Animal Político · 7 de agosto de 2026
Aylan Kurdi, un niño sirio de 3 años que apareció ahogado en las costas del mediterráneo en septiembre de 2015 conmocionó a todo el mundo. La familia de cuatro integrantes venía huyendo del azote de la guerra y del asedio del Estado Islámico en su ciudad natal Kobane, al norte de Siria y buscaban asilo en Canadá. Ellos como muchos otros refugiados subieron a barcas improvisadas desde la costa de Bodrum en Turquía con dirección a la isla griega de Kos, el punto de entrada a la Unión Europea. Él junto con otras diez personas no lograron cumplir el european dream.
Las imágenes de su cuerpo inerte en la playa generaron una ola de reacciones ante la pasividad y doble discurso de los gobiernos de los países desarrollados al momento de ayudar a migrantes y refugiados. Además, puso en la agenda mundial la urgencia de atender esa crisis humanitaria.
Casi once años después, el pasado 31 de julio, aproximadamente 70 mil marroquíes cruzaron nadando, o con artefactos que les ayudarán a flotar, a Ceuta, enclave español al norte de África. Las primeras explicaciones mencionaron estrategias de la guerra híbrida entre Marruecos y España, esta vez usando agentes no tradicionales -seres humanos- para desestabilizar tanto al gobierno en Madrid como encender todas las alarmas en la Unión Europea.
Este hecho, planeado o no, tuvo un manejo milimétrico de momentos y tiempos políticos. En primer lugar, se origina ante el realce de Argelia como proveedor indispensable de gas frente a la inestabilidad del mercado global de energía y la necesidad europea de asegurar estos recursos, hecho que desplaza a Marruecos de la ecuación energética. Con este escenario como contexto recientemente España fortaleció lazos en el suministro energético con Argelia, que históricamente ha mantenido una rivalidad geopolítica con Rabat por la preponderancia política y el liderazgo en el Magreb.
En segundo lugar, la relación entre Pedro Sánchez y Donald Trump que se ha caracterizado por fuertes desencuentros políticos sobre gasto militar, posturas en Oriente Medio y acciones en Venezuela, posturas que le han ganado al mandatario español ser señalado como un aliado terrible para Washington. Siguiendo este mismo orden de ideas Marco Rubio culpó a la administración de Madrid de la reciente crisis migratoria: “Este incidente inaceptable es el resultado directo de los esfuerzos deliberados del Gobierno español para facilitar y promover la migración ilegal masiva hacia Europa”
En contraste, el vínculo entre Mohammed VI y Donald Trump alcanzó su mayor punto de entendimiento a finales de 2020 cuando el mandatario estadounidense validó la soberanía de Rabat sobre el Sáhara Occidental. Esta concesión geopolítica facilitó que el reino alauí fuera la nación árabe pionera en adherirse a los Acuerdos de Abraham, normalizando así sus vínculos con Israel. A partir de este hito, los gestos de complicidad política entre ambas administraciones han sido una constante en la escena internacional.
En último lugar, el creciente auge de los movimientos de ultraderecha y fascistas a nivel mundial, que por su propia base ideológica rechaza la migración. Ante esto, JD. Vance, agradeció el hecho de que Donald Trump sea presidente de su nación y la frontera sur estadounidense no se parezca a Ceuta. En paralelo, la mandataria de Italia, Giorgia Meloni, promovió la implementación de protocolos excepcionales orientados a suspender de forma transitoria el libre tránsito por el espacio Schengen con España, por motivos de seguridad nacional. Esta medida fue respaldada rápidamente por los gobiernos de Dinamarca, Finlandia y República Checa.
Para enfrentarse a este escenario, Ursula von der Leyen, Presidenta de la Comisión Europea, envió un comunicado del que destacan tres puntos. Primeramente, exhortó a “reforzar aún más las fronteras en los puntos críticos, tanto mediante una vigilancia atenta como mediante el uso de barreras físicas cuando sea necesario”.
En segundo plano, puntualizó que la Unión Europea rechaza categóricamente cualquier intento de instrumentalizar la crisis migratoria como un mecanismo de coacción política contra cualquiera de sus miembros. En tercer lugar, pidió una respuesta europea en común. De lo cual surge una pregunta ¿Bastaron 70 mil migrantes irregulares para desunir a la Unión Europea? A la par de ello, sería necesario señalar también que una avalancha de esta magnitud de personas no es difícil de ignorar. Entonces ¿Quién y para qué abrieron las puertas que impedían que ese enorme flujo de seres humanos pudiese transitar a la desventura?
Por otro lado, un aspecto que ha pasado de largo en los análisis y que supera el estudio de la geopolítica: lo humano. El balance oficial provisional de España sitúa en 75 el número de personas fallecidas tras el cruce masivo en la frontera de Ceuta, organizaciones no gubernamentales han elevado la cifra estimada a 141 muertos sumando la zona fronteriza y el lado marroquí. El perfil de las personas que cruzaron eran en su mayoría jóvenes varones, muchos de ellos menores.
Existe entonces un mínimo común divisor en las crisis humanitarias del siglo XXI; los menores no acompañados. Alrededor del 25% en las caravanas migrantes que cruzan Centroamérica en busca del american dream, los más de 6,200 menores que ICE ha detenido durante este segundo mandato de Trump, los 2.5 millones de infancias refugiadas que generó la guerra en Siria, y ahora alrededor de 1,000 menores que permanecen varados, en centros de ayuda o en las calles de Ceuta. Todos ellos culpables de un solo crimen: buscar una vida mejor.
Quizá entonces no debería molestarnos el hecho de que los migrantes lleguen a quitar puestos de trabajo o se beneficien de programas sociales sino el costo humano que han venido generando estas crisis humanitarias y que nos ha llevado a la deshumanización de problemáticas tan humanas.