Complicidad colonial: racismo estructural y feminidad blanca

blogeditor · 19 de junio de 2020

Complicidad colonial: racismo estructural y feminidad blanca

Sobre el problema estructural del racismo

El racismo no es el trato diferenciado y relacional que se gesta de un grupo en menoscabo de otro, eso sería discriminación, la cual es tan solo una expresión más de las múltiples formas de materialización del racismo. Este se entiende como un modelo más amplio, avasallador, genocida y pensado geopolíticamente en términos de universalidad, inscrito en una lógica epistémica y económica de organización del mundo, en términos de centro y periferia–sistema–mundo, en el sentido de Wallerstein. El racismo como modelo se remonta desde la violación originaria (invasión y saqueo de la nombrada América en 1492) y la irrupción colonial de Europa en África en el s. XIX.

Esta idea de Europa no es entendida aquí como un pedazo de tierra continental, asimilada en un estricto sentido geográfico, sino como un constructo autoritario de mundo ideal, central, imperialista y todopoderoso, merecedora de ser expandida por su avance civilizatorio y su autolegitimidad histórica de progreso, localizada también en territorios extracontinentales (por ejemplo, Estados Unidos también es Europa).

En este sentido, antes de entender el racismo como sistema debemos de ver que el racismo es una bisagra dentro de la matriz de dominación colonial–moderna, que resulta esencial para pensar el mundo desde la “dueñidad” (Segato, 2016). Es decir, donde hay unos sujetos localizados en la zona del ser –pensando en Frantz Fanon que debido a su autoreferencialidad construyen el mundo en términos de explotación y desigualdad, dando mal vida a un modelo económico eurocentrado integrado capitalista. Este modelo solo puede existir a través de la explotación y el aprovechamiento de cuerpos periféricos y racializados, configurando así en términos de Judith Butler vidas más importantes que otras, las cuales son definidas como lo “otro” frente al sujeto hegemónico, el cual es blancohumano (hombre o mujer), heterosexual, adulto, capacitado, sin diversidad funcional, ilustrado y propietario burgués.

Europa es entonces el artífice de la construcción del racismo estructural como forma de relación obligatoria sociocultural, siemprepresente, que se piensa como Europa y que piensa a sus sujetos hegemónicos como los únicos herederos legítimos de todos los recursos y vidas del mundo. Esto se da desde una dialéctica de unicidad-universalidad, donde el racismo no es un comportamiento, una expresión o un gesto de desigualdad social, sino una experiencia que jerarquiza vidas, un engranaje y al mismo tiempo una matriz que permite la unión e intersección funcional en términos sistémicos de un conjunto de componentes (estéticos, filosóficos, religiosos, fronterizos, sociales, históricos, económicos, geográficos…). Estos componentes se recrean y reproducen como un todo que coloca a las vidas blancas como dueñas de la humanidad y a las vidas pobres, racializadas, periféricas y desbordadas en las orillas del mundo como vidas no válidas e impensables para ser consideradas humanas.

En este entendimiento del desprecio a ciertas vidas, el racismo hay que entenderlo en términos estructurales, lo que no significa que no veamos sus afecciones institucionales e individuales. Pero lo que sí quiero decir es que el racismo para su abordaje debe ser analizado bajo la concepción de la colonialidad del poder (Quijano, 2019), refiriéndose al conjunto de poder globalmente hegemónico que funciona bajo la invención de la idea de “raza” como precondición indispensable para comprender el orden mundial moderno (Segato, 2018). Es decir, la raza como elemento clasificatorio universal de las relaciones sociales, que establece criterios de superioridad y marginalidad a través de un ejercicio de poder-sobre los cuerpos marcados como “racializados”, que ejerce miradas de opresión sobre cuerpos negros, indios y prietos dentro de esta colonialidad y también en el margen de lo que Quijano llama el “Patrón de Poder Capitalista Eurocentrado y Global”, en referencia a la articulación estructural de todas las formas de explotación que producen dominación y relaciones de desigualdad.

Estas relaciones de desigualdad provocadas por la colonialidad cobra vidas, empobrece, genera muerte y se encarna en los cuerpos de los sujetos situados en la marginalidad a través de la configuración del racismo, por medio del campo de la subjetividad y de los saberes. A través de un proceso de racialización el mundo se diseña y opera produciendo poder no distribuido, naturalizando la desigualdad y la opresión que experimentan personas negras, prietas, indigenizadas y no blancas. En otras palabras, usando el concepto de “colonialidad del ser” de Nelson Maldonado, en este mundo de subjetividades jerarquizadas racialmente se coloca geopolíticamente la totalidad del poder en cuerpos blancamente privilegiados y humanos, impregnándole su capacidad de ser humano a costo de la negación de otros. Y en lógicas de “colonialidad del saber”, pensando en Edgardo Lander, se consolida una única forma de conocimiento verdadero y científico, que responde a una razón geopolítica y a una filosofía ilustrada epistémicamente privilegiada que santifica y bautiza como neutral la idea del sujeto civilizado, no bárbaro, avanzado y moderno. Esto opera como universalización del sujeto hegemónico, representante esencial del eurocentrismo y la supremacía blanca, como estadío más avanzado en detrimento de aquellos que han sido marcados por la raza.

El racismo estructural, entonces, funciona de múltiples formas. Unas de ellas es a través del pacto de la blanquitud entre los sujetos humanos, mujeres y hombres blancos inscritos en la zona del ser en el marco de la colonialidad. Lo que quiere decir que los sujetos blancos (no estrictamente de piel) gozan voluntaria o involuntariamente de privilegios históricos sobre sujetos racializados, privilegios que se concretan desde sus potencias dadas arbitrariamente para “crear mundo”, ejerciendo “violencia epistémica”, evitando que hablen lxs subalternxs (Spivak, 1988) y mirando el mundo bajo occidente, colonizando así a través de sus narrativas blancas y europa-situadas (Mohanty, 1986). Incluso el feminismo blanco, de manera hegemónica y en lógica de interrupción imperial, impone su visión de mundo, universalizando sus opresiones y transfiriendo sin ningún cuidado de análisis sus experiencias de “mujeres blancas propias del ser” a mujeres negras, racializadas y a sujetos del tercer mundo propios del no ser.

Sobre la feminidad blanca y su complicidad con el racismo estructural

Partiendo de aquí, la feminidad blanca es parte del problema colonial–moderno del racismo estructural. Empecemos aclarando que el género es una invención colonial, y parte constitutiva de la humanidad. Lo “otro”, dígase lo negro, indígena y racializado, es contradictorio de la subjetividad de lo humano, la cual siempre es blanca y colonial. Es decir, el sistema racista que sostiene la estructura de desigualdad a expensas de la explotación, el genocidio y el “dejar morir” es una estructura que está basada en el ideario humanitario, lo que se traduce en la existencia de un ideal civilizatorio ilustrado que a) solo reconoce la subjetividad binaria sexo-género a través de una matriz heterosexual (Butler, 1990), donde solo es posible existir cuando se es hombre o mujer, negando existencias e identidades otras que se fugan de esa lógica, y b) porque solo a través de la existencia de esta dualidad–dicotómica “ mujer-hombre” se materializa la heterosexualidad como régimen político (Wittig, 2005), sosteniendo la lógica de acumulación de capital y dotando de sentido al modelo económico global capitalista eurocentrado.

Es decir, quienes se apropian de esta lógica dueñista del mundo solo pueden ser los sujetos hegemónicos binarios heterosexuales blancos. Existe así lo que ya he mencionado como un “pacto de blanquitud racial” entre mujeres y hombres a través del sostenimiento del racismo estructural. Dicho de otra forma, solo los sujetos blancos son personas, y solo las personas son humanas y ciudadanas, y solo la humanidad ciudadana puede tener género ya que, al igual que los animales, lo “otro” marcado por la ficción de la raza es racializado y definido solo a través del dimorfismo sexual colonial: macho y hembra. Esto escapa del marcaje humano-civilizatorio del género, lo que convierte al género en un atributo inminentemente colonial propio del sujeto hegemónico, el cual incluye también a mujeres blancas que no solo constituyen y reproducen el racismo estructural, sino también son parte del sostén de la blanquitud como matriz de opresión no solo en detrimento de las “otras” consideradas hembras–no mujeres, sino también contra los “otros” machos-no hombres negros–racializados, contribuyendo a la construcción subjetiva y simbólica de su sentido de animales salvajes híper sexualizados, criminales y violadores en potencia (aptos de habitar las cárceles).

Sobre la no identidad mujer de las clasificadas como hembras racializadas recordemos a la activista abolicionista Sojourner Truth, quien en un territorio esclavista, donde las personas negras eran consideradas como no humanas y en consecuencia no se era posible devenir en “mujer”, ella se preguntó, en plena Convención de los Derechos de la Mujer de Ohio, EEUU, “si acaso no era una mujer”, en un contexto mujerista blanco que solo reconocía la feminidad en un sujeto blanco burgués y por tanto negaba la multiplicidad interseccional de lo que significa ser “mujer y hombre” fuera de la blanquitud.

Esto lo señala María Lugones, quien apoyándose en “La Invención de las Mujeres” de Oyěwùmí, Oyèrónkẹ́, construye el concepto “sistema moderno-colonial de género” para explicar que el concepto “género” es parte constitutiva de la colonialidad y era inexistente antes de la irrupción colonial, considerándolo una imposición colonial al igual que la “raza”, y explicando el “género” como algo propio de la condición humana y en consecuencia fugado de la condición no humana de la gente marcada por la racialización.

Esta negación de la humanidad de sujetos racializados es una expresión más de la colonialidad del ser, dónde solo mujeres a través de la configuración de su feminidad blanca, y muchas veces apoyadas en una colonialidad del saber y en una episteme liberal–colonial, niega la matriz de opresiones y el punto de vista (pensando en Patricia Hill Collins) de otras subjetividades racializadas, universalizando su mirada y lectura del mundo, y clausurando las múltiples formas de ser y saber de estos sujetos. Y no solo contra las leídas como “hembras”, sino también contra los construidos por el ojo colonial de occidente como “machos”, aplicándoles sin diferenciación alguna el concepto de “patriarcalidad” diseñado y aplicado desde la blanquitud. Esta aplicación arbitraria es lo que hoy entendemos por cierto feminismo hegemónico-imperial que desde su concepción ilustrada y propietaria eurocentrada sostuvo el mito del hombre negro violador, contribuyendo a la política genocida de linchamientos de hombres racializados, cobrando más de 4.400 afroestadounidenses entre 1877 y 1950, según la Iniciativa para una Justicia Igualitaria (EJI), por ejemplo. Hoy pugnan a favor del penalismo y el encarcelamiento masivo de hombres racializados, favoreciendo el complejo industrial penitenciario, lo que convierte a cierto feminismo blanco en esencialmente racista.

Lo que estoy diciendo aquí no es nuevo, ha sido extensamente explicado por Angela Davis en “Mujeres, Raza y Clase” (2016) al exponer la aguda intersección entre estas categorías, y evidenciar el pacto de la blanquitud que sostiene el carácter histórico del racismo estructural de parte de mujeres blancas, desde una callada complicidad con el sistema esclavista en los Estados Unidos XIX. Para ejemplificar están las palabras de Elizabeth Cady Staton, feminista sufragista en los EEUU, quien expresó: «cuando el señor Downingme plantea la pregunta de si estoy dispuesta a que el hombre de color tenga derecho a votar antes que las mujeres, mi respuesta es no. No le entregaría mis derechos a un hombre degradado y oprimido que sería más despótico con el poder de gobernar de lo que jamás han sido nuestros gobernantes anglosajones. Si las mujeres todavía han de ser representadas por hombres, entonces mi opinión es que dejemos llevar las riendas del Estado solo al modelo más elevado de masculinidad». (Davis, 2016).

Y esto no es un vestigio del siglo XIX, es una realidad que hoy pasa a través del activismo racista pro carcelario de algunos feminismos hegemónicos, que aún sabiendo que las prisiones tienen color y representan una forma de esclavitud contemporánea que afectan de manera desproporcionada a los sujetos racializados, siguen pugnando por políticas penalistas-punitivistas. Esto arraiga el racismo estructural, reflejado en la brutalidad policial y en la detención arbitraria de “hombres” negros/racializados en Estados Unidos, Europa y América Latina (Davis, 2019), y hace que las cárceles, tanto del norte como del sur, sean habitadas por cuerpos negros y periféricos, materializando la narrativa de la criminalidad, incrustada en la colonialidad, la cual es representada por el delincuente violador negro-latino.

Sobre esto, quisiera recordar que muchas mujeres en este entendido de complicidad blanco-racial usan su llanto blanco para meter a hombres negros a las cárceles, desde casos de llamados a la policía para denunciar a hombres que realizan barbacoas en las calles, la escenificación racista de acoso falso que criminalizan a hombres negros, o hasta el encarcelamiento injusto por más de 10 años de jóvenes negros criminalizados bajo la construcción racista de la perfilación racial, como pasó con el caso de “Los Cinco de Central Park” a finales de los 80s. Solo por mencionar algunos.

Hoy la colonialidad está más viva que nunca y se patenta por el crudo racismo estructural, apoyado por el pacto de la blanquitud. Casos como el de George Floyd demuestran que la brutalidad policial y el llenado masivo de las prisiones por cuerpos racializados es una forma de linchamiento moderno en plena vigencia, no por parte de un sujeto fijo y determinado, sino por la colonialidad del poder en su complejidad amplia. Casi la totalidad de las prisiones del sur global están racializadas, pero en países como en EEUU hombres negros no solo reciben condenas más duras, sino que tienen tres veces más probabilidad de ser arrestados y 2,5 más posibilidades de morir a manos de la policía que los blancos y son las mujeres negras doblemente encarceladas que las blancas.

No quiero hacer aquí una genealogía, ni tampoco recurrir al típico universalismo generalista de occidente y decir que todas las mujeres blancas son culpables y forman parte de este pacto, eso sería falso. Lo que quiero decir aquí es que no todas las mujeres del mundo son oprimidas y que existe una complicidad blanca entre los sujetos humanos propios de la zona del ser que constituyen el racismo estructural en términos generales. Tampoco quiero santificar a los hombres–no humanos racializados y definirlos como víctimas, eso sería ingenuo y peligroso. Tan solo recordemos que la región de América Latina es uno los lugares con mayor tasa de feminicidios según el Observatorio de Igualdad de Género de la CEPAL. Tampoco quiero negar sus responsabilidades y ocultar conductas sistémicas, heredadas de la colonialidad. Solo quiero invitarles a pensar en términos más complejos, plurales y multifactoriales, reconociendo que la supremacía blanca no es solo habitada por el varón humano y racializado, ya que solo ampliando nuestro mapeo de actores y sus relaciones constitutivas podremos abordar en términos sistémicos el cáncer del racismo estructural que nos está matando, y que es sostenido de diversas formas.

* Waquel Drullard (@WaquelJDrullard) es activista anti-colonial, feminista antirracista, heterodisidente, migrante y no binarie, afro-mestice y caribeñe, con gestos anarquistas, Parte de las Colectivas AFROntera y Décima Ola.

 

Referencias:

  1. R. Segato. La guerra contra las mujeres. Traficantes de sueños. Consultado aquí.
  2. Frantz Fanon. Pieles negras, máscaras blancas. Akal. Madrid, España.
  3. R. Segato. Crítica a la Colonialidad en 8 ensayos. Prometeo.
  4. A. Quijano. Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Recuperado aquí.
  5. A. Davis. Mujeres, Raza y Clase. Akal. Tercera edición. Madrid, España.
  6. A. Quijano. Anibal Quijano ensayos en torno a la colonialidad del poder. Ediciones el Signo. Duke University.