Jorge Avila · 13 de mayo de 2026
Por Amayrani Ibañez Herrera
En la Heroica Ciudad de Tlaxiaco, ubicada en la Mixteca Alta del estado de Oaxaca, a unas tres horas de la capital oaxaqueña, el comercio no es solo una actividad económica: es una forma de vida y, para muchas familias, también una herencia.
Desde tiempos prehispánicos, Tlaxiaco ha sido un punto clave de intercambio en la región Mixteca. Sus mercados no solo movían productos; también articulaban comunidades.
El “día de plaza” reunía a personas de agencias, rancherías, municipios cercanos e incluso de lugares más lejanos. Ahí no solo se vendía, se construía algo colectivo, se tejía comunidad.
Ese tejido, sin embargo, tampoco era perfecto. Había tensiones: control de espacios, disputas, personas que se asumían dueñas de lugares públicos e incluso cobros informales. El mercado tampoco estaba exento de desigualdades.
A partir de la pandemia por COVID-19, las ventas se fueron en picada. Pero, de acuerdo con testimonios de las y los propios comerciantes, el impacto más fuerte vino después.
Fueron retirados de los espacios donde tradicionalmente trabajaban, bajo la promesa de una reubicación o de nuevas condiciones de organización. Sin embargo, ese proceso estuvo marcado por más dudas que certezas. En varios casos, no hubo una fecha definida de regreso ni una alternativa concreta para reinstalar sus actividades. Con el tiempo, ese vacío comenzó a pasar factura.
Algunas personas comerciantes intentaron sostenerse desde sus casas, adaptando sus ventas como pudieron. Poco a poco, la falta de un espacio fijo y la disminución del flujo de clientes comenzaron a afectar cada vez más, hasta que, para varias familias, el comercio dejó de ser sostenible.
Los ingresos cayeron.
Los gastos se mantuvieron.
Y los ánimos decayeron.
Algunas personas resistieron.
Otras no.
Con el tiempo, varios negocios cerraron de manera definitiva. Comerciantes que durante años habían vivido de esa actividad dejaron de vender.
Mientras tanto, las autoridades sostuvieron la necesidad de ordenar el espacio público y mejorar la imagen del Centro Histórico, particularmente en la Plaza de la Constitución, donde se ubica el famoso reloj de cuatro caras, monumento emblemático de Tlaxiaco.
El argumento puede ser entendible. Pero, en los hechos, lo prometido no pasó del discurso.
Muchos de los espacios alternativos resultan lejanos, con poca afluencia de personas, condiciones deficientes y, en algunos casos, implican el pago de rentas, lo que añade presión a economías ya debilitadas.
El mercado Ñuu Ya’vi, el de San Miguel, sigue ahí. La estructura existe, pero no termina de funcionar dentro de la dinámica real de la ciudad. Para muchas personas, se ha convertido en lo que ya se dice sin rodeos: un elefante blanco.
Hay quienes exigen regresar al centro histórico. Hay quienes defienden el orden actual.
Lo que está en juego no es únicamente un espacio físico de venta, sino una forma de organización social que durante años sostuvo la vida cotidiana de la ciudad. Hoy, pareciera que esa lógica se está debilitando.
La pregunta de fondo no es solo si las y los comerciantes deben o no regresar al centro; es necesario cuestionar qué pasa cuando se retira a las personas de su lugar de trabajo sin una alternativa clara. ¿Qué pasa cuando una forma de vida deja de ser viable?
Porque los monumentos, claro que importan.
Pero también importan las personas que han sostenido la vida alrededor de ellos.
Y cuando esas personas desaparecen del espacio cotidiano, lo que se pierde no siempre puede recuperarse.
En Tlaxiaco, el mercado nunca fue solo un mercado. Y lo que hoy está en juego tampoco es únicamente dónde se vende.
Es la manera en que una ciudad decide sostener —o dejar caer— a quienes la han construido.
Amayrani Ibañez Herrera
Licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Se ha desempeñado en el ámbito del periodismo multimedia, la Comunicación Social y la creación de contenido digital. Actualmente desarrolla proyectos independientes de comunicación y análisis social.
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