Joel Aguirre · 28 de mayo de 2026
Por Maxi Goldschmidt
Me gustaría estar equivocado. Que mucha gente que conozco, estudiosas ellas y ellos, amantes de la vida y la naturaleza, personas comprometidas, estuvieran equivocadas. Me gustaría que comunidades totonacas de Veracruz y mapuche de Argentina, al otro extremo del continente, estuvieran equivocadas, que no fuera verdad lo que viven, un mal sueño, una ilusión sus aguas aceitosas, una mentira sus ríos y venas contaminadas, que el aire de sus cielos fuera puro, que el piso no se moviera, que la tierra no se abriera a sus pies.

Me gustaría creer que existe el fracking sustentable. Confiar en ese equipo de científicos reconocidos. Me gustaría creer que visitaron y visitarán comunidades afectadas. Las que hace años viven con fracking en sus vidas. Y a las que se les vendrá encima este nuevo destino, esta industria que cambia todo muy rápido. Y para siempre.

¿Conocen a alguien que viva en Paraíso, Tabasco, donde hace poco se celebraba la ola de trabajo y prosperidad y ahora se respira cáncer? ¿Conocen a alguien que viva cerca de una refinería, de un mechero, de un pozo de fracking? ¿Saben qué provoca el metano en los cuerpos, en la tierra, en el aire? ¿Conocen investigaciones, como las de Justin Nobel, que explica cómo el fracking saca a la superficie material radioactivo y que, al no existir buenos monitoreos, cuando se descubre es demasiado tarde para trabajadores y comunidades?

Recorrí durante ocho años zonas de fracking. “Antes había pájaros y animales que no se vieron nunca más”. “El agua contaminada tampoco la podemos usar para riego”. “Nuestros hijos con afecciones respiratorias, en la piel, y los informes médicos desaparecieron del hospital”. “La cantidad de residuos peligrosos del fracking no hay forma de administrarla cuando se perfora a gran escala”, “Enemigo del cambio climático, el fracking es una bomba de carbono”.

Vengo de Argentina, de Vaca Muerta, segundo reservorio de gas no convencional a nivel mundial. Cuando se aprobó el fracking allí —sin conocer detalles, un acuerdo secreto entre YPF (la Pemex argentina) y Chevron—, cientos de personas fueron reprimidas por la policía. Así empezó en mi país, y con anuncios del kirchnerismo (en muchos sentidos y salvando distancias, podría compararse con Morena: un gobierno progresista, con políticas distributivas importantes para sectores populares y que reivindica la soberanía) que aseguraban que “la estimulación hidráulica ya fue probada en miles de pozos perforados en el mundo, y en ningún caso provocó sismos”. La publicidad de la petrolera estatal estaba graficada con un cero gigante. Cero por ciento de probabilidades de sismos, decía (se puede ver aquí).

Sauzal Bonito es un pueblo de 300 habitantes. Un día, del otro lado del río Neuquén, un inmenso río que abastece a miles de personas y comunidades, se levantó un yacimiento de gas no convencional, fracking. Al poco tiempo Sauzal Bonito comenzó a temblar, las casas se partían. Los pobladores —que nunca habían vivido algo similar— señalaron que la causa venía de esas luces y esos ruidos que no se apagaban nunca del otro lado del río. Fueron tratados de ignorantes.
Desde 2015 a la fecha se han registrado más de 500 sismos. En algunos países se prohibió el fracking por este motivo, conocido como sismicidad inducida o industrial. Terremotos consecuencia de la acción de enormes cantidades y presiones de agua y químicos inyectados en el subsuelo para la extracción de petróleo y gas. Pero en Argentina esos argumentos no fueron suficientes porque había una decisión política de avanzar con el fracking a cualquier precio. ¿Será igual en México?

A un geógrafo se le ocurrió georreferenciar fotos satelitales de los epicentros de esos sismos y cotejarlas con pozos que se habían agujereado en la región. Coincidían. Otra vez la ciencia confirmó lo que decían las comunidades. En Neuquén los conflictos socioambientales crecieron. Las enfermedades respiratorias también. La vida se hizo más cara. Paraísos de agricultura hoy padecen crisis hídricas. Comunidades perseguidas y en conflicto por sus tierras, atravesadas por ductos y negras mangueras gigantes que llaman anacondas.

En México hace unas semanas ocurrió algo similar. Pescadores con sus redes empetroladas, la mitad de sus cuerpos negros. Gente que vive del mar de pronto se desespera al ver manchas multiplicándose. Chapopote en las playas, planchas de crudo flotando, animales muertos. Y una gobernadora que dice “gotitas”. Y un gobierno federal (y Pemex, ¿son lo mismo?) que atribuye el derrame a un barco sin identificar. El mismo geógrafo, Guillermo Tamburini Beliveau, otra vez busca imágenes desde el cielo que confirman lo que decían comunidades y organizaciones que, lamentablemente, hoy el gobierno pareciera tomar como enemigas.

En marzo recorrí playas empetroladas de Veracruz. En algunas nunca llegó ayuda; en otras, brigadas recogían cientos de bolsas de chapopote. A veces, en vez de llevarse las bolsas, las dejaban amontonadas. El viento y el mar las tapaban o destruían. También pasé por ciudades —Poza Rica o Coatzacoalcos— y pueblitos —Furberos o Tlahuanapa—, donde derrames llevan meses o años sin que nadie haga nada.

Creo en la política y estoy convencido que México sería un país más injusto si Claudia Sheinbaum no estuviera en el poder. Vengo de un país gobernado por un señor con una motosierra como política de Estado. Muchas amistades argentinas al enterarse de que estoy en México dicen: ahí sí tienen una presidenta como la gente.
Claudia Sheinbaum es admirada en el mundo, sobran los motivos. En tiempos de políticas de muerte, desamparo, individualismo, se valora a gobiernos y dirigentes que apuestan por la vida, por sociedades más justas y equitativas. Por eso duele esta decisión del gobierno mexicano. ¿Estará convencida Claudia? ¿Qué piensa en su fuero íntimo ella y tantos funcionarios comprometidos con la gente, con el futuro del país?

“No vamos a hacer nada contra la población, nunca”, dijo Sheinbaum en la conferencia mañanera cuando habló del fracking. No se puede pedir que una presidenta esté en todo, en un país tan complejo y con graves presiones cotidianas. Menos, ante el escenario actual y las amenazas permanentes de Trump. La presidenta necesita confiar en asesores, en funcionarios, en otros soportes que construyen gobernanza. Ahí quizás esté uno de los graves problemas. Un intermediario entre Claudia y la población es Pemex. Símbolo de la soberanía durante décadas, la petrolera más endeudada del mundo —que en muchas zonas afectadas tiene una actitud de desprecio por las comunidades— se ha vuelto un salvavidas de plomo para el gobierno. ♦
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Maxi Goldschmidt es periodista, docente, documentalista y productor argentino. Trabajó en la revista El Gráfico y en los diarios Crónica, Crítica de la Argentina y Perfil, entre otros. Es cofundador del medio autogestionado Revista Cítrica, de la Agencia Tierra Viva y de Cooperativa Lawen. Escribe en diferentes medios latinoamericanos, como Gatopardo, El País, Rolling Stone, El Desconcierto, Interferencia, La Diaria, Ojarasca, Tiempo Argentino y Revista Mu. Redes: @NoFrackingMx