blogeditor · 1 de febrero de 2012
Me mudé a vivir a Chicago. Bueno, a un suburbio cercano llamado Evanston. (Luego les cuento los pormenores) A cinco días de haber llegado, estoy más que fascinado. Ya habrá tiempo de descubrir el Lado B (y C y D) y escribir al respecto, pero por ahora quisiera compartirles esos pequeños-grandes detalles que han hecho que mi cotidianidad de acá sea sumamente gozosa. (Chairos anti yankees, absténgase):
Rechinando de limpio
Tras más de 15 paseos a pie sigo sin ver un solo papel tirado en la calle. Hay botes de basura por doquier y enormes banquetas tapizadas de pasto y árboles, y sin rastro alguno de caca de perro. Hay que caminar con cuidado de lo que pisas, pero por el hielo y la nieve, nada más.
Peatón sin panteón
Ya sea por pura cordialidad o por miedo a la ley de tránsito que les obliga a detenerse en cada intersección, los automovilistas acá tienen un respeto extremo hacia el peatón. Cruzar las calles es una delicia. Por primera vez siento que es cierto eso de que los que solemos trasladarnos sobre las suelas tenemos la preferencia. Menos accidentes, menos pleitos, menos dolores de hígado: una maravilla. Eso sí, cabe agregar que todos los peatones cruzamos por las esquinas y, si hay semáforo, cuando tenemos el verde.
El sonido del silencio
Durante los primeros paseos con Martina (mi hija cuadrúpeda) noté algo sumamente extraño en el ambiente. No era sólo el clima frío ni la luz tan tenue, era algo más. Me tomó algo de tiempo descubrir que lo fantasmagórico de los alrededores se debía a que estaba escuchando algo que difícilmente se oye en el Distrito Federal: silencio. Sorprendente, puro, limpio, relajante, inspirador y agradecible silencio.
Cortesía por metro
Viajar en el metro es como dar un paseo. Nadie te vocifera que le compres el artículo de moda, de novedad, para chicos y grandes, ni mucho menos te zarandean los tímpanos con bocinotas que promueven el disco del momento. Mejor aún, bajarte en la estación que deseas… ¡se puede! Sin empujones ni nada. Increíble pero cierto: la gente te deja bajar antes de intentar subir. :’)
H2-Oh sí!
Para los adictos al agua simple no es simple encontrar abrevaderos confiables en la Ciudad de México y es necesario estar comprando botellas re caras. Acá todo el mundo toma directo de la llave y cuando llegas a un restaurante lo primero que te dan es agua. Simple. Sin enjaretarte una botellita a precio de champaña.
Lo siguiente no sé si tenga que ver directo con el agua o con el tipo de retretes, pero resulta que los escusados tienen una potencia notable. Basta escuchar el arrebato succionador, ni es necesario levantar la tapa “a ver si se fue todo”.
¡Mochilas con la seguridad!
Como el caminante y ciclista empedernido que soy, suelo llevar conmigo una backpack que equivale a la cajuela de los automovilistas, misma que en México entorpece enormemente mi tránsito por tiendas y supermercados, pues en la mayoría me prohíben entrar con ella y debo acudir a uno de esos lockers que sólo aceptan monedas de $5 o, peor aún, al área de (des)atención al cliente para que me la guarden. ¡Pero acá no! Mi joroba y yo somos libres de entrar y salir a placer de donde sea sin necesidad de separarnos.
Por otro lado, ya sea por confianza en la gente o en sus discretos sistemas de seguridad, las mansiones de Evanston (los que vivimos en departamentos somos minoría) no tienen ni siquiera rejas, lo cual me permite apreciarlas en toda su magnificencia y a Martina, defecar en sus pomposos jardines frontales —sí, siempre lo recojo, acá o allá, eso no cambia. Es más, no acostumbran ni siquiera usar cortinas, así que los paseos nocturnos incluyen breves pero entretenidas ojeadas a la vida personal de los vecinos.