Redacción Animal Político · 30 de agosto de 2024
Las crisis nunca llegan solas, como los escorpiones, como la muerte. Una cosa desata a la otra y, de pronto, lo que pensábamos seguro y dábamos por sentado, se va. Se erosiona.
Si cada aspecto de nuestra vida fuese una ficha de dominó, la estabilidad sería el instante previo a que la primera caiga sobre las que se encuentran formadas detrás. Las crisis son caos, desestructura y nula contención.
Cuando Nicolás nació, sentí el alivio (ahora sí que me alivié) de que la depresión y la ansiedad no estuviesen ni cerca ni adentro. A ambas, las había estado esperando tanto como a mi hijo, a lo largo de mi embarazo. Era lo más lógico, si durante la mayor parte de mi vida me habían acompañado. Pero ninguna llegó. Primero se lo atribuí a un ajuste hormonal, después pensé que haber distribuido mi atención me había sentado bien. También pensé que la felicidad y el amor que sentía al ver, alimentar y llevar en brazos a Nicolás, lo explicaba.
A lo mejor lo que me blindó fue la combinación afortunada de mis circunstancias y que mi cuerpo pactó sostenerme el tiempo que le fuese posible. Y ese tiempo cumplió su plazo. El panorama se torna turbio, espeso y corrosivo.
Nicolás cumplió seis años y, por primera vez desde su nacimiento, dejé de sentir que mis emociones estaban controladas, gestionadas y bien repartidas. Y yo, como la controladora implacable que soy, cuando me desbordo siempre es sobre mi cadáver.
A pesar de que los desafíos emocionales no han parado a lo largo de estos eternos y fugaces seis años, no me había sentido tan desolada y con tanto miedo por el futuro como ahora. Durante mucho tiempo pensé que era una mujer valiente porque no conocía el miedo. Hoy creo que soy una mujer valiente porque lo conoce.
Nicolás, por ejemplo, desarrolló mi peor miedo: perderlo. No hay un solo día que no piense en eso, sumado a que en este país perder a nuestros hijos es una posibilidad latente. La realidad no le ayuda a la paranoia y eso es combustible para la ansiedad y la depresión. Entrar en ese ciclo es como si se fusionara un laberinto con callejón sin salida. Y, aunque existe salida (porque existe salida), los caminos se recorren en cámara lenta y sin luz.
Se me agotaron las explicaciones: “el mundo está de cabeza”, “es pasajero”, “es normal”, “todos estamos así”. Se me agotó la paciencia física: el hueco en el estómago, el dolor de cuerpo, las palpitaciones aceleradas, la inquietud permanente, la ausencia de ganas, la falta de deseo. Se me agotó la energía mental: la preocupación (a veces irracional), la angustia y los pensamientos catastróficos me drenaron lo suficiente como para detenerme y cuestionar (a veces no tan voluntariamente) asuntos elementales como mi identidad, el amor, mi infancia.
La tristeza puede ser agua que fluye, pero también puede ser agua estancada.
Después de varias semanas, tal vez meses, de intentar racionalizar, explicarme y entender lo que me pasaba, esta vez llego a la conclusión (a la que puedo en el momento en el que me encuentro) de que a cada crisis se llega con más elementos para enfrentarla. Por ahora, mi mayor elemento es la confianza que me tengo. Llevo toda la vida diciéndome “¿Ves? Todo iba a estar bien”. Y sé que lo volveré a decir. No porque cambien mis circunstancias, sino porque me conozco.
Por lo pronto, en lo que el agua de esta tristeza sigue su cauce, me ocupo de mi salud mental. Una vez que caigan todas mis fichas, habré de buscar (con todo y mis miedos) el impulso de reincorporarlas para volver a jugar a reconstruir mi estabilidad. Como diríamos en el bote pateado: por mí y por todos mis amigos. En este caso, mi hijo Nicolás.
