Joel Aguirre · 4 de agosto de 2026
Por Jessica González Castro*
Vivo en Quintana Roo desde hace más de 20 años. Cada año veo cómo el sargazo transforma nuestras playas, afecta a las comunidades que viven del turismo y pone a prueba la capacidad de respuesta del estado. Este año no ha sido la excepción. Mientras las imágenes de playas cubiertas de sargazo vuelven a recorrer el país, la conversación gira en torno a las mismas preguntas: ¿cómo retirarlo más rápido?, ¿cómo aprovecharlo?, ¿cómo reducir el impacto económico sobre el turismo?
Son preguntas importantes. Limpiar las playas es indispensable para proteger los ecosistemas costeros, la economía local y la calidad de vida de quienes vivimos en Quintana Roo. Pero hay una conversación que sigue ausente: ¿qué estamos haciendo para atender las causas que agravan este fenómeno?
La ciencia es clara en que el aumento del sargazo responde a múltiples factores. Entre ellos se encuentran los cambios en las corrientes marinas, el exceso de nutrientes y el cambio climático, que altera las condiciones del océano.
Como explica la Dra. Rosa Elisa Rodríguez Martínez, investigadora de la Unidad Académica de Sistemas Arrecifales del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, “todo apunta a que, debido al cambio climático, ha habido cambios en los patrones de las corrientes marinas y cambios en los vientos que antes retenían el sargazo en el Atlántico Norte y ahora permiten que grandes cantidades lleguen al Caribe”.
Si aceptamos esa evidencia, también deberíamos preguntarnos qué podemos hacer para reducir las emisiones que están acelerando ese cambio climático. La producción de alimentos genera aproximadamente un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Dentro de ese total, la industria ganadera es una de las mayores fuentes de emisiones, debido principalmente a la producción de carne y lácteos, el metano emitido por los rumiantes, el cambio de uso de suelo para producir alimento para el ganado y el enorme consumo de recursos naturales que requiere. Reducir estas emisiones es una de las oportunidades más importantes para avanzar en la acción climática y, sin embargo, este tema rara vez forma parte de las estrategias para enfrentar fenómenos como el sargazo.
En un estado como Quintana Roo, esta conversación debería ser prioritaria. Nuestra economía depende del turismo. Miles de hoteles y restaurantes sirven millones de alimentos cada año. Eso significa que también existe una enorme oportunidad para impulsar menús con menor huella de carbono, reducir el desperdicio de alimentos, fortalecer la oferta basada en plantas y promover cadenas de suministro más sostenibles. No como una imposición, sino como una estrategia inteligente que beneficie al clima, a la biodiversidad y a la competitividad del destino.
Combatir el sargazo no empieza cuando llega a la playa. Empieza mucho antes, en las decisiones que tomamos sobre cómo producimos y consumimos alimentos, cómo diseñamos nuestras políticas públicas y qué sectores decidimos incluir dentro de la acción climática.
Quintana Roo tiene la oportunidad de convertirse en un referente nacional al integrar los sistemas alimentarios dentro de su estrategia climática. Combatir el sargazo no solo implica limpiar las playas. También implica reducir las emisiones que alimentan el cambio climático. Y para lograrlo, los sistemas alimentarios deben ocupar un lugar en la agenda climática de México.♦
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Jessica González Castro es cofundadora y directora ejecutiva de Generación Vegana.