Redacción Animal Político · 8 de abril de 2025
¿Por qué persistes, incesante espejo?
¿Por qué duplicas, misterioso hermano,
el menor movimiento de mi mano?
Jorge Luis Borges
Hay imágenes que se nos clavan como astillas: campos de exterminio, hombres y mujeres desaparecidas, una mujer de la tercera edad disparando y quitándole la vida a dos hombres, jóvenes acuchillándose, multitudes linchando a vecinos en Taxco, Tekit, Nativitas y muchos otros mientras terceros graban y hacen virales estos actos. Y detrás, miles de ojos que observan, juzgan y sentencian desde una pantalla. No se trata solo de un caso ni de una generación, sino de un espejo incómodo que nos devuelve lo que no queremos ver: que lo que sucede no es ajeno a nosotros, sino el reflejo de lo que hemos sembrado como sociedad, el reflejo de nosotros mismos.
En las últimas semanas, casos como el de Mariane y Valentina, el bebé que fue dejado en una bolsa en una vía pública, entre otros, han incendiado las redes sociales. La reacción ha sido inmediata: condenas tajantes, exigencias de castigo ejemplar y una sed de justicia que, en realidad, roza peligrosamente con la venganza. El señalamiento colectivo se dirige casi exclusivamente hacia los jóvenes involucrados, mientras el contexto, las causas y la responsabilidad compartida quedan fuera del encuadre.
Parece que, al mirar estas escenas, nos sentimos moralmente superiores. Olvidamos que ese espejo también refleja nuestras ausencias, nuestras acciones, nuestras omisiones y nuestras fallas. Porque las juventudes no nacen en el vacío: nacen y crecen en una sociedad que les enseña, con el ejemplo, a convivir en la violencia, a responder con odio, a viralizar la deshumanización.
Los adolescentes que hoy protagonizan estos eventos no son ajenos a la tecnología; nacieron en ella. La Generación Z y la actual Generación Alfa no conocieron un mundo sin pantallas, sin redes sociales, sin acceso inmediato y constante a todo tipo de contenido. A diferencia de generaciones anteriores que consumíamos información más limitada y sobre todo unidireccional, donde solo recibíamos contenido, no lo creábamos. Sin embargo, hay una constante que atraviesa todas las generaciones por igual: el enojo social que nos invade, el malestar en el día a día, la ausencia de credibilidad en las instituciones judiciales, lo que deriva en un empoderamiento digital no solo para juzgar, enjuiciar y sentenciar, sino para aplicar “la justicia” por mano propia. Desde el caso Mariane hasta la señora Carlota, en este último contando con el respaldo y aplauso de esos jueces de pantalla, de esta nueva inquisición digital de que formamos parte ni por un momento nos detenemos a conocer algo fundamental: el contexto social y cultural.
Las redes sociales, que prometieron democratizar la comunicación, han devenido en arenas donde la violencia se normaliza, el escarnio se premia y la compasión se diluye. El algoritmo no solo nos muestra lo que queremos ver, sino lo que nos irrita, lo que nos polariza, lo que creemos que es la justicia. Y así nos mantenemos, reaccionando, opinando, linchando desde el teclado e incluso desde la misma calle.
No es que esta generación haya perdido los valores, como muchos repiten con nostalgia. Es que los valores se construyen socialmente, y si los modelos que han tenido enfrente priorizan la aceptación a costa del otro, el castigo por encima del entendimiento, y la desinformación sobre la verdad, ¿qué esperamos?

En este contexto, la otredad se vuelve literalmente insoportable. Lo diferente —la opinión contraria, la actitud que no entiendo, el gesto que me incomoda— es rápidamente catalogado como amenaza. Lo vimos en cada tendencia, en cada trending topic donde el odio ocupa el primer lugar. La descalificación ya no necesita argumento. Basta con que alguien piense distinto para asumir que está equivocado, y, por lo tanto, debe ser silenciado.
Rechazamos lo que no entendemos porque aceptar al otro implicaría revisar nuestras propias certezas. La pluralidad incomoda porque nos confronta. Y en un país cada vez más polarizado, la diferencia se convierte en el enemigo a derrotar, a anular y nos convertimos en la inquisición.
Cuando las instituciones fallan —cuando el acceso a la justicia es lento, desigual, o inexistente— se abre paso a la creencia de la justicia por mano propia. Pero esa justicia que se ejerce desde el enojo y el dolor rápidamente se transforma en venganza. Y esa venganza, en espectáculo.
Los comentarios y acciones más violentas no solo vienen de quienes cometen actos criminales, sino de quienes los denuncian desde la comodidad del anonimato digital. Pedimos penas más duras que las que prevé la ley. Queremos ver dolor, escarnio, destrucción. Y en ese deseo, revelamos la frustración profunda que sentimos como sociedad: porque sabemos que nada va a cambiar, porque no creemos en el sistema, porque sentimos que estamos solos. Porque la erosión de las instituciones que deberían impartir justicia la han desvanecido a tal grado que la ley del Talión se impone, porque al viralizarse un caso es más factible que se sancione a quienes delinquen.
La juventud actual no es una anomalía, es el resultado de lo que hemos sido como familia, comunidad, país, mundo. Los jóvenes son el reflejo de nuestras decisiones, de nuestras renuncias y nuestras prioridades. Si hoy nos escandalizan sus acciones, tal vez sea momento de preguntarnos qué rol hemos jugado en ello, ya sea por acción u omisión, y no solo como padres de hijas e hijos, sino como sociedad que funciona como un dominó apilado donde el peso de una pieza recae sobre la siguiente y así sucesivamente.
Para ello sería bueno iniciar por dejar de ver al sujeto joven como algo a punto de ser, como algo incompleto, inacabado, algo a medio camino… insuficiente… siempre –in– como negándole existencia porque así lo dejamos como un no-ser y todos tranquilos. Dejar de depositarles cargas como el futuro de la humanidad, la esperanza del país, el bono demográfico que no aprovechamos, el segmento de mercado siempre suculento y cautivo, o la carne de cañón del crimen organizado. Darles la identidad y peso que merecen, porque son resistencia, posibilidad y memoria (eso último algo paradójico solo desde la mirada adultocentrista), y que en un país en donde la violencia mata con solo atestiguarla, las juventudes sitiadas por todas partes son síntoma de una sociedad que se suicida una generación a la vez.
El actual éxito de la serie Adolescencia aborda justo la realidad que hemos construido como sociedad, nos refleja literalmente en la pantalla. Nos hace cuestionarnos elementos incómodos, tengamos o no tengamos hijos. El diálogo de los padres en el episodio 4, al concluir la serie, nos deja tan claro que hemos hecho lo imposible por proteger a las nuevas generaciones del mundo exterior y les hemos dado libertad total en el mundo digital.
Es más fácil culpar a los influencers, a TikTok, al Internet, a los padres “ausentes”, que asumir que como sociedad hemos normalizado la exclusión, el desprecio por el otro, la anulación del otro. Que no hemos creado entornos fértiles para la empatía, la compasión y la escucha; que hablamos de inclusión, pero rechazamos lo diferente.
Vernos en el espejo implica aceptar que no basta con indignarse en redes ni con exigir castigos cada vez más fuertes, Implica reconstruir los lazos sociales desde la comprensión de nuestra realidad y no desde el castigo. Implica, sobre todo, entender que cada historia tiene un contexto, que cada acto tiene una raíz, que obviamente no justifica los actos, pero si los puede explicar, y que ninguna transformación será posible si no estamos dispuestos a vernos por completo en ese reflejo incómodo, pero tan urgente. Porque no hay generación perdida. Hay una sociedad que se perdió a sí misma en la comodidad de no asumir su parte.
* Yolanda Barrita (@Yolanda_Barrita) es socia fundadora y Chief Strategy Officer en Altazor Intelligence (@Altazor_Intell).