Cinco lecciones sobre profesionalización policial (Parte 1)

blogeditor · 30 de septiembre de 2022

“El objeto del combate es la destrucción o la derrota del enemigo… pero ¿a qué nos referimos con derrota del enemigo? Sencillamente a la destrucción de sus fuerzas ya sea matándolo, hiriéndolo, o por cualquier otro medio que impida que siga peleando… La destrucción total o parcial del enemigo es el único objeto de todos los combates”.

Carl Von Clauzewits, Sobre la Guerra

 

El problema fundamental que enfrenta México es la inseguridad y la ausencia generalizada de acceso a la justicia para las víctimas y para los imputados de un delito. Según los datos que conocemos muy pocos reciben justicia.

La razón fundamental por la que esto sucede (no la única, pero si la más elemental) es que muchos de nuestros gobernantes, empresarios, intelectuales, activistas, diplomáticos y en general personas con influencia en el rumbo del país, siguen pensando que vivimos una “guerra” contra el crimen y, por tanto –como Clauzewits– siguen pensando que el propósito de las instituciones de seguridad pública es “la destrucción total o parcial del enemigo”.

Bajo esta premisa crearon un cuerpo militar –la Guardia Nacional– muy numeroso, para poderlo desplegar en todo el país, con uniformes de batalla, armamento de calibres cada vez más altos, equipo táctico, patrullas de batalla, helicópteros, equipo de inteligencia militar, todo complementado con una estrategia de enfrentamiento y disuasión por medio del uso total de la fuerza.

Bajo esta premisa generar miedo sobre la capacidad de fuerza y de fuego de los criminales es muy útil. Asumir que ni los criminales, ni las organizaciones a las que pertenecen muchos de ellos, ni son tan fuertes, ni tienen la capacidad táctica, de fuego o financiera que se les atribuye, puede ser muy peligroso porque impediría que aumentaran los presupuestos de las fuerzas armadas y la relevancia política de sus mandos y en general del ejército.

La “guerra” contra el crimen no se va a ganar porque NO es una “guerra” y no se trata de aniquilar al enemigo. Es un problema de seguridad pública y de justicia penal que transita por avenidas muy diferentes a las propuestos por Clauzewits para ganar la “guerra”.

Paradójicamente, muchos de nuestros líderes (insisto, políticos, empresariales, intelectuales, diplomáticos y sociales) consideran que esa “guerra” no se va a ganar y que se necesita “negociar” con el crimen, acordando hacer concesiones a sus intereses criminales a cambio de paz (cualquier cosa a que eso se refiera).

Las élites y algunos “expertos” creen que el triunfo de esta estrategia los beneficiará, lo cual además de falso perjudicará a la mayoría de los ciudadanos que requieren justicia para que haya seguridad.

Como ya he argumentado en este espacio y Alejandro Hope en algunos otros (aquí y aquí) el argumento de la “guerra” no se sostiene. El número de criminales y su capacidad táctica y de fuego ni de lejos se compara con la que tiene el Estado Mexicano.

Entonces ¿por qué no ganan la “guerra”? ¿Por qué no aniquilan al enemigo y nos ofrecen paz?

La respuesta más sencilla sería que no hay una “guerra” que pelear y no va a haber un día “D” en que las gloriosas tropas de nuestras fuerzas armadas invadirán los estados y municipios “ocupados” por el enemigo, lo destruirán y marcharán gloriosas por las calles de las ciudades liberadas en medio del aplauso y el agradecimiento de la multitud.

Hay una respuesta más compleja que aborda la criminalidad considerando el número, la dimensión y la fuerza real de los criminales y la forma en que el Sistema de Justicia Penal (policías, fiscales, defensores, jueces y sanciones) puede utilizar las herramientas de la ley para reducir primero y controlar después las actividades criminales, ofrecer justicia y como consecuencia garantizar la seguridad de la población.

Los criminales no son el ejército enemigo, no porque no tengan poder de fuego, sino porque la meta no es aniquilarlos sino investigarlos, acusarlos, procesarlos, probar su culpabilidad y, buscar su regeneración; a veces privados de la libertad y a veces no.

El 100% de los delitos que cometen los criminales están previstos en el Código Penal, es decir, hay una descripción de cada conducta delictiva y hay una pena asignada a cada una de ellas. Ninguna de las penas es la aniquilación del delincuente.

Por decirlo así, la calidad de delincuente te lo da la ley y en ese sentido el 100% de los criminales están dentro de la legalidad, no fuera de la legalidad, por lo que es dentro de la legalidad en la que deben ser procesados.

Una estrategia que aspire a disminuir y controlar el delito tiene que construirse de abajo hacia arriba (de ninguna manera a la inversa) porque la mayoría de los criminales no son homicidas (36, 625 homicidios frente a 28 millones de delitos) sino que cometen robos (en viviendas, en transporte público, en las calles) y por tanto hay estrategias diferenciadas y perfiles policiales distintos.

Como se ve hay una gran cantidad de criminales que cometen delitos de menor gravedad y muy pocos que cometen delitos más graves. Hay delitos que implican poca complejidad en su investigación y posterior persecución y otros (los menos) requieren de detectives muy capacitados y el uso de sistemas muy sofisticados para descubrir si hay delito y quién es el delincuente.

La doctrina policial no es para ganar una “guerra” precisamente porque no hay una “guerra” que pelear (lo que no quiere decir que habrá marginalmente operativos con mayor o menor violencia), sino delincuentes que procesar y sancionar, y el perfil y la formación que debe tener un policía está lejísimos de alguien preparado para aniquilar al enemigo.

Un policía profesional debe estar formado para interactuar con la población, para resolver problemas, para investigar, algunos para recabar y producir información científica y otros (los menos) para reaccionar y usar la fuerza en el número limitado de casos que esto es necesario, cuando la prevención, la inteligencia y la investigación no hayan sido suficientes.

En su libro “Sobre la Estrategia: El Contexto de la Guerra de Vietnam”, Harry G. Summers Jr –un oficial del ejército norteamericano– se pregunta por qué el ejército de Estados Unidos ganó todas sus batallas en Vietnam y, sin embargo, perdió la guerra; después de 240 páginas él mismo se responde: porque Estados Unidos nunca tuvo claro cuál era el objetivo último y definitivo de esa guerra.

En la medida que la misión de la policía no es ganar la “guerra”, un policía profesional debe tener claro que su papel es darle mantenimiento cotidiano a la ley y contribuir a la justicia que al final produce seguridad.

@bernardomariale