Simón Levy · 6 de marzo de 2012
– “Aprender a hacer lo estratégicamente correcto en lugar de lo inmediatamente rentable”.
La frase de Philip Kotler descubierta en mi cuaderno de notas, acentuó mi desvelo y atención sobre el reloj –ese eterno acompañante de viaje- que afortunadamente marcaba ya las cinco de la mañana.
La noche aún, no caía en agonía.
De entre la obscuridad se ocultaban las siluetas de rascacielos perdidos de la vista cotidiana que permitía los ventanales de mi recámara. De pronto, aparecían con meridiana puntualidad los primeros automóviles recorriendo la avenida Jianguo, que cruza una importante parte de una Beijing abstraída en la ferocidad del invierno.
Los intentos de la esperanza para alcanzar el sueño, otra vez, se esfumaban. Así, olvidé silenciar ese gadget que me acerca a lo lejano y me aleja de lo cercano. El pitido de los correos electrónicos en mi Blackberry le había dado el tiro de gracia. Sin embargo, logré perderme entre el transcurso de los minutos y entonces, me distraje.
Como ya lo había hecho en otras ocasiones, decidí perderme un rato en Youtube, para mirar las serie “México siglo XX”, de Enrique Krauze. Primero fue el capítulo de Lázaro Cárdenas, luego de Adolfo Lopez Mateos, a quienes les guardo admiración, luego Echeverría, López Portillo hasta que me detuve en los cinco capítulos del Ex-presidente Salinas de Gortari, luego Ernesto Zedillo y luego de Vicente Fox.
El internet no funcionaba del todo bien.
Mientras la barra de avance de Youtube transitaba de a poco, aparecían imágenes de los años ochenta… los programas de “Solidaridad”, “Progresa” hasta la escena de la victoria de Fox en el Ángel de la Independencia. En mi cabeza seguía la misma suerte a la incógnita:
¿En qué hemos fallado como mexicanos y cómo no debemos volver a fallarnos?
La pregunta obtenía recaudo ante la enorme ansiedad de un viaje más, que evidenciaba el transcurso y la vorágine que se descubre en medio de aeropuertos, ciudades, calles y empresas de la China que parece devorar todo cuanto a su paso.
Y así el tiempo se volvía a detener.
Entonces, me dispuse a analizar una y otra vez en que hemos fallado como país, pero sobre todo porque no han sucedido los movimientos que lleven a México hacia donde teóricamente todos deseamos.
Se pausó de nuevo mi pensamiento.
A la sazón, pensé que la confección de una realidad siempre obedece a la interpretación de quien pretende controlar sus circunstancias. Consecuentemente, México ha sido presa de una profunda ausencia de conciencia colectiva amparada en los liderazgos en turno y ha quedado en la orfandad de la ciudadanía consciente; de su responsabilidad histórica para sí, olvidando que somos sólo nosotros quienes tenemos la capacidad de hacer que las cosas sucedan en el momento correcto.
Los ciudadanos que hemos tenido el privilegio y la fortuna de crearnos una conciencia crítica de lo que nos sucede, debemos dejar la posición de los ejércitos de reflexiones para trasladarnos a ser los peones de nuestra propia realidad.
Hemos dejado en esos liderazgos, administraciones basadas en soluciones temporales que crean problemas permanentes donde han administrado con consecuencias y síntomas, en lugar de causas y fundamentos de esencia.
Hoy es momento, para no volver a fallarnos como ciudadanos, aceptar que la mayor parte de los mexicanos ha elegido la actitud de elegir la victimización, ante la comodidad de la renuncia de construir nuestro destino individual y colectivo. Sin embargo las circunstancias sociales le han dado a esa voluntad, una fecha de caducidad.
Es momento de entender que las derrotas temporales no deberían provocarnos tentaciones para impedir ejercer lo que somos de forma permanente. La grandeza de una nación no se obtiene por decreto, sino por la conciencia de su construcción.
El alba comenzaba a dar notas de su aparición.
Mientras discurría en ese pensamiento, las imágenes de Youtube y la voz de Krauze en la pantalla, comenzaron dejando en mí un dejo de reflexión intensa, y sólo entonces volví a perderme en mi reflexión de aquella madrugada.
Mientras transcurrían las escenas de promesas de una reciente democracia no cumplida, me pregunté de nuevo, en qué hemos fallado.
Creo que hemos fallado, en abandonarnos a la suerte de la urgencia cotidiana sin entender la responsabilidad colectiva que tenemos para transformar nuestras realidades. Estoy cierto que decisiones individuales crean consecuencias colectivas. Conciencia colectiva transforma realidades individuales.
Hemos olvidado cómo aprender a tomar decisiones amparados en los hechos y no sostenidos por las percepciones. No hemos sabido exigir y exigirnos. Hemos pedido el ejemplo de líderes cuando hemos renunciado a crear el ejemplo propio. Hemos privilegiado los intereses de grupos y decidido acuartelarnos en intereses sectarios. Las acciones individuales cobran fuerza cuando estas son capaces de traducir en actos concretos la masa de deseos y motivaciones sociales.
No hemos sido capaces de impedir que intereses individuales decidan el destino colectivo, haciendo del egoísmo y la necesidad de superarnos individualmente la capacidad motriz de nuestra existencia.
Para no volver a equivocarnos, es necesario que comprendamos que no hay ya margen de maniobra y que para tener una mejor realidad individual nos tendremos que comprometer a crear una mejor cadena de circunstancias colectiva. La verdadera evolución de los liderazgos es aquella que tiene las bases para la transformación en la realidad individual y así, social.
Es momento de provocar elecciones y decisiones de nuestras vidas que le otorguen a nuestra conciencia ciclos de entendimiento netos y no relativos. No es posible que los efectos nocivos de nuestra realidad nos lleven a administrar con urgencia en lugar de estrategia.
El eje de una nueva nación mexicana debe descansar en una revolución educativa, en crear un modelo donde la rectoría económica de un Estado eficaz y de conciencia social administre los intereses nacionales y en función de ello, obtenga de los esfuerzos privados sincronía y productividad.
La mejor forma de generar empleo, es produciendo lo que el mercado necesita. México necesita repatriar su talento que otros países están incentivando. Debemos ser capaces de crear la infraestructura pública para atraer empresas extranjeras y nacionales y crear el sistema de incentivos de desarrollo educativo, donde el gobierno construya la infraestructura pública escolar, y las empresas coadyuven a la educación especializada.
Para todo eso necesitamos saber qué modelo de país queremos. Necesitamos paz, necesitamos progreso y eficacia económica. Pero más necesitamos sentido social real y no de mera retórica.
Vamos rumbo a una verdadera alianza de Estado con las fuerzas productivas e industriales de este país para alcanzar y entender el destino del país que deseamos. Vámonos poniendo de acuerdo en qué queremos y hacia dónde queremos ir y ante quienes digan que esto es iluso, todos estaremos de acuerdo en el siguiente diagnóstico: paz y progreso social y económico. Educación de calidad, colocar a México en el liderazgo mundial y oportunidades para quienes sepan conquistarlas.
El gran problema de nuestro México es que lo reinventamos cada seis años y cuando ello sucede nuestro modelo democrático de maduración progresiva pero ineficaz, lo paraliza.
No puede haber divorcio entre Estado y el sector empresarial.
Si la clase política está distraída administrando tiempos para la creación de franquicias electorales que sirvan de apalancamiento a líderes políticos que sin cargos públicos desean permanecer vigentes, la clase empresarial también busca perpetuar también el estado de cosas que le beneficie.
No es posible la gestación de agendas privadas trasladas al ámbito de la urgencia nacional dejando de lado la imperiosa necesidad de comunicarse y enrolarse en la nueva geopolítica mundial. Por ello, es urgente separar las decisiones económicas de las razones políticas. Los tiempos de maduración de nuestra democracia no responden a la velocidad del dinamismo económico que debemos de tener como nación.
No tendremos una nueva realidad nacional hasta que un nuevo pacto político le otorgue autonomía a un plan transexenal económico que cree una economía gubernamental que no presupueste solamente recursos sino que tenga el ingenio de crear bienes y capital y que privilegie la creación de herramientas para la superación individual y económica de los mexicanos en lugar de la dependencia de nosotros al estados y a los monopolios.
No será fácil romper con intereses creados. Lo sé, pero hay realidades que agotan la paciencia social. No permitamos que los ánimos de superación y de mejora se vuelvan a furia colectiva que arrebate.
La democracia del discurso debe pasar a la democracia de los bolsillos y de las carteras.
Los cómos, le corresponden a aquellos que han tenido la oportunidad de tener una conciencia crítica individual y recursos educativos y familiares. Somos quienes debemos reconocer la responsabilidad social de construir para los más necesitados un estado de cosas con un progreso que permita hacer realizable y alcanzable ese sentido de prosperidad que hoy sólo vive en la retórica de los discursos.
Debemos reconocer la personalidad de la sociedad mexicana, entender su diversidad y respetarla. Solamente el poder ciudadano organizado y abstraído de la urgencia podrá encaminar y volver real la agenda estratégica que transforme nuestras vidas. No es el pueblo, sino los ciudadanos. Es aquel que no necesariamente posee conocimientos ni privilegios económicos, sino conciencia y fuego interior por crearse una mejor realidad para sí y para los demás.
Necesitamos ejercer el sentido de compromiso social, no podemos ser islas ni involucionar a un egoísmo, hacer de la empatía el entendimiento de una necesidad de la que hoy puede sernos ajena pero de la que mañana podrá ser propia.
Tener la capacidad de privilegiar las causas y no sofocar nuestra razón en el análisis de los síntomas. El verdadero patrimonio nacional se compone de la conciencia crítica de cómo y hacia donde nos dirigimos. El timón no puede seguir formando parte de liderazgos en turno a quien responsabilicemos de la desgracia o la fortuna nacional.
Es momento de arrastrar el lápiz, de tomarnos de la mano y de ser creadores eficaces y no buenos exigentes que busquen el sensacionalismo de una fotografía de periódico o de activismos sociales ineficaces. Es momento de crear tiros de precisión productiva. No es tan complicado como parece; la conciencia de la urgencia obliga a reconocer el sentido de estrategia antes de que las circunstancias nos obliguen a administrar con la urgencia de la desesperación y del caos social.
Sólo entonces, podré despertar en mi país y ver esos amaneceres productivos amainando y acercándonos al destino mexicano del Siglo XXI.