La otra jugada contra la desinformación

Redacción Animal Político · 17 de julio de 2025

La otra jugada contra la desinformación

Desde hace poco más de un año, hay una pregunta que me ronda insistentemente: ¿cómo podemos combatir la desinformación?

La desinformación, tal como la entendemos hoy, es un fenómeno complejo, atravesado por múltiples factores. Sin embargo, no es un fenómeno nuevo. Existen muchos registros desde la antigüedad de cómo la desinformación ha sido utilizada como herramienta en las guerras desde los romanos, pasando por un aumento con la invención de la prensa de Gutenberg, y todavía más casos en el siglo XIX con el advenimiento de los diarios, y posteriormente en el siglo XX con la radio, televisión y, finalmente, el internet y la inteligencia artificial.

El recelo a las nuevas tecnologías

Las preocupaciones que generan las nuevas tecnologías tampoco son algo nuevo. Hoy nos inquieta la inteligencia artificial; mucho antes fue la escritura. Platón, por ejemplo, temía que la lengua escrita —aunque útil para difundir el conocimiento— no fuera tan dinámica ni enriquecedora como el diálogo. Incluso pensaba que podría volvernos intelectualmente perezosos.

Con el tiempo entendimos que la escritura no vino a reemplazar el habla, sino a complementar. Nos permitió intercambios más precisos y productivos, y nos ayudó a destilar,  afinar y difundir nuestras ideas. Lo mismo pasó con el internet, que en buena medida se pensaba haría más flojos a los estudiantes, pues les facilitaba la búsqueda de información a un nivel nunca antes visto. 

Es decir, las tecnologías nunca están faltas de críticas, recelos, y temores. No obstante, esto no significa que las nuevas tecnologías no tengan un aporte ni supongan un avance. Por el contrario, la historia nos ha enseñado que la investigación y el progreso revolucionario no se pueden detener, pero ello no nos exime de darle una mirada crítica a dicha tecnología, para encontrar maneras éticas de utilizarlas. 

Algo similar podría estar ocurriendo con la inteligencia artificial. Hoy, en su vertiente generativa como ChatGPT, ha levantado las alarmas por considerarse una herramienta que hace que quienes lo utilizan se vuelvan perezosas. Incluso un estudio afirma que quienes usan inteligencia artificial generativa para hacer el trabajo por ellos generan pérdidas cognitivas. Por ello es importante que el uso de la inteligencia artificial se pueda convertir en un espacio para rebotar ideas, explorar matices y reducir el ruido en la conversación y no solo un atajo que reduzca el pensamiento.

La otra inteligencia artificial

Ahora bien, existen otros tipos de inteligencia artificial diferentes a la generativa. Me refiero a eso que antes llamábamos Big Data o, más coloquialmente, “el algoritmo” de las redes sociales o de los buscadores: esa maquinaria invisible que decide qué información, fotos o videos verás en tu feed de Instagram o YouTube, basándose en lo que provocará una reacción emocional intensa —ya sea amor u odio. Lo importante no es el contenido en sí, sino el engagement que genera, por lo que entre estos contenidos muchas veces encontramos desinformación o malinformación (información fuera de contexto que se utiliza para dañar). Cada clic, comentario, share o vista que haces mientras amas o te indigna el contenido, es tiempo que pasas en la plataforma… y más tiempo, claro, implica más oportunidades de mostrarte publicidad y cobrar por ello.

El algoritmo es responsable de que constantemente estemos recibiendo información que debemos ver. Pero no hay un solo algoritmo: Google, Facebook, Instagram, TikTok, YouTube… todos tienen el suyo, todos compiten por nuestra atención. Así, terminamos con teléfonos llenos de notificaciones, una mente saturada y una sensación permanente de sobrecarga informativa.

La sobrecarga informativa

Si bien existen muchos factores estructurales que ayudan a la desinformación a ser un fenómeno tan eficiente, como lo son su carácter estructural, el peso de las imágenes y videos en captar nuestra atención de manera rápida, el sesgo de la novedad que hace que siempre estamos buscando o poniendo más atención a hechos nuevos, y otros tanto más que abordamos en nuestro paper sobre desinformación, hoy quiero enfocarme en la sobrecarga informativa. 

La sobrecarga informativa hace que nuestra atención se vuelva un commodity preciado. Es decir, en un mundo donde en un solo día se suben más minutos de videos a Youtube de  lo que podrá ver una persona en toda su vida, lo que sobra es información, pero faltan ojos que la vean.

Pero esta sensación de exceso de información tampoco es nueva. Ya en el siglo XVI, Conrad Gessner advertía sobre la “abundancia dañina” de libros, que podía generar confusión más que conocimiento. Su preocupación no era por el volumen de información, sino por la dificultad de organizarla y filtrar lo realmente útil.

Por lo tanto, podemos afirmar que nuestra percepción y nuestra conciencia están expuestas constantemente a estímulos e información que debemos procesar, clasificar y analizar para poder asimilarlos como personas maduras; poder separar lo que sirve y es información de calidad, lo que es entretenimiento, y lo que es desinformación. Lo que nos regresa a la pregunta inicial: ¿cómo combatir la desinformación en una época saturada de información, tanto de alta como de baja calidad?

Enfoques para combatir la desinformación

Existen dos enfoques dominantes hasta ahora. El primero es el prebunking o la “vacunación” contra la desinformación. Consiste en explicar a las personas cómo funciona la desinformación y qué estrategias suelen usar quienes la promueven, ya sea con fines políticos, económicos o sociales. De esta forma, al mostrar las estrategias y no acusando medios es que se consigue “vacunar” a las personas contra la desinformación. 

El segundo enfoque es el fact-checking, tarea que medios y plataformas especializados realizan con metodologías rigurosas para verificar afirmaciones de figuras públicas o desmentir información viral. En México, iniciativas como El Sabueso, de Animal Político, marcan la pauta en esta labor.

Un tercer enfoque que tuvo cierto auge hasta 2024 fue la moderación de contenido por parte de las plataformas. Meta, por ejemplo, en alianza con fact checkers solía detectar desinformación en Facebook e Instagram y limitar su alcance o impedir su publicación, o en otros casos añadiendo etiquetas de advertencia. Sin embargo, este modelo ha sido duramente criticado —sobre todo en Estados Unidos— por considerarse una amenaza a la libertad de expresión.

Un cuarto enfoque

Esta semana me encontré con una propuesta provocadora e innovadora de Tiffany Li, profesora de Derecho en la Universidad de San Francisco. Li sugiere que el combate a la desinformación no debería centrarse en la libertad de expresión ni en la competencia económica (es decir, en combatir el dominio de mercado de las Big Tech). Su apuesta es por la privacidad.

Su razonamiento es claro: si protegemos de forma estricta la privacidad de las personas —es decir, impedimos que las grandes plataformas recopilen y procesen datos personales con tanto detalle— se dificulta la microsegmentación de audiencias. Y si no pueden microsegmentarnos con precisión, disminuye su capacidad de captar nuestra atención y generar engagement con contenido que nos impacta emocionalmente.

Hoy, empresas como Google pueden tener miles de datos sobre cada persona: nombre, dirección, búsquedas recientes, ubicación en tiempo real, red de amistades, ingresos estimados… Todos estos datos permiten predecir nuestro comportamiento y diseñar anuncios y noticias que parezcan casi telepáticos, o contenidos que nos arrastran sin pausa por un “agujero de conejo” en TikTok o YouTube.

La propuesta de Li —reforzar los derechos del individuo frente al poder corporativo— podría abrir una nueva puerta: la de un mundo donde la desinformación no llegue con tanta precisión a los ojos correctos, en el momento exacto.

Y quizá ahí esté parte de la clave: no solo educar ni solo moderar, sino cambiar las reglas del juego, para que se empodere a los individuos frente a corporaciones que tienen miles de expertos en tecnología, sicología y más buscando cómo captar nuestra atención, cueste lo que cueste, aunque sea con información falsa, creada por un gobierno que busca insertar su agenda en otros países. 

* Alfredo Suárez es Communications Manager para América Latina en la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad (@FNFMexico), organización alemana fundada en 1958, cuyo propósito es promover los principios del liberalismo clásico a nivel global. Su enfoque se centra en fortalecer la libertad individual, la democracia, los derechos humanos, la economía de mercado social y el Estado de derecho, a través de programas de formación política, generación de redes internacionales y fomento del diálogo político. Cuenta con presencia en más de 60 países y sus actividades incluyen alianzas con actores locales, impulso a la participación ciudadana y fortalecimiento institucional. La fundación busca establecer plataformas de intercambio que respalden valores liberales, adaptándose a los contextos específicos de cada región para lograr un impacto sostenible.