Simón Levy · 18 de enero de 2012
Quienes vivimos los últimos veinte años, hemos sufrido un fenómeno singular: nuestra memoria se ha acortado y los acontecimientos se amplían. Existe más información y menos análisis; más oferta y menos capacidad de decidir; muchos planes de negocios y pocos emprendimientos verdaderos.
Estamos atestiguando, económica y moralmente hablando, un profundo cambio en la historia de la humanidad, donde las ideas y las emociones arrasan reglas de convivencia sociales, perdiendo, además, la capacidad de análisis y comprensión de lo que nos rodea.
En medio de ello, con la actual crisis económica mundial, se han perdido muchos recursos, pero más aún, esperanzas, proyectos e ideas de infinidad de seres humanos.
Esta “crisis económica”, sin embargo, puede representar una plataforma de despegue irrepetible para hacer evolucionar nuestro modo de vida, a los actores y las reglas sobre cómo hacer negocios, aprovechando la pauta de las tendencias y la psicología del consumidor y ya no de la economía y las estadísticas.
Ello me recuerda, cómo la sonrisa de Cheng Haojuan me revelaba su éxito. Lo conocí en la primavera de 2005, en uno de los pocos días soleados de Pekín, cuando el viento desprendió el telón de la bruma. Caminaba entonces por el distrito financiero de Chaoyang y apareció afuera de un pequeño local del rascacielos Fortune Plaza, luciendo su vestimenta perfecta en medio de la marcha cotidiana de los transeúntes de la avenida Waidajie.
Sonaba la sinfonía espeluznante de los automóviles y la gasolina se impregnaba en mi respiración. Él presumía con porte su camisa de lino finamente planchada, uniformado con pantalones oscuros y zapatos sobrios, pero de buen gusto. Aquel ejecutivo nacido en Pekín 56 años atrás, se apoderó de mi atención porque no era fácil ver a un chino de su edad infundido de modernidad.
Me contó entonces, con la certidumbre filosófica del “milagro chino”, la manera en que su vida cambió drásticamente al reinventarse como agente comercializador de bienes raíces. El trabajo de Cheng Haojuan se desarrollaba en el distrito financiero de la flamante ciudad pekinesa con una pequeña oficina donde, a través de su red local e internacional de contactos, comercializa muchos de los espacios de grandes edificios inmobiliarios recién construidos por los emprendedores chinos.
Sus nuevos paradigmas son, reducir la altísima comisión que cobran las grandes empresas inmobiliarias y las oficinas de venta de inmuebles, ya que él, al moverse más rápido y con ciclos de venta más reducidos, logra que las respuestas sean más eficientes, al tiempo que obtiene más clientes. Prefiere generar confianza entre los miembros de su red de conocidos, que arroparse en una marca internacional de bienes raíces.
Gracias a su red de contactos, el tiempo necesario para rentar una oficina a sus clientes se reduce a la mitad, ya que conoce de antemano sus necesidades y también quién puede satisfacerlas. El tiempo y la velocidad, que eran catalogados como sus antiguos enemigos, se han convertido en sus aliados. Vende espacios de oficinas por internet con contratos temporales que otorga como un valor agregado, pues si el espacio a rentar no satisface a sus clientes, renegocia con ellos los contratos o encuentra los espacios más adecuados a sus expectativas. Juega a ser veloz; mientras su competencia ofrece grandes infraestructuras, él, en cambio, genera confianza y gana más dinero en su pequeña oficina, con una computadora y un teléfono.
El caso de Cheng es un ejemplo claro de cómo la tecnología ha afectado de manera decisiva la forma de hacer negocios en el mundo. El escenario comercial ha dejado de ser físico y ahora, en muchas ocasiones, es virtual, transformando con ello muchas de las reglas ordinarias para hacer negocios, al eliminar lo que antes era indispensable para tener éxito: la infraestructura de negocios bajo el concepto del “tamaño” de una organización, con grandes oficinas, grandes marcas, grandes capitales; lo que es sustituido ahora por el factor tiempo, que implica ser veloz, ser ágil, ser práctico, entregar resultados tangibles y con valor agregado, como el nuevo y esencial aspecto en los negocios actuales.
Cheng nos muestra que, en esta época, la era que denomino microglobal, el financiamiento del capital que producía —en parte— la rentabilidad financiera, ha sido superado por la era del valor agregado en el proceso y por la capitalización de las respectivas redes de contactos como alternativa para ganar dinero.
De tal manera, contemplaremos la tendencia, por un lado, de la gran empresa preocupada por asegurar el control y la gestión para reducir sus costos, al tiempo que, por el otro lado, las pequeñas y medianas empresas o el individuo-empresa se dedican ya al desarrollo de la creatividad y del valor agregado, movilizándose con rapidez para atraer clientes.
El mundo de los negocios necesita crecer; la mayoría de los empresarios se ha enfocado en producir utilidades y pocos en desarrollar ambientes de prosperidad como forma de garantizar la seguridad de nuestro entorno. Nos hemos vuelto reactivos a la indiferencia y, al adoptarla, nos hacemos insensibles a la esperanza de entender lo que sigue y a la manera en que deberemos afrontarlo.
La realidad me ha llevado a entender rápidamente que las reglas de los negocios, tanto locales como internacionales, ya no se basan en la dimensión o tamaño de las empresas, sino en su movimiento y rapidez para generar resultados.
La religiosidad por la disminución de costos y el ánimo para sustituir la flexibilidad de prestaciones aprovechando oportunidades en mercados subdesarrollados, han hecho que las grandes corporaciones dependan en la actualidad de redes de microempresas; las comunidades de negocios conectadas a la cadena de valor de las multinacionales representan ahora la fuente de gran parte de sus utilidades.
Estoy convencido de que las tendencias demográficas se dirigen a revolucionar a quienes hacen negocios en la actualidad: los jubilados serán los nuevos emprendedores para darle sentido a su longevidad; las mujeres se sentirán más valiosas en sus emprendimientos, que luchando por escalar puestos en espacios corporativos; los jóvenes conectados a redes sociales en internet crearán formas increíbles de ganar dinero sin estar arraigados en una oficina.
Este es el nacimiento y gestación de la era microglobal, en la que urge interactuar por sentido de conveniencia y no de voluntad.