blogeditor · 10 de enero de 2022
Tiempos de desgracia: la violencia homicida en México multiplica casi 5 veces la tasa promedio mundial de homicidios intencionales. Tiempos irracionales: las autoridades no necesitan mostrar que saben cómo reducir los homicidios o al menos que están aprendiendo. Nos asfixia la violencia homicida, pero también el indescriptible absurdo que supone su prolongación asociada a una política de seguridad que no aprende y no cambia.
Vivimos en medio de un montaje que cuesta decenas de miles de vidas al año. El gobierno federal y los estatales y municipales dicen que tienen una estrategia para reducir los homicidios intencionales, pero casi nadie se toma la molestia de cuestionar cuál es esa estrategia (hay excepciones notables y en breve explicaré una en este espacio).
Tenemos estrategia porque tenemos estrategia. Es un ritual de poder simbólico de manera que los gobiernos usan la retórica para narrar algo que no existe, pero que, por increíble que parezca, no necesita existir. Se supone que la autoridad está para expropiar la violencia privada y eso es lo que el discurso repite; en los hechos, el mayor logro de esa narrativa es justamente que no requiere rendir cuentas con resultados concretos, verificables y medibles. En suma, el mayor logro de la narrativa es que no tiene que lograr otra cosa más que reproducirse a sí misma.
Los medios y las redes digitales son indispensables para reproducir el montaje. Cada nueva masacre o cada homicidio que es ahí visibilizado, se repite el ciclo simbólico sin costo alguno para la autoridad. La consecuencia es que no hay consecuencias. Uno de los ejemplos más potentes en mi experiencia es confirmar una y otra vez que los mandos de las secretarías de seguridad frecuentemente se intercambian en el país, ya sea con perfil civil o militar, independientemente si en su trayectoria han conseguido o no reducir las violencias. ¿Imaginan una contratación sin relevancia de los resultados en la trayectoria de las personas candidatas? Tal cual.
El centro de la discusión es el mismo: las personas pueden ser contratadas sin rendir cuentas exactamente como las políticas de seguridad fallidas pueden prolongarse sin justificación alguna. Pero el peor de los mundos, entiéndase bien, no es que la autoridad no rinda cuentas, sino que en general no están madurando los contrapesos formales e informales para exigir lo contrario, sean las violencias que sean.
¿Hay salida? No lo sé; pero me queda claro que jamás la habrá si los gobiernos pueden seguir diciendo que hay estrategia porque hay estrategia, sin explicar cuál es la estrategia y sin rendir cuentas por los resultados de la misma.
¿Hay recursos técnicos idóneos disponibles? Los hay. Ahí donde los liderazgos emergentes políticos, sociales y técnicos busquen respuestas para reducir los homicidios, encontrarán que en el 2017 se lanzó un “llamado a la acción” denominado Instinto de Vida, convocado por organizaciones civiles de “los 7 países más violentos de América Latina”, apoyadas por Open Society Foundations (OSF), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco de Desarrollo para América Latina-CAF y la Organización de Estados Americanos (OEA).
“La reducción del homicidio requiere medidas concretas, basadas en evidencias y adaptadas a las necesidades y capacidades del contexto local. Si bien no hay una única fórmula para producir descensos en los niveles de violencia, tampoco es necesario reinventar la rueda. Contamos con información rigurosa sobre intervenciones que funcionan y las mejores prácticas alrededor del mundo”. La campaña identifica seis condiciones para reducir homicidios: priorización, concentración dinámica, simultaneidad e integración, liderazgo y recursos, evaluación y no hacer daño.
“La efectividad de las medidas varía dependiendo del tipo de homicidio que busquen prevenir y reducir. Mientras algunas intervenciones pueden resultar más efectivas para dar respuesta a la violencia letal generada por organizaciones criminales -como es el caso de la disuasión focalizada- otras pueden mostrar resultados en el ámbito de la violencia interpersonal -con medidas como el desarrollo de Terapias Cognitivas Conductuales”.
La campaña recomienda intervenciones específicas que han sido ponderadas en función de grados de evidencia e impacto; así, hay intervenciones dirigidas a las personas, a lugares, a los facilitadores, a las instituciones y a influir en el entorno. El documento citado expone ejemplos de cada una con toda precisión.
Ya sabemos, ningún método será recogido donde no hay voluntad política de aprendizaje; por lo demás, el ciclo simbólico que arriba describí más bien anticipa que podemos seguir por tiempo indefinido en medio de la violencia homicida desproporcionada. Pero también sabemos que hay liderazgos políticos, sociales y técnicos buscando el aprendizaje y el cambio.
Cada persona y en particular cada actor con capacidad de influir en la opinión pública -en especial los medios- que acepta la supuesta estrategia que nunca rinde cuentas por sus resultados, así se suma al montaje.
¿No ha sido suficiente ya?