Ciudadanos Sumotori, en México

Daniel Gershenson · 4 de julio de 2011

Ciudadanos Sumotori, en México

Es el Sumo el deporte japonés por antonomasia. Puede rastrear sus orígenes a los antiguos ritos shintoístas relacionados con los ciclos de la agricultura y la intensa relación de los kami o espíritus con la población de ese país: desde el siglo diecisiete, cuenta con una estructura organizada y torneos que hoy día se celebran seis veces al año. Participan luchadores aún más grandes y fornidos que en el futbol americano. La estructura de los ‘establos’ en donde se producen los grandes campeones es rígida, y la disciplina casi militar. Las jerarquías se respetan a rajatabla, y es muy difícil acceder a las categorías profesionales más altas sin suerte, talento y un gran sacrificio. Combina la agilidad con la fuerza: por lo general los combates duran unos cuantos segundos, en donde la habilidad no está reñida con la fuerza.

 

El legendario Chiyonofuji vs Kitao, Nagoya 1986


 

Presenciar los combates aunque sea en la tele (o en mi caso: durante un torneo relámpago que tuvo lugar en el Madison Square Garden de Nueva York, y yo vivía en esa ciudad hace demasiados años), es una experiencia inolvidable. Después de una vistosa ceremonia en la que luchadores y oficiales salen ataviados a la vieja usanza, se arroja sal para apaciguar a los malos espíritus. El arranque previo a los combates en forma son tanto o más importantes que la lucha misma. El público grita los nombres de sus ídolos. La tensión arrecia a medida que se acercan las fases finales y los luchadores con más victorias deciden la justa. Teatro, ceremonia, espectáculo. El Sumo combina todos estos elementos, en una fórmula insuperable.

 

Durante muchos años, y en la medida en que Japón ingresaba al ‘concierto de las naciones’, las autoridades encargadas de preservar las tradiciones de este deporte se cuidaron de no ‘contaminarlas’ con luchadores extranjeros.A finales de los sesenta, el hawaiiano Jesse Wailani, cuyo nombre de combate fue Takamiyama ingresó a la categoría más alta y ganó un torneo en 1972. Poco a poco, empezaron a subir otros contendientes que no eran oriundos del Japón, pero durante mucho tiempo les fue negado el ascenso a yokozuna, el rango más alto en esta disciplina.

 

El caso de otro hawaiiano: Chad Rowan, alias Akebono,  y la eventual obtención –por mérito propio- del ansiado título de Yokozuna (uno que permaneció vacante varios meses, por la negativa de la Asociación de Sumo de otorgárselo a un gaijin o extranjero), involucró a la cancillería japonesa en pláticas con  el entonces presidente Clinton. Tiempo después, el samoano Fiamalu Penitani, alias Musashimaru también se convirtió en Yokozuna.

 

Akebono vs. Musashimaru, Kyushu 1993


 

Hoy día, el único luchador que ostenta esta distinción nació en Mongolia, en 1985: se llama Mönkhbatyn Davaajargal, y se le mejor conocido como Hakuho . Otro ciudadano de ese país, recién retirado, compartió honores con él. Su nombre de batalla: Ashasoryu.

 

Hakuho vence a Ashasoryu, 2006

 

En el año 2008, el búlgaro Kotooshu: Kaloyan Stefanov Mahlyanov,actualmente Ozeki (una categoría debajo de Yokozuna) se convirtió en el primer europeo en ganar un torneo profesional.

 

En México, también persiste un sistema cerrado de exclusión, que en este caso niega cualquier involucramiento ciudadanp en la política. La nomenklatura partidista se perfila para seguir actuando en su nombre. A la luz de los resultados en el Estado de México, Coahuila y Nayarit (el avasallamiento priísta, y la negativa de Peña Nieto de aprobar la Reforma Política en la Cámara de Diputados que pueda entorpecer su carrera a la presidencia), la sociedad civil tendrá que avisparse. De lo contrario, el interregno panista de Fox y Calderón será una simple memoria anecdótica –la excepción que confirme la regla- ante la restauración en ciernes que ocupa los planes y energías del ‘renovado’ PRI.

 

Ante el pasmo de las cúpulas de los otros partidos (quienes de darse un landslide tricolor, conservarían sus prerrogativas), los Sumotori ciudadanos tendremos que dar la batalla. Contra viento y marea, pero con la razón histórica de nuestro lado.

 

A un año de las elecciones que definirán el rumbo de este país, tendremos que seguir consolidando ciudadanía. Tejer alianzas para mejorar la calidad de nuestra educación hoy día secuestrada por un sindicato cuyo líder ‘moral y vitalicio’ acumula piezas futuras de recambio electorero. Conseguir que el proyecto de Acciones Colectivas inermes: excluyentes, discriminatorias recién votado, se modifique y amplíe a todas las materias imaginables -con sentencias que beneficien a millones de personas. Lograr que la Cámara Baja vote favorablemente la Ley de Estancias Infantiles que evite tragedias como la de la Guardería ABC. Tenemos muchas asignaturas pendientes, que tendrán que resolverse a contracorriente, porque todo se irá condicionando a las elecciones venideras.

 

No es utópico, ni un sueño guajiro. Si algo demuestran el Movimiento por la Justicia Cinco de Junio, el de la Paz con Justicia y Dignidad y muchos otros, es que algo anda mal en el Estado Mexicano. También, que aún pueden sacudirse las conciencias. Está en nuestras manos cambiar comportamientos y políticas, reorientándolas hacia el interés público: rescatando la memoria de las víctimas. Garantizando su no repetición. No es un reto menor. Podrá lograrse, si así lo queremos.