¿Cómo hacemos para no olvidar?

blogeditor · 18 de mayo de 2020

¿Cómo hacemos para no olvidar?

Milán, Italia.- ¿Se acuerdan lo que estaban haciendo cuando empezó la pandemia? ¿Qué momento familiar, profesional, personal, escolar estaban pasando?

En Italia han pasado 88 días desde que se cerró la primera Zona Roja en la región de Lombardía, una de los territorios más castigados en todo el mundo, y 70 días desde que Italia se convirtió en el primer país de Occidente en cerrar sus fronteras.

“Somos conscientes de lo difícil que es cambiar nuestras costumbres, costumbres que con el tiempo, a la luz de nuestras recomendaciones tenemos que ir adaptando… ”, decía la noche del 10 de marzo el presidente del Consejo de Ministros, Giuseppe Conte, segundos antes de explicar el porqué desde ese momento Italia dejaba de tener ‘zonas rojas’ y convertía el país entero en “zona protegida”.

“No habrá más una zona roja, pero toda Italia será una ‘Zona protegida’ que todos los ciudadanos deben respetar, de norte a sur, para combatir la avanzada del coronavirus”, decía el primer ministro cuando el número de muertos llegaba apenas a 463, pero comenzaba a crecer a ritmo acelerado por día y los contagios ya eran de 8 mil, después de que las últimas 24 horas se habían registrado mil 600.

“Los números nos dicen que estamos teniendo un crecimiento importante, tanto en contagios como muertes… Tenemos que renunciar todos a algo por el bien de Italia, y cuando hablo por el bien de Italia lo digo por nuestros seres queridos…”.

“He decidido adoptar medidas más fuertes para poder detener la avanzada del coronavirus y salvaguardar a nuestros ciudadanos”, decía Conte para después anunciar el documento de “Io resto a casa” (Me quedo en casa), que fue alargando al menos cuatro veces hasta llegar al día de hoy (LUNES) que se cumplen 70 días desde aquel 10 de marzo cuando Italia cerró sus fronteras.

La noticia le dio la vuelta al mundo y nosotros los que vivimos aquí ni siquiera imaginábamos entonces cuál sería el impacto en nuestras vidas por esta pandemia.

Al día siguiente y con la orden de cerrar todas las escuelas, la mayoría de los poco más de 60 millones de habitantes se quedó en casa. Todo amaneció cerrado. Sólo los negocios de alimentos, medicinas y periódicos se salvaron del confinamiento. Las ciudades lucieron como nunca antes vistas: solitarias y calladas ante ese enemigo invisible llamado “coronavirus”.

El silencio llenó todos los rincones del país que de repente se interrumpía por alguna canción salida de los balcones, por algún concierto de aplausos hacia los médic@s y enfermer@s que combatían en ese campo de batalla en el que se convirtieron los hospitales.

Los días frente a las computadoras para cumplir con el trabajo desde casa y las tareas que nunca nos han abandonado en este periodo, dieron paso a las madrugadas más silenciosas de toda la vida, cuando pudimos apreciar con claridad el trinar de los pájaros muchas veces interrumpidos por el sonido de las ambulancias que nos hacía recordar el porqué del silencio y del encierro.

Con el avanzar de la epidemia en Europa, sucedió algo que no había ocurrido en los últimos 25 años: el cierre de fronteras y la interrupción del Tratado de Schengen.

Un hecho inédito que fue oficial en punto de las 12 del día de aquel ya lejano 17 de marzo, cuando las fronteras, que desde 1995 se habían suprimido para los ciudadanos de 26 países que formaban parte de Schengenland, un territorio constituido por Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Hungria, Islandia, Italia, Letonia, Liechtensetein, Lituania, Luxemburgo, Malta, Noruega, Países Bajos, Polonia, Portugal, República Checa, Suecia y Suiza.

Con la llegada del COVID-19 volvieron a instalarse de inmediato, y a 70 días del confinamiento italiano, aún no se reabren. Aquí, de acuerdo a lo que anunció Conte hace dos días, será el 3 de junio cuando Italia abrirá de nuevo sus fronteras para todos los países, sin que quienes entren deban ponerse en cuarentena. Una medida adoptada por el gobierno a punto de iniciar la temporada vacacional.

Hoy que en Italia comienza la parte más importante de la Fase 2 con la reapertura de todos los negocios -donde se incluyen restaurantes, bares, peluquerías, centros estéticos, negocios de vestimenta, iglesias, sinagogas y otros centros religiosos, así como hoteles, centros comerciales, playas, balnearios y museos- se intenta regresar a esta nueva normalidad de la que habíamos escuchado durante tanto tiempo.

Han sido días muy intensos. A veces llenos de miedo donde todos rogábamos para no enfermarnos, para no perder nuestro trabajo, para seguir teniendo algo que llevar a la mesa y resistir este largo encierro.

Los días sin las escuelas han sido y seguirán siendo parte importante de esta epidemia, donde poco a poco nos fuimos concientizando de que el año escolar había durado sólo medio año y que los hijos, a cambio de convivir con sus amig@s y maestr@s, fueron haciéndose más y más expertos en tecnología, en videojuegos y televisión.

Han sido muchos horas de reflexión por sabernos tan vulnerables y tan inciertos.

Hoy regresamos a las calles con un peso de 31 mil 908 muertos y con el conocimiento de que en todos estos días se han contagiado 225 mil 435 personas, y que las últimas han sido 675. Que nuestros pasos son frágiles, que no hemos ganado esta batalla y que si no queremos regresar al encierro, hoy más que nunca debemos cuidar nuestros movimientos y la convivencia con los demás.

Las imágenes de los féretros encimados en las iglesias y panteones de Bérgamo, o de los ancianos que fueron muriendo por miles en las casas de reposo de Milán, la gran capital de la moda y del diseño, no se nos olvidarán jamás.

Sabemos que efectivamente vamos de bajada, pero que en cualquier momento podríamos subir de nuevo y eso limita nuestro optimismo que al mismo tiempo no podemos perder por nuestros niños y nuestros jóvenes.

Por ellos, que esperan ese ansiado regreso a las aulas donde seguirán aprendiendo, donde conocerán más personas con o sin cubrebocas, donde el poder abrazarse es ahora un deseo.

Estamos curiosos de regresar y saber qué encontraremos ahí afuera, pero quizá sea más importante descubrir cómo somos ahora por dentro después de todos estos días de encierro.

* Cynthia Rodríguez es periodista y mamá.