¿Complacer o con placer?

Redacción Animal Político · 3 de marzo de 2023

¿Complacer o con placer?

El placer: un territorio que a las mujeres aún nos falta por conquistar y habitar, más allá de solo complacer a los otros. Pensemos por un momento en concentrarnos en dar amor y placer, pero sin que llegue NADA de vuelta… Seguramente lo hemos vivido. Muchas lo viven todos los días, 24/7. ¿Cómo nos hace sentir esto? ¿Obtenemos algo a cambio? Sí, el placer de complacer. Pero ¿debemos resignarnos a que nuestro único placer resulte de complacer a alguien más?

Las mujeres nos debatimos constantemente entre:

  • Tener que complacer a muchos “otros” (familia, amigos, parejas y un largo etcétera), para ser queridas y valoradas como mujeres.
  • O disfrutar con placer de nuestra vida profesional, amorosa, afectiva… en fin, de todas las esferas de nuestras vidas.

Y la ecuación sale negativa: nuestros esfuerzos se concentran habitualmente en dar placer a los demás, dejándonos de lado a nosotras mismas.

La herencia cultural y el heteropatriarcado en el que vivimos marcan nuestro destino complaciente. Porque sí, aunque a veces pretendamos que no y luchemos constantemente porque no sea así: ¡Hay que meterse en la caja! Hay que “portarse bien”, ser calladitas para ser más bonitas, sumisas y obedientes; descubrirse para estar sexys, pero no tanto para no ser pirujas; casarse, limpiar bien y cuidar y educar a los niños y a las niñas… Habrá lectores y lectoras que pensarán que esto es cosa del pasado… y quizás lo es, pero solo para unas pocas.

Es verdad que, afortunadamente, muchos movimientos feministas han logrado romper con estos mandatos (a costa de ser juzgados, ¡incluso castigados!) Valientemente algunas mujeres han logrado conquistar, para otras y cada vez más mujeres, nuevos espacios y nuevas libertades. Sin embargo, con el desarrollo de la “vida moderna” que, como diría Mafalda “tiene más de moderna que de vida”, ¡parece que la caja se hizo más grande, pero más asfixiante! Pues ahora debemos complacer incluso más que antes, siendo independientes, delgadas, profesionales, exitosas, buenas madres, luchonas, sensibles, comprensivas, valientes, jóvenes, bonitas, ¡buenotas! Faltan muchos calificativos que nos “obligan a ser”, pero no bastaría este artículo, ni diez más. Las mujeres seguimos sin tenerla fácil, pues nos enfrentamos a la CULTURA que es toda una epidemiología de ideas contagiosas (algunas más que otras) (Dan Sperber). Hoy en día, “una mujer no puede ser al mismo tiempo un adulto sano y una mujer ideal” (Simone De Beauvoir), porque todavía hay demasiadas cosas y roles que cubrir.

¿Y si esto lo llevamos concretamente al terreno de las relaciones sexuales?

Hablar sobre agendas relacionadas con la mujer siempre ha sido tema de interés e investigación en LEXIA (más allá del 8M). Recientemente nos encargamos de explorar sobre la salud sexual y reproductiva de las mujeres en México y Centroamérica. Los hallazgos fueron duros: nos mostraron las realidades de las mujeres que se siguen sintiendo invadidas, enjuiciadas y con poco poder sobre su cuerpo. Para quienes la práctica sexual no incluye su propio placer más allá de la complacencia del otro ¡y de los otros! Muchas ni lo esperan, ni siquiera se lo plantean…

La presión de ser mujer es muy fuerte. Estamos reiterando, somos conscientes de ello. Pero es que todas y todos en nuestro entorno opinan constantemente sobre cómo debemos ser, lo que debemos hacer o ¡lo que debemos elegir! Lo que es bueno o deja de serlo para nosotras… Y esto sucede en múltiples aspectos, pero al hablar de nuestra salud sexual y reproductiva, incluso más: si tenemos relaciones sexuales o no; cuándo, con quién y qué tanto; si nos embarazamos o no; cuándo, cómo, con quién, cuántas veces…; si usamos métodos anticonceptivos o no; cuándo, cuáles, para qué…

Entonces, en el ejercicio de la práctica sexual aparecen demasiadas voces que nos enjuician, que nos cuestionan… que nos anulan: las voces de las parejas, de las madres, de los ginecólogos…. de las tías, de las amigas… de los dioses en los que creemos, de la “moral”… de la sociedad al completo. Voces que nos infunden temores constantes, que crecen (y crecen) hasta convertirse en miedos paralizantes: miedo a saber si estamos haciendo lo correcto, lo que se espera de nosotras; miedo a lo que piensen de nosotras nuestras madres; miedo a que nuestra decisión sobre cuidarnos o no (de ITS o embarazos) tenga consecuencias, en nosotras, en los otros… miedo a que si decidimos usar algún método anticonceptivo la pareja lo note, le moleste, esté de acuerdo, nos funcione, nos duela… miedo al regaño del ginecólogo (previo o posterior)…  son tantos los miedos que nos acechan como una sombra pesada y constante que nos van desdibujando y nulificando la voz, el deseo y la autonomía para decidir. Ante eso, ¿cómo puede quedar espacio para el disfrute que supondría el ejercicio de la sexualidad? Y aún nos falta hablar de los miedos más grandes de nuestra herencia cultural: el miedo a la vergüenza y el miedo al castigo por querer acceder al placer.

Si intercambiamos el complacer por el con placer, la definición de placer de la RAE quedaría muy bien para describir el de las mujeres: por un lado, el goce o disfrute físico o espiritual producido por la realización o la percepción de algo que gusta o se considera bueno y, por el otro lado, con todo gusto, a toda satisfacción, sin impedimento ni embarazo alguno. El “problema” es que, más allá de las definiciones de diccionario, el sentido pragmático de la cultura (el que se une a la realidad), tiene y mantiene a la vergüenza (nombre femenino) de la mano del placer (nombre masculino).

La vergüenza, la sexualidad y la mujer tienen, juntas, un origen mítico que hicieron fama desde que Eva comió la fruta del árbol prohibido. Las representaciones del mito son múltiples, pero la vergüenza siempre se suele cubrir con una hoja de parra. El placer causa vergüenza y las mujeres lo han vivido bien.

Adán y Eva, óleos de Alberto Durero, 1527, Museo del Prado, Madrid.

Así, el mito no es un sinónimo de “mentira” ni de “leyenda”: el mito es “una forma de dar sentido a un mundo que no lo tiene; es un patrón narrativo que da significado a nuestra existencia (May Rollo)”. En este sentido, el mito contribuye a la salud mental y proporciona seguridad interna, porque estructura y ordena el mundo: ¡las personas llevamos el mito a través de los años y lo compartimos por generaciones! Entonces, ¿qué está sucediendo en un mundo donde las mujeres han seguido condenadas por la historia de Eva? ¿Continúa la vergüenza, el miedo y el castigo del exilio por atrevernos a disfrutar “del fruto prohibido”? ¡Y no olvidemos a Lilith! La primera mujer de la Creación (antes de Eva). Lilith dejó el Paraíso para no permanecer sumisa y obediente a su esposo Adán; y sabemos que por esta circunstancia su representación a lo largo de la historia ha estado principalmente relacionada con la imagen última del pecado, del vicio y la lujuria (Rocío San José).

Y la cosa no queda ahí. Tanto la historia como nuestra cruel actualidad nos ofrecen numerosos ejemplos de mujeres Eva y Lilith que intentaron e intentan escapar del mito, para vivir su propio rito. Pero que resultaron, y resultan, hoy, condenadas: recordemos a las mujeres cortesanas del siglo XVIII que tomaban los llamados placeres del mundo (sexo, literatura, vino, fiestas) y que al final fueron quemadas en la hoguera por brujas y pecadoras; pensemos en los países en los que aún hoy se sigue practicando la mutilación genital femenina, o simplemente escuchemos a nuestras abuelas, madres o incluso a nuestras amigas, entre quienes hablar de sexo o pretender disfrutarlo sigue generando pudor, culpa, temor… miedo. Hay una clara herencia cultural entre las mujeres de miedo al castigo y castigo manifiesto por querer acceder al placer.

Al menos hoy en día podemos traer el tema a la mesa. Por algo hay que empezar. Pero resulta urgente hablar más sobre el placer femenino, para que deje de ser incómodo, castigado, restringido, condenado, vergonzoso, un tema al margen. De acuerdo con un estudio sobre la frecuencia de orgasmos, llevado a cabo entre diferentes universidades norteamericanas y publicado en Archives of Sexual Behavior en enero de 2018, las mujeres heterosexuales son el grupo que menos orgasmos consigue. Ejemplificante.

Son muchos los frentes abiertos de lucha para la mujer. En el marco del 8M 2023, queremos poner un frente más sobre la mesa: luchemos por la erradicación de la culpa, la vergüenza y el castigo que arrastra el placer sexual femenino. Luchemos por una vida con placer y no solo basada en complacer. Empecemos por habitar nuestro propio territorio, para que no sea conquistado por los otros.

* Myrna Maravert (@MyrnaMaravert) es Investigadora Cualitativa en LEXIA, licenciada en mercadotecnia, ilustradora digital y fanática de las artes. Estefania Rodríguez (@fa_alterado) es Estratega Cualitativa en LEXIA, antropóloga especialista en semiótica de la cultura, profesora de Semiótica y Antropología y trompetista de jazz. Adalid Peralta (@adalynk) es Estratega Sr en LEXIA, Lic en Comunicación y Periodismo, curiosa, viajera, aprendedora y apasionada de la cultura del vino. Laura Velamazán (@laulexia) es Socia Vicepresidenta de Lexia, periodista, investigadora, actriz, pianista y activista en pro de los derechos de las mujeres.