Mayra Zepeda · 8 de noviembre de 2013
Pasado
Estoy en el aeropuerto de Tucumen, Panamá. Llego del Distrito Federal, México, con una maleta, una computadora y mi bolso de mano a tomar asiento para esperar mi vuelo hacia Medellín, Colombia, donde me esperan cuatro días de comida colombiana, vino, lugares nuevos, gente desconocida, historias.
Me siento, acomodo mis cosas y cuando alzo los ojos lo primero que veo es una pantalla que indica un destino: Cali.
Entonces me olvido de los ventanales llenos de luz con vista a las verdes montañas panameñas y al cielo que anuncia una tormenta, y me concentro en la pantalla: Cali.
Casi de inmediato se me arruga la cara, me pica la nariz. Voy a llorar (¡oh no!).
Lloraré porque Cali no fue destino esta vez, porque tal vez no lo fue nunca.
Fue en marzo pasado cuando comencé a hacer planes para viajar a Cali, Colombia, con un objetivo: visitar al caleño que conocí en un bar del DF, con quien estuve unos diez días y del que –ahora puedo reconocerlo- me enamoré.
Me enamoré de él, de lo que conocí de él. Después de pensarlo mucho –y me atrevo a decir que hasta de forma obsesiva- llegué a la conclusión de que también me enamoré de una idea que me fabriqué de él, de nosotros juntos, él allá y yo acá.
Aquí en Panamá lloro porque la vida es muy extraña y siempre, siempre termina por dar vueltas y marear al incauto.
En marzo, en mis planes estaba venir a Colombia por un hombre. Hoy, en aproximadamente dos horas, estaré en Colombia pero no por un hombre, sino por trabajo, porque este país me persigue y se me aparece en cada oportunidad que puede como para recordarme que tengo un asunto pendiente con él.
Mi destino tal vez no sea Cali, pero tal vez algo debo hacer en Colombia y por eso esta oportunidad llegó en el último trimestre del año, justo cuando me despedía de ese país y empezaba a hacer planes para visitarlo en 2014 con fines turísticos y de búsqueda de trabajo a futuro.
Y de pronto, ¡zas!, Colombia volvió a encontrarme.
Estoy a unas horas de Medellín y ya dejé de llorar, aunque la garganta sigue bloqueada y los ojos amenazan con traicionarme (y mal-di-ta-se-a no traigo pañuelos desechables).
El remedio perfecto contra el llanto está en mi iPod: una buena salsa. El movimiento de pies y caderas como salvavidas ante una inminente inundación.
Nos vemos Medellín.
Presente
“Oh that was not a love story, that was a nightmare”, me dijo Kelvin con los ojos bien abiertos, como asustado.
A Kelvin lo conocí en el avión de Panamá a Medellín. Tiene 51 años, es estadounidense, trabaja para Chevron, vivió en Angola muchos años e intentó seducirme antes de que abordáramos el tema de su matrimonio fallido.
Con su acento sureño, de Florida, Kelvin me explicó lo jodido que fue casarse tan joven con una chica a la que no amaba tanto. Su estilo de vida la enloqueció. Desde hace 34 años Kelvin pasa 28 días en su país, otros 28 en otro, luego otra vez en su país y así sucesivamente.
Desde su divorcio, Kelvin sigue soltero. Está convencido de que ninguna mujer podrá soportar sus viajes. A él no le emociona su estilo de vida, pero ese es y punto.
Ahora Kelvin busca un país para establecerse y tal vez, sólo tal vez, rehacer su vida romántica.
A Kelvin le admiro una cosa: prefirió terminar lo que estaba podrido (su relación) y no tenía salvación a quedarse con su exesposa “por los hijos” (tiene una hija de mi edad, 27 años).
“Ellos se van, hacen su vida, tienen sus parejas y uno se queda solo”, me dijo. “Uno también tiene derecho a ser feliz”.
“¿Qué sentido tiene quedarse juntos por los hijos si el único ejemplo que les vas a dar es de desamor?”
Kelvin me sonrió con una sonrisa triste y mejor se volteó a ver las nubes.
Futuro
Locación: aeropuerto de Tucumen, Panamá. Destino: Distrito Federal, México. Estado civil: enamorada de Colombia y hasta la madre porque llevo ocho horas varada en este lugar. La aerolínea no da respuesta a los pasajeros. ¿Qué sucede? Nadie sabe, hay versiones diferentes: que si el clima, no hay tripulación, capitanes, el sistema “se cayó…”
Cuando te quedas varado en un aeropuerto sólo queda agotar todas las opciones que existen: comer, ir al baño, caminar, leer un libro (Pequeño diccionario de cinema para mitómanos amateurs de mi adorado Miguel Cane viajó conmigo), adelantar tus entrevistas, revisar Facebook, Twitter, enloquecer, mal dormir, volver a escribir…
Basta de quejas. Me encantó Medellín. Llevo unas horas lejos de dicha ciudad colombiana y ya extraño despertar en un cuarto en el quinto piso de un hotel con vista a la ciudad y al valle de Aburrá con “Good morning” de Norah Jones (la combinación más perfecta que he encontrado en mi vida).

Extraño la comida abundante, el vallenato y el aguardiente en el Parque Lleras, las calles y sus historias, las charlas con bogotanos y paisas (así se les llama a los que viven en el departamento de Antioquia, donde se encuentra Medellín) sobre la historia de Colombia, la violencia y su lucha por, desde su trinchera, mejorar la situación en su comunidad.
Voy a regresar a Colombia. Quiero trabajar ahí, hacer periodismo, contar historias.
Mientras escribo comienzo a caer en cuenta que tal vez así debía suceder toda mi historia con Colombia. Yo debía ir, recorrer sus calles, comer su comida, conocer su gente y sus historias y bailar su música no por un hombre sino por la Colombia misma.
Medellín, voy a volver. Bogotá, Cartagena, Bucaramanga, Cali, el eje cafetero…espérenme.


