Cómo ser taxista en Nueva York

Redacción Animal Político · 8 de agosto de 2025

Hace unos días llegó a mi coreo electrónico el recordatorio de que debo de tomar mi examen anual de orina para detectar sustancias prohibidas y de ese modo seguir gozando el privilegio de tener una licencia para conducir taxi o limusina en la ciudad de Nueva York.

¿Cómo es que tienes esa concesión? ¿Qué no eres periodista? Seguro se preguntarán algunos. Les cuento.

Hace como 18 meses estaba viviendo, al fin, una etapa medio estable como reportero freelance en la Gran Manzana. A la corresponsalía a la que me comprometí con dos estaciones de radio en México (sobre todo en MVS Noticias, donde resultaron ser muy profesionales y cumplidores en los pagos) se sumaron igualmente colaboraciones en El Diario de Nueva York, donde cubrí infinidad de notas locales, y mis participaciones en el portal Animal Político, donde muy amablemente me permiten publicar esta columna que hoy reinicia con el nombre de Paris es una Fiesta.

Pese a los compromisos anteriormente detallados, aun contaba con mucho tiempo libre, sobre todo los fines de semana. Buscando contribuir un poco más al gasto familiar, consideré la posibilidad de meter nuestro auto para trabajarlo en la plataforma Uber, paso que te exige, como condición primera, sacar una licencia de taxista.

En mi etapa como estudiante de la Universidad Autónoma Metropolitana, a principios de los noventa del siglo pasado, combiné mi capacitación para ser periodista con una serie de trabajos que me permitieran mantener mi independencia, pues para ese tiempo ya rentaba un departamento en la colonia Del Valle. Uno de esos trabajos fue el de taxista. Así que mi intención para retomar el oficio 30 años después era, como ya lo dije, ganar más dinero, seguir practicando el idioma, pero sobre todo recoger viñetas de la vida neoyorquina y su gente en ocasiones tan extravagante.

Para conseguirlo debí cumplir con una larga serie de requisitos. Lo primero fue cambiar mi licencia, la D, por la E que es la que permite el proceso para obtener la de taxi driver. Ya que te registras y vuelves socio de la Taxi and Limousine Commission (TLC), te comienzan a enviar a cursos. El primero fue uno de tres horas llamado “de accesibilidad”, teoría y práctica donde aprendes las formas para atender a pasajeros que viajan en silla de ruedas y cómo subir y asegurar dicha herramienta, aunque no esté en tus planes manejar un vehículo con esas características.

Luego vino el conocido como “24 horas”, presencial y repartido en jornadas de 8 horas en tres días seguidas que componen la enseñanza más completa para quien desee involucrarse en la profesión. Ahí repasamos cosas como el reglamento de tránsito, el trato al cliente, el manejo defensivo y desescalada de conflictos (tema que debería dominar cualquiera que conduzca, no sólo los taxistas), la seguridad vial, uso del taxímetro, derechos de los pasajeros, primeros auxilios y utilización de la Guía Roji para dominar el mapa de la ciudad.

Mientras tanto, uno debe de seguir cumpliendo requisitos ante la TLC, como el de contar con un historial de manejo ejemplar, tener permiso legal para trabajar en Estados Unidos y registrar huellas dactilares en busca de antecedentes penales. Me debí realizar asimismo un examen médico que incluye visión, audición y salud general, el cual pasé sin problemas -por cierto- con el médico de la familia, Benjamín Benhuri, el más guapo, simpático y eficiente que hay en esa ciudad.

En algún momento me registré para el examen presencial en el que debes alcanzar el 75 % de aciertos en tus conocimientos del curso “24 horas”. Finalmente, te envían a un examen de orina para que detecten si eres consumidor o no de sustancias prohibidas. Ese debe ser anual y por eso me acaba de llegar el recordatorio de que ya me toca realizar la versión 2025.

Luego de tres meses de un trámite -sí, muy burocrático, pero completamente necesario- y tras de invertir un promedio de mil dólares, la licencia para que seas un taxi driver llega por correo a la comodidad de tu hogar. Intentar dar un soborno o chantajear a un funcionario para lograr algunos de los requisitos te puede dejar fuera del club permanentemente.

Una vez cumplidos los tramites, los problemas fueron otros. Pues lo que no te explican ni en el curso ni cuando te registras en la TLC es que los permisos para registrar tu auto como Uber o cualquier otra plataforma se hallan saturados y, por lo tanto, suspendidos. La lista de espera para quienes buscar dar ese salto es tan larga que seguramente tardará en liberarse al cabo de algunos años.

Mientras calculaba qué tan rentable podía ser simplemente trabajar el taxi de alguien más, en eso apareció una nueva oportunidad laboral para mi pareja en otro país. Con la decisión familiar de abandonar los Estados Unidos, acabó también mi sueño de ruletear las calles de Nueva York, que tan bien llegué a conocer tras de interminables caminatas, sobre todo en Brooklyn y Manhattan. Y mi licencia quedó sin estrenar.

Licencia de Juan Alberto Vázquez de taxista en Nueva York.

Tengo toda clase de recuerdos, buenos y malos, sobre los casi tres años que practiqué el oficio en los noventa en la Ciudad de México. Destacan la vez que circulaba por la lateral del Periférico y del paso peatonal que cruza esa vía y une la puerta principal de Televisa con San Ángel, un señor me hizo la seña de que me detuviera. Apuró el paso, subió a mi bochito y me pidió que lo llevara a la Agrícola Pantitlán, donde había vivido desde niño. Se trataba de Adalberto Martínez, un actor y cómico también conocido como “Resortes”, que en una hora de trayecto me relató infinidad de anécdotas en el mismo tono que usaba cuando salía en las películas.

Otro viaje memorable sucedió un sábado por la tarde y arrancó en la esquina de División del Norte y Concepción Béistegui, a un par de cuadras de donde rentaba. A diferencia del paseo con Resortes, las únicas palabras que intercambié con la dama que subió a mi unidad fueron su orden de llevarla a una dirección de Las Lomas de Chapultepec y mi “con gusto” como respuesta.

La dama era más alta que el promedio, tenía la cabellera rubia, facciones finas y cuerpo de conejita de Playboy. De hecho, durante todo el trayecto iba pensando en que realmente era una de las chicas que salían en la publicación de Hugh Hefner, así que mientras trataba de recordar si la había visto en esas páginas, lamentaba no poder dirigirme a ella en inglés, idioma que supuse era el suyo.

La mujer vestía un top que dejaba muy poco a la imaginación, aunque cubría lo que restaba de su torso con una apretada chamarra de piel negra. Calzaba botas vaqueras y el tamaño de su short de mezclilla era tan estrecho que cuando bajó del auto noté que no alcanzaba a cubrir la amplitud de sus caderas, cuyas dimensiones tampoco obedecían al promedio nacional, o no al menos al chilango.

Impactado con esa imagen que me había robado el aliento, ni siquiera me llamó la atención que la dama no se hubiera despedido y ni siquiera pagado, y hasta que el portero del edificio donde la dejé acudió a decirme “¿cuánto es, joven?”, fue que reaccioné. Un año después de aquel viaje, tiempo en el que ya no era taxista, me enteré en una revista de chismes que esa mujer a la que llevé a Las Lomas se llamaba Lorena Herrera y estaba iniciando una carrera en la que buscó ser actriz y cantante.

Aunque no lamento haber perdido la oportunidad de haber sido taxista en Nueva York, por otro lado, creo que los cursos me llevaron a ser un mejor conductor (nunca me volvieron a multar por sobrepasar los límites de 40, 60 y hasta 80 kilómetros establecidos dentro de la ciudad). Pero sobre todo me quedo con la sensación de que muchos de mis amigos taxistas o Uberos en México serían mejores de tener las exigencias que hay en Ciudad Gótica para ejercer la chamba.

Quien nunca lo lograría es aquel taxista de Guadalajara que una vez quiso invitarme un tequila a las 11 de la mañana. Cuando le pregunté si estaba bromeando, amenazó con detenerse y sacar de su cajuela un par de chupitos. Recuerdo su mirada vidriosa y evidente sobrepeso y pienso que él sólo podría haber sido taxista ahí, en la Perla Tapatía, donde los accidentes en esta clase de transporte son la norma.