Joel Aguirre · 13 de agosto de 2026
*Por Álvaro Rodríguez
Cuando pensamos en las ciudades mexicanas, casi siempre miramos hacia las grandes metrópolis. A menudo platico con un orgulloso amigo capitalino que, cuando le hablo de Orizaba, ciudad donde nací, me dice con un poco de sarcasmo que allá no existen “las bondades” de la Ciudad de México. En parte tiene razón. Las metrópolis concentran oportunidades de empleo y educación, inversiones, infraestructura y poder político. Pero esa misma centralidad contribuye a que en México la atención pública se divida en dos realidades territoriales: grandes metrópolis y comunidades rurales.
Por un lado, la conversación nacional suele centrarse en la crisis de vivienda de la Ciudad de México, la expansión industrial de Monterrey, los desafíos de movilidad de Guadalajara o el crecimiento acelerado de Puebla y Tijuana. Por otro, las zonas rurales dominan los debates sobre desarrollo, pobreza y desigualdad. Entre ambos extremos, sin embargo, las ciudades pequeñas e intermedias rara vez protagonizan el debate público, pese al papel estratégico que tienen en el desarrollo regional del país.
Según el Sistema Urbano Nacional de la SEDATU, las ciudades pequeñas e intermedias articulan la relación entre las grandes metrópolis y regiones rurales de su entorno. Lejos de ser marginales, son fundamentales para la cohesión social y económica del país. Definidas como aquellas ciudades con poblaciones de entre 15,000 y 1 millón de habitantes, constituyen la mayor parte del sistema urbano mexicano. Mientras la atención mediática e institucional suele concentrarse en las principales zonas metropolitanas, particularmente en la Ciudad de México, 97 por ciento de las ciudades del país (440 urbes) permanecen fuera del radar. Más que “pueblos grandes”, estas ciudades albergan a 41.1 millones de personas, equivalentes a 33 por ciento de la población nacional.
Sin embargo, su valor trasciende su peso demográfico, económico o logístico. Las ciudades pequeñas e intermedias son también lugares donde la relación entre ciudad y naturaleza suele ser más visible. Basta pensar en Orizaba, donde espacios como el Cerro del Borrego, el Ojo de Agua o los 500 Escalones forman parte de la vida cotidiana y no postales (para el Instagram) de un viaje de fin de semana.
Esta cercanía con la naturaleza se repite en cientos de ciudades pequeñas e intermedias del país. Se trata de una ventaja enorme y cada vez más rara frente al avance de la urbanización acelerada. A diferencia de las grandes metrópolis, donde para muchas personas el acceso cotidiano a ecosistemas suele concentrarse en áreas periféricas o cada vez más distantes, en numerosas ciudades pequeñas e intermedias los ríos, bosques, áreas agrícolas, humedales y otros sistemas naturales siguen formando parte del paisaje urbano cotidiano.
Impulsadas por el aumento en el costo de vida de las metrópolis, la relocalización industrial, la descentralización del empleo y las dinámicas económicas asociadas con el turismo, muchas ciudades pequeñas e intermedias atraviesan una etapa de crecimiento acelerado. El problema es que muchas de ellas imitan dinámicas de expansión que ponen en riesgo esa cercanía con la naturaleza. Mientras las grandes urbes disponen de cada vez menos suelo para expandirse, estas ciudades continúan extendiéndose sobre suelos agrícolas, ecosistemas y áreas periurbanas de baja densidad.
Las 440 ciudades pequeñas e intermedias del país concentran cerca del 61 por ciento del suelo urbano nacional, pero gran parte de este territorio se desarrolla de manera dispersa, lo que eleva los costos de proveer infraestructura y servicios públicos.

A esto se suman limitaciones de conectividad y movilidad, dependencia financiera de transferencias federales ante su baja recaudación, capacidades gubernamentales reducidas y una creciente vulnerabilidad frente a inundaciones, sequías y otros riesgos climáticos. En otras palabras, las ciudades que hoy tienen una relación privilegiada con la naturaleza podrían perderla si crecen sin una visión que integre desarrollo urbano y conservación ambiental.
Hacer frente a estos problemas exige mirar hacia donde ocurre la transformación urbana con más rapidez. Precisamente por ello, en WWF México nos hemos acercado a estos retos y oportunidades.
Por medio de iniciativas de acción climática como el Desafío de Ciudades y de gestión de residuos como Plastic Smart Cities, en WWF México impulsamos una red de ciudades distribuidas en todo el país, de las cuales más del 80 por ciento pertenece a esta categoría. Buscamos acompañar a estos centros urbanos para que aprovechen el vínculo entre la vida urbana, la conservación del entorno y la biodiversidad, demostrando que el desarrollo urbano no tiene por qué ser contrario a la naturaleza.
Sin embargo, sabemos que la discusión alrededor de las ciudades pequeñas e intermedias va más allá de la agenda ambiental y climática. La planificación de estos espacios cruza con retos prioritarios como la seguridad pública, debilidad institucional, inclusión económica y justicia social.
Una ciudad que mejora su gestión de residuos e integra sus ríos y áreas verdes no solo protege sus ecosistemas; también genera espacios públicos más seguros, reduce desigualdades territoriales y fortalece la resiliencia comunitaria.
Experiencias como la de Orizaba muestran cómo la recuperación y valorización del entorno natural puede convertirse en una herramienta de bienestar urbano y cohesión social. Por su parte, en Hermosillo, los jardines de lluvia y otras soluciones basadas en la naturaleza contribuyen también a reducir riesgos climáticos, mejorar el entorno urbano y generar beneficios para la vida cotidiana de las personas.
Si las ciudades pequeñas e intermedias repiten los errores de las grandes metrópolis, México perderá algunos de sus territorios más valiosos. Pero si aprovechan la oportunidad que todavía tienen para crecer integrando naturaleza, desarrollo y bienestar, podrían convertirse en el mejor ejemplo de cómo construir ciudades y territorios más equilibrados, resilientes y menos desiguales.♦
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*Álvaro Rodríguez es oficial de Ciudades Sustentables en WWF México. Es licenciado en Política y Administración Pública por El Colegio de México y maestro en Gobernanza, Desarrollo y Políticas Públicas por la Universidad de Sussex, en Reino Unido.