blogeditor · 15 de julio de 2020
Existen múltiples episodios en la historia global de los últimos 40 años que han puesto en entredicho la estabilidad y resiliencia de los sistemas económicos, sociales, políticos y tecnocientíficos del mundo basados en nociones de progreso, crecimiento, bienestar y el libre mercado, pero ninguno de estos había puesto al mundo en tal evidente estado de vulnerabilidad como la pandemia producida por el coronavirus. Quizá una de las primeras y más evidentes lecciones sobre esta crisis es que ninguno de estos sistemas se salva: cae uno, caen todos. Este enmarañado hace imposible entender a la ciencia y a la tecnología modernas independientemente de los sistemas en los que se encuentran inmersas.
La noche del jueves 23 de abril las redes sociales en México se vieron inusualmente activas con uno de los trending topics del momento: ciencia neoliberal. La Dra. María Elena Álvarez-Buylla Roces, directora del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, en su participación en la conferencia vespertina encabezada por el Dr. López-Gatell, utilizó este concepto como referencia al paradigma que dominó la política científica en México hasta antes de la cuarta transformación y que dejó a México en un estado de desprotección en materia de soberanía científica y tecnológica en la atención de los problemas prioritarios nacionales.
Aunque no es la primera ocasión que se utiliza este término en el escenario político de la 4T, sí es la primera vez que causa tal escozor entre los críticos y opositores del nuevo régimen, quienes en general confundieron la objetividad del conocimiento científico con la neutralidad de una comunidad que, como cualquier otra práctica social, no está libre de ideologías y prácticas que influyen su quehacer, sus alcances y sus limitaciones.
Muchas de estas críticas vinieron de miembros de la misma comunidad científica que se niegan a reconocer el hecho de que la ciencia es intrínsecamente política. Sí, hemos sido educados para pensar en la ciencia como aquel estandarte de la razón, de objetividad e imparcialidad, ajena a cualquier capricho y devenir de la sociedad. Sin embargo, es muy necesario distinguir aquí sobre la ciencia como institución y como actividad social, de la ciencia como el conjunto de conocimientos generados a través de los métodos científicos.
Como académico dentro del campo de los estudios sobre ciencia y tecnología, me parece fascinante y pertinente la socialización de este tipo de controversias que ponen en la plaza pública a los procesos de generación de conocimiento científico, pues existen muchos mitos tan arraigados en nuestro imaginario colectivo que colocan a la ciencia en un pedestal tan alto y tan lejos de valores subjetivos, principios éticos o ideologías políticas que no la contaminan.
Estos mitos empiezan por el romanticismo que envuelve el progreso científico: el juego virtuoso, libre e independiente de la curiosidad e intelecto, que cuestiona y explora lo desconocido. En cierta medida, esta idea ha sido alimentada por descubrimientos asombrosos, maravillosos y sublimes en los campos más fundamentales del conocimiento y que han llevado a las más impresionantes aplicaciones tecnológicas que el ser humano nunca hubiera imaginado. Este sentido amplio de maravilla por el universo está alimentado, casi exclusivamente, si bien no por la ciencia básica que hay detrás, por la tecnología que se ha desarrollado con base en esa ciencia.
Es decir, el progreso científico no se debe a la estereotípica idea del científico dejado a sus anchas en su laboratorio con las mínimas perturbaciones del mundo exterior para que haga aquello que sabe hacer mejor: su ciencia. La historia tecnológica del siglo 20 nos lo ha dejado muy claro: computadoras, el internet, satélites, energía nuclear, la aviación, desarrollo de software, vacunas, un sinnúmero de aplicaciones derivadas de la ciencia básica. El conocimiento científico avanza más aceleradamente cuando tiene un valor para la sociedad, cuando está dirigido a resolver problemáticas particulares, y no a la simple curiosidad intelectual.
Dicho conocimiento es generado por métodos que consisten en generar y comprobar hipótesis que después son compartidas y observadas en el mundo real. Este empirismo no es lo que está en tela de juicio cuando se señala una faceta neoliberal de la ciencia. Alrededor de este quehacer existe una esfera eminentemente política y que en México es responsabilidad casi exclusiva del gobierno1: el dinero. Las decisiones sobre la asignación de recursos son tomadas por políticos con poca o nula preparación científica que eligen las agendas de prioridad nacional.
La historia mundial nos ha demostrado que la sociedad decide qué tipo de conocimiento se permite a los científicos obtener y difundir; en un sistema democrático la sociedad forma la política, la política controla la ciencia y la ciencia informa tanto a la sociedad como a la política. En este sentido, un régimen neoliberal conlleva una ciencia neoliberal que se refleja a través de apoyos, financiamientos y valores típicos del régimen al que se sirve.
Es así que el avance de agendas de ciencia y tecnología sobre las causas estructurales de la pobreza extrema, la relación entre enfermedades cardiovasculares y respiratorias y la degradación del ambiente, la prevalencia de enfermedades como la diabetes y la obesidad, y la vulnerabilidad a nuevos virus como el SARS-CoV2, por mencionar algunos ejemplos, compite en la misma arena con el avance de otras agendas que en ocasiones van en contra de lo que dice y propone esa misma ciencia. Decidir qué hacer con el conocimiento científico existente y qué ciencia tiene más valor que otra no es una decisión científica, es una decisión política.
Es innegable que la difusión mundial del pensamiento y la práctica neoliberales en los últimos decenios ha provocado cambios fundamentales en la economía política de la ciencia. En particular en México, el enfoque del Estado ha pasado del bienestar público a la creación de mercados, la influencia de las empresas se ha extendido y la ciencia se ha reorientado hacia la creación de valor comercial en detrimento de las prioridades nacionales.
El reconocimiento ineludible de la naturaleza política de la ciencia en ningún sentido compromete la integridad científica. Aquí la comunidad científica mexicana tiene esta gran obligación por entender que su labor es fundamental para legitimar –o no–intereses, normas, valores y supuestos que privilegian a ciertos actores más que a otros. Mientras se niegue la existencia de una ciencia neoliberal, se está perdiendo la oportunidad histórica de definir el rumbo y el futuro de una ciencia post-neoliberal endémica a la realidad actual del México de hoy.
1 Prácticamente el 80% del gasto en investigación y desarrollo del país proviene del gobierno. El papel de la iniciativa privada en el ecosistema de innovación nacional es creciente pero muy bajo todavía.