Joel Aguirre · 2 de junio de 2026
El discurso de Claudia Sheinbaum el pasado domingo es un ejemplo de que dos cosas, aparentemente contrapuestas, pueden ser ciertas al mismo tiempo. Es innegable que las solicitudes del Departamento de Justicia estadounidense son una estrategia de intervencionismo muy agresiva. Sin embargo, son igualmente innegables los vínculos de Rubén Rocha Moya y su equipo con el crimen organizado en Sinaloa.
Estos vínculos no son ciertos porque lo diga Estados Unidos, sino porque han sido denunciados desde la campaña electoral en 2021 y reiterados durante su gobierno. El problema es que la inacción de Andrés Manuel López Obrador y la protección de Claudia Sheinbaum facilita que la estrategia intervencionista estadounidense resuene en México. Contra su discurso soberanista, esto demuestra que ponen primero al partido que al país.
Donald Trump nos ha demostrado repetidamente que no tiene, ni tendrá, reserva alguna para definir y moldear el mapa político de América Latina. Como advertí tras el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, nuestro vecino del norte hará valer sus intereses regionales contra toda oposición nacional o internacional que enfrente. El trumpismo ha sido explícito y no solo se ha apoyado en la intervención militar como en Venezuela.
Basta recordar el rescate financiero de Trump a la Argentina de Milei en octubre del año pasado, previo a las elecciones legislativas del país. A diferencia de Venezuela, y al ser un gobierno afín al trumpismo, la intervención fue económica. En cambio, la amenaza de una intervención militar contra Gustavo Petro a finales del año pasado sirvió para fortalecer a una oposición de derecha reaccionaria en Colombia en las elecciones de este domingo.
El ejemplo más claro de intervención estadounidense en elecciones con Trump fue Honduras. Un factor definitivo fue el indulto a Juan Orlando Hernández, quien cumplía una sentencia de 45 años por narcotráfico, junto al apoyo abierto a Nasry Asfura. Además, hubo una amenaza clara de retirar su apoyo económico al país, devastado por el narcotráfico, si ganaba la candidata de Libre, el partido de izquierda.
Por eso no podemos desestimar la acusación de intervención de Estados Unidos y de Trump como gran elector. Aunque la presidenta matizara su propio discurso en la conferencia matutina del lunes, al decir que no era Trump, sino la derecha reaccionaria estadounidense la que lo hace, sabemos que en los hechos son indisociables. Ese titubeo de su parte debilita su propia denuncia.
La denuncia en contra de Rubén Rocha Moya y su equipo es un intento agresivo por repetir esta estrategia en nuestro país, sobre todo ante una oposición sin propuesta ni fuerza política. Pero la solución no es solo denunciarlo en un evento masivo bajo el cobijo disciplinado del partido. Si a la presidenta y al oficialismo les interesa prevenir el intervencionismo, deberían tomar la iniciativa y detener a Rocha Moya y su gente.
Donald Trump y Marco Rubio han sido efectivos en su intervención regional porque los gobiernos nacionales están debilitados y son incapaces de resolver sus problemas de manera interna. Si el gobierno mexicano es tan fuerte como presume, que lo haga iniciando los procesos judiciales. No solo sería un golpe claro contra la estrategia estadounidense, también fortalecería a su propio proyecto ante el pueblo mexicano.
Lamentablemente, no veremos eso en un futuro próximo. El discurso de la presidenta fue claro: más que tomar la iniciativa, deciden replegarse para proteger a su gente. La intervención estadounidense ya está en la migración y la economía gracias al oficialismo. Ese discurso soberanista es parco, hasta hipócrita. Y el motivo es simple: prefieren salvar al partido antes que procurar el bienestar de la nación. ♦
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