Citas rápidas: el “arte” de conocer a una persona en 5 minutos

blogeditor · 14 de septiembre de 2012

Citas rápidas: el “arte” de conocer a una persona en 5 minutos

Se mira al espejo porque es tiempo de arreglarse. Escoger la ropa, el maquillaje, peinar el pelo… Está a unas horas de acudir a un evento al que jamás se hubiera presentado si no tuviera este blog.

La idea surgió después de leer un texto de Anna Giralt para El País: “Varios estudios demuestran que tres minutos son más que suficientes para saber si hay conexión con otra persona. De hecho, la mayoría de participantes en este tipo de encuentros toman una decisión en los tres primeros segundos de la mini cita”.

El tipo de encuentros a los que se refería Giralt son las llamadas speed dates o citas rápidas.

A eso está a punto de meterse.

Al tiempo que se pinta las pestañas mantiene un diálogo consigo: ¿Qué carajos hice?, ¿por qué decidir escribir un texto sobre las citas rápidas y, peor aún, exponerme a ello, a un posible rechazo múltiple, además?, ¿por qué hacerlo si, de por sí, odio las primeras citas y hoy tendré, el mismo día, diez primeras citas? Ahora vas, lo vives y después los escribes, cabrona.

La víspera y los prejuicios

Hasta el momento, y sin haber estado en una, ella cree que las citas rápidas están fundamentadas en la banalidad y el aspecto físico. Tal vez Giralt tenga razón: decidimos si hacemos conexión con alguien en menos de tres minutos. Sin embargo, Giralt habla de una conexión somera, puramente física, y a eso no se le llama conexión, sino atracción.

En una cita rápida tienes sólo cinco minutos para “conocer” al otro (u otra). Preguntarle quién es, qué le gusta, en qué trabaja, qué odia, etcétera. En realidad, en 2.5 minutos uno sabe poco. Por ello cree que ahí, el físico lleva la delantera. Lo ves, la ves, te parece atractiv@, ¿sí?, le pones atención, ¿no?, entonces sólo oyes, no escuchas.

En realidad lo que más le preocupa es no saber qué tipo de sujetos acuden a una empresa para que les ayude a conocer gente y encontrar pareja. Desde su trinchera prejuiciosa puede decir que las citas rápidas son para personas mayores de 35 años que tienen conflictos para relacionarse de manera “normal” con el sexo opuesto en ambientes no controlados: el bar, el antro, la fiesta del amigo, etcétera.

Esta gente debe tener algún problema, porque si no lo tuviera no tendría por qué recurrir al speed dating.

Va otro prejuicio que se contrapone un poco al anterior. #Dicen que “el amor llega cuando menos te lo esperas”, que, como dice el dicho “cuando te toca, aunque te quites, y cuando no, aunque te pongas”. Ella sí lo cree porque así lo ha vivido siempre, en cada una de sus relaciones amorosas ha estado presente el factor sorpresa.

Pero imaginemos que alguien espera, espera y espera y el mentado amor nunca le llega. ¿Por qué habría de quedarse con los brazos cruzados?, ¿qué no se vale salir a buscarlo, carajo? Sí, es totalmente válido.

¿Entonces?

De 10 a 15 citas x 5 minutos

Para hacer posible este texto, ella se puso en contacto con Speed Dates Club, la compañía que se autodefine como “la primera empresa mexicana encargada de organizar reuniones de ligue express, speed dating o citas rápidas dirigidas a los solteros capitalinos que son modernos, inteligentes y que no tienen tiempo que perder, que han llegado a ese lugar en la vida tomando decisiones y que saben que se vive rápido, pero no por eso dejan a la ligera una de las decisiones más importantes de la vida: el encontrar una pareja y hacer nuevos amigos”.

Speed Dates Club funciona desde 2006 y tomó como ejemplo el modelo de citas rápidas de Reino Unido, España, Estados Unidos, Canadá y Chile.

Toma los leggings, unas botas rudas, un blusón blanco y un cárdigan café. Se seca el cabello (¡por fin!, una vez al año no hace daño) y se hace una media cola. No quiere ir sobreproducida.

Llega al Café 22 de la Condesa con miedo. Lo primero es pasar a la mesa de registro para que le entreguen un gafete con un número y un espacio en blanco para que ponga su nombre o su apodo o como quiera que la identifiquen.

Mayra, así, simple (aunque siempre ha fantaseado con adoptar otra personalidad. Ha querido ser Catalina, física nuclear e inventarse una historia. En esta ocasión decidió que sería mejor –y más sencillo- ser transparente. Para después dejaría el disfraz).

Además, Larissa de la Concha, quien dirige Speed Dates Club, le entrega una tarjeta en la que vienen varias preguntas como sugerencia, esas que están destinadas a fungir como salvavidas si los silencios incómodos se presentan: ¿cuál es tu comida favorita?, ¿qué música te gusta?, ¿te gusta viajar?

En la tarjeta también vienen unos recuadros del 1 al 16. Cada recuadro y cada número pertenecen a un prospecto. ¿Te gustó y quieres seguir en contacto con esa persona? Entonces marcas con una cruz su recuadro y ¡voilá!

Lo que hace la empresa es verificar quién hizo click y ponerlos en contacto vía correo electrónico o celular, eso tú lo decides desde que te registras en su página de internet http://speeddatesclub.com

Si te gustó el número 5 y tú a él entonces Speed Dates Club les proporcionará sus datos. Si a ti te gustó el 5 y tú a él no, entonces no recibirás sus datos ni él los tuyos. La cosa es que la compañía sólo comparte la información de las personas que coincidieron y que quieren tener una segunda cita –eso sí, sin límite de tiempo, ni lugar fijo, ni bajo la custodia de Larissa o alguna de sus chicas-.

Desde el primer momento que entra a la salita de Café 22 dispuesta para las citas rápidas se da cuenta que ahí no encontraría a nadie para ella. (¿Ven? Todo es físico, la primera impresión).

Se sienta en una de las mesas desocupadas. Son ocho en total. Cinco ya están ocupadas por hombres que no son “de su estilo”. Se ven más bien mayores, por arriba de los 35 años, todos parecen sacados de un molde: llevan camisa a cuadros o rayas, jeans y mocasines, bien peinados, perfumados.

Comienzan a llegar las chicas. Todas, cabello suelto, pantalón de vestir, tacón discreto, en sus treintas. De pronto llega una rubia despampanante que rompe con el estereotipo –y luego nos enteramos que es conductora de TV Azteca y viene a hacer un reportaje para Canal 7-. Con razón esos leggings de cuero, esa blusa transparente, esos tacones tipo rascacielos y ese maquillaje tan pronunciado.

Mientras esperan que inicien las citas, todos están sumergidos en sus smartphones. Todos. Nadie intercambia una mirada, una sonrisa amable. Ella supone que eso se reserva para las conversaciones posteriores. Ahora es el momento de seguir siendo unos extraños.

Suena “You´ve got to hide your love away” de The Beatles y entonces de pronto ella quiere escapar del Café 22, de las citas rápidas. Quiere correr de ahí porque sabe que no encontrará nada.

Pone atención en las mesas. “Amorcito con razón”, dicen unos pequeños carteles en cada una. Pone los ojos en blanco porque le parece una cursilería.

Todos y todas piden bebidas discretas como café, refrescos de dieta, naranjadas, limonadas… Se aventura y pide una cerveza oscura, como le gustan. Ve con malos ojos que los demás quieran guardar las apariencias desde el principio, pero tal vez este juego así funciona.

Estamos listos. Larissa, una mujer encantadora, nos da las instrucciones y tintinea una campanita, esa que escucharemos cuando el tiempo de nuestra cita de cinco minutos haya terminado.

Las mujeres nunca nos movemos de nuestras mesas. Son ellos los que tienen que ir cambiando de mesa, de mujer, de historia.

Ahora sí, empieza la cosa.

Al principio ella titubea. Debe decir que aunque ningún hombre la atrapó, reconoce que todos fueron increíblemente respetuosos, con plática fluida, amables, sonrientes. Nunca, nunca se sintió amenazada.

Uno de ellos le cuenta sobre su experiencia en paracaídas y que llegó al speed dating después de leer que en Taiwán, debido al descenso en la tasa de natalidad, el gobierno implementó las citas rápidas para favorecer el contacto entre hombres y mujeres.

(A ella le interesó ese dato. Días después buscó en internet sobre el tema y no encontró nada sobre Taiwán, pero sí sobre Japón, donde el gobierno fomentó el speed dating con el objetivo de buscar una solución a la baja natalidad desde 2006).

Otro hombre le cuenta lo metido que está en el trabajo, tanto, que nunca le da tiempo para conocer gente. De pronto la mira fijamente y le pregunta: ¿Trabajas mucho, verdad? Ella ríe y le dice la verdad: No más que un doctor, para nada.

“Los que trabajamos mucho somos los que venimos a estas cosas. No nos da tiempo de nada. Una vez, por ejemplo, llegué a la oficina a las 7:00 am y me fui a la misma hora ¡pero del otro día! Se me fue el tiempo haciendo mi chamba. Pero ya decidí pararle”, le advierte coqueto.

Otro está en una situación parecida. Para salirse de la cotidianeidad optó por hacer cosas completamente diferentes a su carrera de Ingeniero en Sistemas: aprender a bailar salsa, por ejemplo.

Llega el momento del descanso. Diez minutos para fumarse un cigarrillo. Perfectos. Alguien la mira. Es un hombre, su próxima cita, un Ingeniero Industrial de 34 años. Él se acerca y le enciende el tabaco y comienzan a platicar.

Le cuenta lo mucho que se esfuerza para correr la maratón en Querétaro en octubre, lo mucho que le gusta su trabajo.

Ella le dice que es periodista y él de inmediato se interesa. Le pregunta todo sobre su trabajo, la línea editorial de su medio, qué opina de El Universal, Reforma y Proceso. Escucha con mucha atención.

Suena la campana y acaban sus cinco minutos (que en realidad fueron 15 porque acuérdense que se fumaron un cigarro antes).

Llega un “joven de negocios”, uno de los pocos, porque el Café 22 está infestado de ingenieros que, al parecer, trabajan mucho y se olvidan de su vida amorosa.

De él no sabe nada más. En esos cinco minutos ella se la pasa hablando –otra vez- del trabajo de un periodista, de lo difícil que es ser neutral, publicar cosas confiables, elegir buenos temas, etcétera.

De pronto ella se da cuenta que The Beatles se perdió entre todo el bullicio. Comprende que todos hablan demasiado alto para hacerse escuchar. Ese bullicio es insoportable. Las voces, los cubiertos, los vasos chocando diciendo ¡salud!

Cada que termina una cita la campanita suena. Adiós, mucho gusto. Se dan la mano. O no. Siempre sonríe y ellos a ella. Aunque sabe que no quiere nada con ellos, les da todo su respeto y todas sus sonrisas.

Llega un hombre, el más joven –de 24 años, el único de esa edad porque todos tenían entre 30 y 38 años-. Llega con los ojos puestos en otra mesa, sí, donde estaba la rubia despampanante.

“¿Viste a esa chica? Está guapísima, qué cuerpazo se carga, es de TV Azteca, qué bruto”, le dice, y ella (la que escribe, no la rubia) se siente totalmente libre porque sabe de inmediato que él no está interesado. Platican “de mana a mana”, casi.

Al final de las citas, llega el único hombre fuera del estereotipo de ingeniero bienvestido y bienpeinado: un tipo de cabello largo, barba cana, lentes de pasta, desaliñado y mirada de loco. Un músico. Claro, no podía ser de otra manera.

Él es el único observador, el único que nota que ella no pidió una bebida discreta, sino una cerveza oscura (a estas alturas ya lleva cuatro).

“Eres independiente”, le dice. “No haces ni sigues lo que hacen los demás”.

Además, es el único que cuando se entera que ella es periodista intuye que escribirá algo sobre esta experiencia. Es el único que supo que ella no estaba ahí para ver si existía una posibilidad de encontrar el amor, sino para encontrar una historia.

Ella titubea y miente, aunque después dice que “quién sabe, los periodistas y escritores escriben de todo”. Bah, qué argumento tan mierda. Ni modo.

Termina “el suplicio”. Todos entregan sus resultados y esperan lo mejor. Ahí hay gente que de verdad quiere conseguir una relación seria. Hay otros que fueron por curiosidad, porque saben que no pierden nada.

Sin embargo, ella confirma que parte de sus prejuicios son ciertos. La gente que acude al speed dating tiene un problema con su vida social. Sean las razones que sean. ¿En verdad ya no encuentran tiempo para ello?, ¿tanto el trabajo los absorbe?

Las citas rápidas se desenvuelven en un ambiente perfectamente controlado. Ahí, en esos cinco minutos, no existe el rechazo. Tienes que escuchar y la otra persona tiene que escucharte. Ahí no existe la posibilidad de respuestas como “no me interesas”, “no quiero bailar, gracias”, “no tomo” o el acto más cruel de ignorar.

Ella marca tres cuadros. Quiere ver qué sucede después.

El mail con los resultados

Un correo electrónico llega dos días después a su bandeja de entrada. Son los resultados de quién la quiere contactar para una segunda cita.

De los tres hombres que ella supuestamente quiere conocer más, dos la eligieron. Ahí están sus datos: nombre completo, correo electrónico y celular.

Y la contactan. El músico le escribe que pasa a saludarla y espera que puedan ir “por unas chelitas”. El ingeniero industrial le escribe que quiere verla el 14 de septiembre.

Ella no responde.

 

 

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