blogeditor · 12 de octubre de 2022
Pareciera que correr es una actividad pensada para personas solitarias, donde el progreso y las frustraciones son individuales. El hecho de compartir el trayecto y guiar a quien necesita apoyo transforma por completo este deporte, donde la confianza es el lazo principal.
Desde junio de 2021, Lucy —atleta con discapacidad visual— y yo hemos compartido cientos de kilómetros corriendo. Aunque no hemos salido de la categoría de “aficionados”, el pasado 2 de octubre logramos el tercer lugar del Medio Maratón de Querétaro, la primera vez que pisamos el podio.

Casi un año antes, cuando nos conocimos por Garra Azteca —un grupo de atletas con ceguera y baja visión— hicimos una dinámica donde los guías debíamos vendarnos los ojos y confiar en que alguien nos llevara trotando con ayuda de un pequeño lazo de 30 centímetros que en el mundo del paratletismo se conoce como téter.
El simple ejercicio se volvió revelador porque entiendes que más que un ritmo y una técnica (que sí son necesarios) requieres de la confianza de quien va a tu lado para correr como una sola persona.
Entrenar y competir consciente de esto se vuelve retador porque utilizas fuerzas que no sabías que tenías, te lesionas y fortaleces partes del cuerpo que no tenías ni idea de cómo se llamaban y ya no solo debes combatir tus miedos, ahora debes controlar los de tu compañera y evitar que se apoderen de ambos.
Si alguna vez vieron la película de Amélie, recordarán la escena donde la joven que se propone ser una guardiana de la felicidad ayuda a un anciano ciego a llegar al metro, no sin antes describirle la simpleza del día a día: el chisme de una viuda, las fachadas de los negocios, la oferta de la pastelería, el olor de las frutas y el helado, el precio de la carne y la ilusión de un perro que imagina en su boca el pollo frito.
Más o menos así es la satisfacción de entrenar y competir siendo guía, una experiencia que no se compara con ningún otro logro. Y no hablo del peligroso síndrome del “salvador” que ofrece sus recursos para rescatar a alguien, sino de crear comunidad y entender que cuando un pequeño grupo trabaja en la inclusión logra resultados maravillosos.

La oscuridad ha sido un camino
La vida me ha regalado muchas experiencias que no le pedí. Algunas han sido muy agradables, otras han sido retos que me han forjado, y he tenido otras que he elegido bajo conciencia como el hecho de correr.
Desde que tengo uso de razón recuerdo disfrutar de mi cuerpo, del movimiento y de la naturaleza. Y aunque mi estilo de vida no ha sido estrictamente disciplinado en lo que se refiere al deporte, siempre soñé con correr un maratón.
En 2021 tenía la esperanza de que se superaría la pandemia y podría correr 42 kilómetros y 195 metros por primera vez.
Pero mientras más se acercaba la fecha, me daba cuenta que no tenía guía con quién entrenar continuamente. Le compartí mi desesperanza a mi amigo David, corredor de alto rendimiento con baja visión, quien me animó diciéndome que se comprometía a conseguirme mínimo tres guías.
La convocatoria fue un éxito, llegaron cerca de 10 voluntarios y uno de ellos fue Gonzalo; desde un principio sentí conexión con él. Lo percibí como una persona sensible, solidaria, con mucho corazón y no me equivoqué. Durante los entrenamientos coincidimos en correr juntos sin planearlo, posteriormente compartimos que ambos queríamos correr el Maratón de la ciudad de México y el Medio Maratón también.
Nuestro primer objetivo fue concluir y llegar a la meta sin tiempo alguno y lo logramos. Si bien tuve el valioso apoyo también de otros guías, Gonzalo me acompañó en casi toda la ruta de las competencias.
En 2022 mejoramos nuestras marcas tanto en el Maratón de Ciudad de México, como en el Medio Maratón; este último lo hicimos en 2 horas con 9 minutos, quedando en cuarto lugar.

A Querétaro fuimos con mucho entusiasmo, yo solo esperaba llegar a la meta bajando mínimo un minuto. Gonzalo y el equipo me animaban y motivaban diciéndome que ya tenía la preparación para alcanzar el pódium. Recuerdo haber liberado mis emociones con mucha risa y a veces sentía ganas de llorar.
Solo confié que no estaba sola; confié en mi guía. Disfruté el canto de las aves, la porra de la gente, y en la recta final, cuando mi cuerpo manifestó el cansancio, recordé a la gente querida que ya no está en este plano. También pensé en las personas que están librando una adversidad y tomé fuerza.
Llevé a mi cuerpo más allá de mi control en los últimos 400 metros; nunca lo había hecho y la sensación me encantó, aunque al cruzar la meta casi me desmayo. Sentí ganas de llorar y reír al mismo tiempo. Me perdí un poco, sabía que había superado mi tiempo, pero no era consciente de haber llegado al tercer lugar.
Es satisfactorio compartir un logro que hemos construido con constancia, en equipo, entre risas y llanto, con el calor y frío, pero sobre todo con mucho amor.
Siento mucho agradecimiento a mis guías, a mi equipo y a todas las personas que me apoyan y comparten mis sueños y locuras, y mientras mi cuerpo resista, seguiremos acumulando kilómetros.
* Lucía Porfirio Dámaso (@Lupsiluz) es psicóloga y corredora con discapacidad visual. Es integrante del grupo Garra Azteca, que impulsa el deporte adaptado y la inclusión para personas ciegas y con debilidad visual. Gonzalo Ortuño (@periodistagonzo) es periodista, miembro de la redacción de Animal Político y corredor guía.