos de una mejor manera. La tecnología también nos ha ayudado a escuchar la risa de las ratas al hacerles cosquillas, así como vocalizaciones en muchas especies que creíamos mudas, como las serpientes y otros reptiles. Un experimento redujo la velocidad del canto de los grillos para ajustarlo a los tiempos humanos obteniendo un resultado verdaderamente sorprendente. Asimismo, se están desarrollando programas computacionales que nos ayudan a observar y descifrar el lenguaje corporal de los animales, por ejemplo de los bovinos, y servir como alarma en caso de que necesiten ayuda.
Otros sistemas tecnológicos han permitido nuevas formas de comunicación a través de botones asociados con palabras, los cuales pueden ser utilizados por los animales. Es evidente que el uso de estos dispositivos no es aleatorio, sino que los usuarios animales escogen las palabras para comunicar pensamientos, sentimientos e información relevante, coherente y correspondiente al contexto en que se encuentran.
Finalmente, no debemos olvidar la importancia de la observación y la contemplación. No podemos comprender a quienes ignoramos. Vivimos en estrecha interrelación ecológica y social con los otros animales, sin embargo, rara vez les observamos con profundidad. Hay que verlos con curiosidad e interés, pero sobre todo con apertura. Creencias sobre la supremacía humana nos han hecho pensar que somos los únicos seres importantes, inteligentes y sensibles del planeta. Tenemos tan internalizado ese discurso antropocéntrico que desestimamos cualquier evidencia de capacidades cognitivas en otros animales sin siquiera pensarlo dos veces. Por fortuna, cada vez tenemos más pruebas de que estas facultades no son meras especulaciones ni proyecciones humanas (antropomorfismo), sino manifestaciones de nuestra naturaleza común, de nuestra cercanía biológica y evolutiva.
El ser humano es un primate, un mamífero, un animal, un ser vivo, pero, sobre todo, parte de este mundo. Lamentablemente, somos habitantes que no ven, no escuchan ni hablan con los demás. Somos residentes que sólo creen en el sonido de su voz; que piensan que sólo existe un lenguaje, el suyo. Es por esto por lo que el escritor Ted Chiang les da voz a los animales en su escrito “El gran silencio”. En este texto un loro se pregunta por qué los seres humanos construyen antenas gigantes buscando hablar con seres de otras galaxias, pero no hablan con quienes están junto a ellos. Tenemos un gran anhelo de comunicación y conexión con otras formas de vida e, irónicamente, despreciamos e ignoramos a quienes cohabitan este planeta.
Alex, un loro gris africano, fue uno de esos seres que nos escuchó y a quien pudimos escuchar gracias al trabajo de la doctora Irene Pepperberg. Alex podía comunicarse con más de 100 palabras, pero también creó palabras propias y se preguntaba sobre sí mismo. Alex sabía decir “pan” y describir la comida como “rica”; un día se le dio de comer un pastel y creó la palabra “panrico” para designarlo. Cuando aprendió los nombres de los colores, se miró al espejo y se preguntó cuál era el color de sus plumas. Por más de 30 años Alex fue la voz y representante de los demás animales, quebró muchas de las barreras de comunicación, pero -sobre todo- rompió muchos de nuestros prejuicios hacia otros animales. Este escrito termina con las últimas palabras que le dijo a Irene antes de morir: “Pórtate bien, nos vemos mañana, te quiero”.
* María del Carmen Valle Lira es médica veterinaria zootecnista y maestra en Ciencias por la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, y doctora en Bioética por la Facultad de Medicina, ambas de la UNAM; diplomada en Bioética por el PUB y certificada como docente de Bioética por la Unesco. Su trabajo se ha enfocado, por más de veinte años, en el cuidado y conservación de los animales silvestres, en zoológicos, en vida libre y en la atención clínica de animales de compañía no convencionales.
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