Chapaleando en las aguas de siempre

blogeditor · 30 de septiembre de 2013

Chapaleando en las aguas de siempre

En el caso de Ángel Aguirre y su equipo, el mismo pasmo ante la tragedia y cinismo sin medida (las críticas a su comilona en víspera de la tormenta que me tienen sin cuidado…’). De los desastres naturales que han dado origen a fortunas fabulosas como la de Andrés Granier en Tabasco (2007 Centro; 2008 La Chontalpa; 2009 Los Ríos; 2010 Chontalpa y la Sierra, y 2011 Centro y Chontalpa), la clase política no ha derivado lección provechosa alguna. La sociedad directa o indirectamente afectada, parece que tampoco. No se aprende nada ni se implementan políticas efectivas de prevención de desastres. Gilberto 1985 devasta Cancún y Paulina inunda Acapulco en 1997. Continuidad y tropiezos con la misma piedra. La ayuda desviada –se espera que ahora, no tanto- como en el sismo de septiembre 1985 en la Ciudad de México.

 

Ángel Aguirre, hoy
Ángel Aguirre, hoy
Andrés Granier, ayer
Andrés Granier, ayer
Damnificados, siempre
Damnificados, siempre

 

Una constante ha sido, desde que se conoció el tamaño de la tragedia, la gran solidaridad ciudadana. La buena noticia es que en estas circunstancias límite no olvidamos; la mala, que nos negamos consistentemente a aprender de nuestros errores.

México no es el Omphalos de leyenda, ni la oquedad existencial parecida a la mina de diamantes de Mirna, Siberia Central en Rusia: uno de los agujeros o huecos hechos por el hombre, más grandes del mundo.

Ombligo ruso de la Tierra en Mirny
Ombligo ruso de la Tierra en Mirny
Escarbando sin descanso, hasta hallarse en el Vacío
Escarbando sin descanso, hasta hallarse en el Vacío

Es en cierto sentido, el Eterno e inescapable Retorno de Nietzsche, del que se ocupa en varios espléndidos y delirantes cuentos y ensayos Jorge Luis Borges.  La mejor garantía de que los cambios profundos no pueden darse, u ocurrirán por incrementos: casi medibles en eras geológicas.

No exagero. La apabullante circularidad de nuestra historia, incluyendo la más reciente, exacerba nuestro estoico y orgulloso fatalismo. Uno del que tendemos a ufanarnos sin medida.

Volvió el PRI con la intención de retrotraer el reloj y devolvernos, en muchos sentidos y con algunas variaciones del tema originario, a cuando menos los años sesenta: cuando la sociedad gateaba –según los señores sexenales del Poder, el Orden y Progreso- en el Limbo de la infancia ininterrumpida y sin solución de facilitar la irrupción de una ciudadanía adulta, con plenos derechos y obligaciones.

Eso vino después, pero al paso que vamos será más fácil retroceder que seguir avanzando.

Se repiten nuevamente las escenas de desastres naturales exacerbados por la negligencia y el descuido. Ante éstos padecemos una suerte de Destino Manifiesto Nacional introyectado.

Tormentas que avasallan y hunden a la tierra bajo su inmenso caudal, por sus cuatro costados; que se niegan a dejar incólumes las deficientes obras de infraestructura que, como la Autopista del Sol y los desarrollos de Punta Diamante, se hicieron por el capricho de Carlos Salinas, apoyado en el empeño suicida por la cleptocracia pública y privada.

Se repiten, como al principio, las generosas promesas de que nada será igual y todo va a mejorar a la vuelta de la esquina; se han convertido, a fuerza de iteraciones obsesivas, cíclicos actos de fe.

Recuperar terreno perdido a la cósmica gandallez humana que trafica con el dolor y erige toda clase de razones para justificarla, a la voracidad constructora e inmobiliaria, es tarea insoslayable. Como al principio. A la necesidad de contar con un techo para vivir, pero quizás al costo de ser botín electoral, dejado a su suerte cuando la desgracia se ceba en zonas que no son urbanas, se atienen los damnificados al deus ex machina oficial del momento.

[contextly_sidebar id=”6a3ea3725e7f2419aa76b8f23173de91″]Ahora las tormentas y el ostracismo son el castigo adicional a la pobreza y marginación de grupos marginados: los grandes ausentes del Gran Circo, Maroma o Carpa. Reducidos a simple escenografía, como trasfondo del rescate mediático y el bálsamo de las buenas conciencias. Para muestra, dos botones: el despliegue durante un programa matutino de Televisa de productos y recetas Herdez en pleno Zócalo, a un costado del Centro de Acopio instalado para recabar víveres de la población siempre generosa; y el prolongado berrinche de Laura Bozzo al caérsele su teatrito en Coyuca, en contubernio con el virrey de los reality shows disfrazados de informes de gobierno: el heredero a la corona del Golden Boy Peña — Eruviel Ávila, quien proporcionó helicópteros y logística a la estrella de talk show, señalada por sus relaciones con Fujimori y el jefe de inteligencia Vladimiro Montesinos, cuando ella contaba con su popular espacio de TV en tiempos peruanos de los que ella quisiera desembarazarse.

Coyuca de Benítez. Tropezón de la rescatista Laura Bozzo, en su lodazal
Coyuca de Benítez. Tropezón de la rescatista Laura Bozzo, en su lodazal

Probablemente el ombligo sea una metáfora inexacta, y nuestra trayectoria sea la de una espiral hacia la Nada. Hacia un vórtice donde la Regla Universal es la Excepción, y el satori o epifanía inversa obtenida a través de la via negativa secular, la confirmación de nuestra esencia pesimista.

Creemos que hay avances. Son demasiado graduales y a veces, en días particularmente aciagos como los que transcurren, damos más bien vueltas en ruedas de molino. ¿Seguiremos comulgando con ellas, bajo la amenaza del Eterno Retorno?

Quizá tendrían que transcurrir incontables eones o kalpas para que se hagan notar -o dejen sentirse con fuerza- los cambios prometidos y eternamente pospuestos. ¿Sería mucho pedir que lleguen antes, y recuperemos la conciencia perdida?