arturof · 10 de febrero de 2012
En la historia moderna no ha habido un momento en que las expectativas sobre el papel de las empresas como agentes de bien en la sociedad sean mayores que la coyuntura actual.
Desde principios del siglo, la puesta de moda de la llamada responsabilidad social corporativa comenzó a imponer al empresario (a través de su empresa) una serie de exigencias que van mucho más allá de la generación de empleos, la inversión y el pago de impuestos.
Iniciativas como el Pacto Global de las Naciones Unidas de Koffi Annan (en realidad escrito por el Profesor de Harvard, John G. Ruggie) proponen desde hace una década que “a través de prácticas responsables, la empresa debe de contribuir de manera única y significativa a la implementación de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.”
En otras palabras, los empresarios, además de generar rentas y crecimiento económico, innovación y productos de calidad, deben ser (con o sin vocación o capacidad para ello) aliados del combate a la pobreza, la no-discriminación, la protección de derechos humanos, y el cuidado del medio ambiente (entre muchos otros temas).
Para rematar, como lo puso el ex-Primer Ministro de Gran Bretaña, Gordon Brown, la crisis financiera de 2008 mostró “que el sector privado vive una crisis de valores,” y es que el verdadero origen – la ambición irresponsable y la falta de ética en el manejo de algunos empresarios de Wall Street – ha creado una especie de estigma que trasciende a la industria financiera y ha manchado a todo aquel que antes se enorgullecía por su capacidad de lucrar.
Aquella imagen del ambicioso y agresivo investment banker vestido impecablemente, à la Gordon Gekko, solía ser el ideal, el prototipo, la aspiración de muchos jóvenes universitarios hasta hace un par de años. Me acuerdo de las filas que se hacían en la Universidad de Harvard cuando Goldman Sachs o JP Morgan enviaban a sus scouts allá en 2004. ¿Cómo estarán las filas hoy en día?
El inversionista, el banquero, el empresario de hoy en el mundo, no solamente debe hacer bien su chamba, sino demostrar compromiso social, ética intachable y conciencia activa sobre los problemas que lo rodean. A esto se le llama: Ciudadanía Corporativa.
Más que Dinero: Tiempo…
En México, estos conceptos y principios han tenido cierto desarrollo. Por ejemplo, existe AliaRSE, una red conformada por el Cemefi y varias cámaras y organismos empresariales, entre los cuales están el Consejo Coordinador Empresarial (CCE ) y la Coparmex y que tiene como objetivo posicionar el tema de la responsabilidad social en el mundo empresarial.
Existen, pues, muchas empresas, grandes y pequeñas, que contribuyen diariamente al progreso del país a través de iniciativas propias o donativos a otras organizaciones sociales. Otra tendencia muy positiva, en el contexto de un país con muy bajas tasas de participación social, es la del voluntariado corporativo.
En México, según un Diagnóstico de Filantropía Corporativa, el 52% de las empresas incluidas en un estudio sobre este tema dijo tener programas institucionales para promover el trabajo voluntario entre sus empleados. El reporte destaca también que “estos programas son más comunes en empresas con mayores ingresos”.
Mi experiencia personal, como Consejero del proyecto Causas.org, la red social de voluntarios en México, ha sido muy positiva en este sentido. Hemos logrado constatar un aumento de las acciones voluntarias del interior de los corporativos hacia el exterior y hemos ayudado a vincularlas de manera efectiva con las necesidades de las organizaciones civiles mexicanas.
Durante 5 años hemos visto como trabajan de manera conjunta con los tres protagonistas de esta cadena de desarrollo, a través de una plataforma en línea que permite establecer una comunicación transparente y en tiempo real en aras de la profesionalización del trabajo voluntario.
Un pacto por la democracia
Un nuevo reto en el camino hacia la plenitud de esta ciudadanía corporativa, en este 2012, sería apoyar la limpieza, transparencia y la equidad del proceso electoral que México está por vivir. Y ¿cómo pueden los empresarios apoyar a la democracia?
Primero: yo no creo que nadie en México, independientemente de sus preferencias políticas (si es que las tiene) quiera otro ambiente como el que se vivió en 2006, sobre todo en cuanto a la intervención empresarial. Hay muchas formas de presentar ideas en el debate público nacional, de manera abierta y civilizada, sin violar los fundamentos de la democracia, y de pasada, la Ley Electoral.
http://www.youtube.com/watch?v=1Rb6Y_IigYs
Segundo: participar y dejar participar libremente. El empresario mexicano tiene mucho que aportar en la construcción de una agenda nacional y debe además ayudar a exigir los cambios que se van a prometer durante los próximos meses. Sin embargo, es muy fácil, sobre todo para aquellos empresarios cuyo liderazgo en su propia organización es carismático (o de plano un culto a la personalidad como muchos que conozco), el dejar que se genere un ambiente de “presión de grupo” dentro de cada empresa. La democracia debe existir dentro de las organizaciones, familias y universidades para ser real.
Tercero: todo empresario mexicano, desde Slim (que no me respondió mi carta, buuu) hasta el micro-empresario que apenas comienza su camino, debe refrendar un pacto con México. Usemos este año electoral para reflexionar sobre aquello que podríamos estar haciendo, directa o indirectamente, en contra o a favor del bien de nuestro país. ¿Soy parte del problema o de la solución?
Yo se que suenan ya como muchas cosas, pero la situación de México no está para menos…