blogeditor · 27 de octubre de 2016
Por: Roberto Rueda Monreal
Uno no quisiera creerlo, aceptarlo, pero los niveles más básicos de la discusión y la polarización políticas siguen exageradamente concentrados en los debates clave de la realidad sudamericana.
La tele
Apenas llego a Colombia y me envuelve casi por completo la noticia de que la exsenadora Piedad Córdoba ha salido exonerada de un ataque judicial por parte de la PGR colombiana. Palabras más, palabras menos, a la mujer se le atribuyó el criminal hecho de ser parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (las famosas FARC, ligadas a la imagen de la guerrilla colombiana por excelencia) estando en plenas funciones de senadora y se la señalaba duramente de estar promoviendo el discurso castrista, chavista y comunista que tanto detesta, en principio, una buena parte de la sociedad colombiana.
Se armó todo un bien planeado proceso judicial que la inhabilitó de su importante cargo, pero este al final fracasó y ahora, aparte de una compensación por ley, se le tendrá que restituir su salario íntegro de senadora, mismo que dejó de percibir desde noviembre de 2010.
El escándalo, tal vez, hubiese quedado restringido a esas anécdotas en donde es común referirse al tema de la guerrilla a secas y nada más, pero no fue así. Piedad Córdoba no sólo ha salido ilesa del injusto proceso sino que lo ha hecho convertida ahora en una posible candidata presidenciable, al igual que ya lo es el muy popular líder Gustavo Petro. ¡El tiro por la culata!
Cierto día, al final de un noticiero local nocturno, luego de hacer un repaso por varios en donde, curioso, abundan casi exclusivamente noticias sobre niños pobres con sus historias de realidad groseramente injusta, llega el momento estrella del “análisis”. Aparecen un moderador y dos especialistas. La pregunta desde el principio de la emisión ha sido “Y usted, ¿cree que la senadora Córdoba, luego de resarcirle sus derechos políticos, merece competir por la presidencia de la República?” Si uno desea participar en este “debate” hay que llamar al canal o a través de las redes sociales opinar. Sí o No.
Obvio, cada especialista defiende un polo. El del NO afirma que la senadora no puede contender en las presidenciables pues de llegar al poder sólo traería más pobreza a Colombia con su discurso pro Cuba, pro Maduro y pro Castro; que Colombia es creyente y no comunista y que, además, la familia lo es todo y que si Córdoba llegara a ser presidente propiciaría muchas realidades libertinas para las que Colombia no está, ni lo estará nunca, preparada.
El del SÍ acusa de inmediato al del NO al afirmar que a la senadora no la investigaron conforme a derecho correspondía sino que le inventaron todo un proceso judicial, tanto así que ahora está no sólo libre de toda sospecha, sino que incluso se ha convertido en la referencia obligada para entender el conflicto armado colombiano; que, en ese sentido, no es pro Maduro ni pro Castro ni pro nada, que eso en realidad también es producto de un discurso que se ha inventado la derecha para generar odio, miedo y terror entre la población, pero que Colombia ya no está para esos cuentos, sino que hoy ha llegado el momento de que todos los colombianos se reconcilien y le brinden una oportunidad a la paz.
El “moderador”, que en todo momento los confrontó, antes de cerrar la emisión da a conocer los porcentajes de la teleaudiencia. El SÍ al final le ganó al NO.
La calle
Dados los últimos acontecimientos más o menos propicios en donde, luego de cuatro años de negociaciones en La Habana entre el gobierno colombiano y los líderes más importantes de la guerrilla para acabar con un conflicto armado intestino que lleva 52 años cobrando vidas e impidiendo el desarrollo y la reconciliación nacionales, el presidente Juan Manuel Santos (el reciente Nobel de la Paz, por su papel negociador en el conflicto) convocó a un referéndum popular para legitimar con un SÍ o un NO los acuerdos de paz firmados en Cuba.
Con más de un 60% de abstencionismo, un NO que alcanzó el 50.21% y un SÍ que casi lo araña con un 49.78%, el panorama del miedo o la desidia pintó de cuerpo entero la contemporánea y dividida en polos democracia de Colombia.
Las explicaciones polarizadoras no se hicieron esperar y, para hacerlo, ahora se enfocaron en las víctimas.
El NO sería totalmente comprensible, pues las víctimas del conflicto armado no podían ver que unos guerrilleros delincuentes se salieran con la suya al dar un salto a la vida política institucional sin pagar por sus crímenes. Por otro lado, el SÍ no sería más que la respuesta de algunas víctimas en pos de una Colombia que desea perdonar, llorar por lo pasado, dar el trago amargo, saludar de mano al enemigo y seguir hacia un mejor futuro.
Las polarizaciones, en aras de ver todo en blanco y negro, siempre omiten los más finos y variados detalles, ya se sabe.
Para este complicado conflicto, no pocos especialistas locales afirman que su origen tuvo lugar en 1930, en donde en aras de una República liberal se dieron muchos enfrentamientos violentos; que en medio de esta revuelta sin ley hubo un descarado despojo de tierras; que dichas extensiones de tierra ilegalmente ocupadas pasaron a ser “legalmente” atribuidas; que terratenientes ladrones manipularon la ley; que la guerrilla ocupó luego parte de esas tierras en aras de un socialismo ahora anacrónico; que estalló por ello un conflicto que provocó miles de víctimas y muchos más desplazados aún; que este tuvo su pico en los años 60 y 70 del siglo pasado; que su terrorista y bestial recrudecimiento tuvieron su esplendor en los años 80 y 90, por su explosiva mezcla con el floreciente negocio del narco, en el que se vieron involucrados los guerrilleros de extrema izquierda, los terroristas narcotraficantes, los mencionados terratenientes, sus empresariales vástagos y sus grupos de paramilitares tolerados de extrema derecha.
Como se puede vislumbrar, ¡una olla de presión!, un verdadero derramamiento de sangre colombiana, de generaciones enteras enfrentadas por el odio y por el deseo de aniquilamiento mutuo, todo, en medio de muy pocas manos frotándose cada vez más rápido y fuerte ante el signo del poder económico y político.
Tal vez, efectivamente, todo haya comenzado en 1930; tal vez no y, más bien, como dicen los expertos y muy actuales “politólogos Netflix”, todo se reduzca a ese parteaguas bonachón vuelto monstruo justificatodo llamado Pablo Escobar; tal vez tan sólo al escuchar el apellido Timochenko uno ya no quiera de esto hablar.
Luego de muchos días, demasiados, en los que escuchamos una y otra vez la misma cantaleta de Uribe, Pastrana y sus aliados en el sentido de que Santos habría firmado el famoso acuerdo de Paz en lo oscurito, a espaldas del pueblo, y de verlos hacer fiesta por la guerra de siempre desde Cartagena, estalló una bomba, y esta no fue ni narca ni terrorista.
En una sorpresiva entrevista, por boca del propio exsenador Juan Carlos Vélez, Colombia se enteró de que el acto de referéndum había sido manipulado. Que el empresario Carlos Ardilla Lülle, propietario del canal de televisión RCN y de Gaseosas Postobon, había financiado la campaña del NO comprando expertos que introdujeran temas ajenos al acuerdo de La Habana, pero que encendieran la rabia y la indignación de la población.
Así las cosas, eso explicaría la gigantesca campaña en redes sociales y centros de trabajo, usando las empresas y las iglesias, así como ciertos colegios y a opinadores a modo, una en donde en todo momento se apeló al miedo. Recordemos que se dijo hasta el cansancio que si ganaba el SÍ se implantaría el Chavismo–Comunismo, que a los trabajadores se les quitarían sus pensiones, que los guerrilleros expropiarían a los taxistas todas sus unidades, que las familias cristianas se desintegrarían, que los pobres se olvidaran de sus subsidios, que se implantaría el ateísmo y que todos los hijos de los colombianos se volverían homosexuales, dadas las doctrinas liberales de “la ideología de género” de las FARC y el ELN. En fin… ¡que hasta llegaron a afirmar que Dios mismo estaba con el NO!
Fue demasiado. Luego de tantos días de social y política exacerbación, me enteré de que, por fin, el 12 de octubre habría gran una manifestación bien organizada por la paz, que varias marchas de víctimas, de indígenas despojados y desplazados y de trabajadores serían recibidas por oleadas de estudiantes universitarios para luego confluir en una concentración en la Plaza Simón Bolívar de Bogotá.
Me lanzo a la marcha con una ilusión atorada en el pecho, una que va estallando de a poco entre las costillas en medio de muchos ritmos que bailan sin cesar los manifestantes en el Centro de la ciudad. Hay júbilo. Mujeres, niños y adultos de todos colores y condiciones se unen para recibir a los verdaderos agraviados por una guerra que, en estos días, huele a podredumbre, a la no razón de ser. A occisa locura. Me parece oler a incienso. La guerra huele a muerto y noviembre está a la vuelta de la esquina.
Escucho un nuevo estruendo de gritos, volteo, y luego de buscar logro ver bien, llenándome de asombro. En medio de la calle, rodeado de gente todo el tiempo mientras lentamente camina, ahí está ni más ni menos que el muy popular exalcalde progresista de Bogotá, Gustavo Petro. No me la creo. No creo estar viendo en carne y hueso a uno de los más grandes dirigentes contemporáneos de la de izquierda latinoamericana actual.
En medio del griterío, de la fuerte y vigorosísima batucada de los jóvenes, de las pancartas de las mujeres y de una cerca humana que parece impenetrable, logro llegar a él y a bocajarro saludarlo, presentarme como mexicano y luego arrancarle una declaración para Animal Político.
En medio de esta difícil coyuntura, ¿qué significa esta manifestación para usted?
Esta es la movilización que esperamos sea multitudinaria en todo el país. Esta es la única posibilidad que tenemos hoy, si transformamos estas movilizaciones en una multitud constituyente, de lograr realmente que se pueda construir la paz en Colombia.
Usted qué piensa, querido lector, ¿Sí o No?, me imaginé a la colombiana, ¿o próximamente a la mexicana?
Un enorme puñado de claveles blancos aventados una y otra vez hacia el rojizo cielo fue la mejor postal al lograr salir de aquel protector escudo humano. Habíamos llegado. ¡Zaz! La Plaza Simón Bolívar era un hervidero de gente. El júbilo nuevamente se estaba concentrando para volver a estallar, así fuera en estruendoso grito multitudinario: “¡Queremos la paz… Queremos la paz!”.
* Roberto Rueda Monreal es politólogo, traductor literario, articulista y escritor.