blogeditor · 17 de mayo de 2015
Mi novio y yo no nos tomamos de la mano en público. Discreción es una palabra que hemos aprendido a usar todos los días: en las llamadas por teléfono, si estamos en el trabajo; en la coherencia lógica que debe seguir nuestra versión de los hechos, cuando platicamos con ciertas personas; en la minuciosa selección que hacemos de las fotos que subimos a Facebook, o a quién aceptamos en Instagram. No podría decir que ya nos acostumbramos, porque no creo que eso llegue a suceder nunca, pero nos hemos convertido en expertos cómplices de lo que se puede y no se puede expresar.
En ocasiones, rompemos el protocolo que hemos establecido. A veces por error, a veces por confianza; a veces simplemente por hartazgo. En ninguna de ellas, hasta la fecha, deja de ser difícil hacerlo. En México, ser homosexual sigue siendo la condena a vivir una vida a medias.
Acciones que para una pareja heterosexual podrían pasar inadvertidas, para nosotros requieren un esfuerzo adicional. Tareas tan simples como rentar un departamento; asistir a un evento social juntos; colocar una foto en la oficina; decidir a dónde ir de vacaciones. Día a día nos topamos con la necesidad de sortear prejuicios, estigmas, dogmas y sí, también en ocasiones, de ignorar insultos o prevenir actos violentos.
[contextly_sidebar id=”bWOnwlrEmukha66EsQERyNsmoXG1W23e”]Es cierto, las cosas han cambiado mucho, y para bien. Cada vez son menos las miradas de desaprobación o las condenas a la exclusión social, y cada vez son más los espacios que celebran las diferencias y entienden la pluralidad. Se trata de pequeños logros que, poco a poco, se han materializado gracias a décadas de perseverancia.
Hasta 1973, ser gay significaba estar clínicamente diagnosticado como un enfermo. En los ochentas, era asociado con portar VIH (de hecho algunos hospitales aún prohíben a homosexuales donar sangre bajo este prejuicio). Y todavía en el año 2000 no existía país en el mundo donde una pareja del mismo sexo se pudiera casar.
Insisto, las cosas han mejorado. Hoy, el matrimonio igualitario se reconoce en 18 países de manera nacional, en 2 de forma parcial –incluido México- y muchos otros avanzan a paso acelerado en esa misma dirección.
Cada vez más, hay figuras públicas fuera del clóset. Y cada vez más también, hay empresas y personas que más allá de su propia orientación sexual, se pronuncian a favor de la igualdad de derechos. Starbucks, Apple, Microsoft; Barack Obama, Hillary Clinton; el Papa Francisco. En el 2015, y en el mundo occidental, la homofobia ha dejado de ser redituable.
Pero es cierto también que falta un largo camino por recorrer, particularmente en México. Uno que pasa por alcanzar la igualdad de derechos ante la ley. A ser sincero, es la parte que menos me preocupa. Hoy sólo 3 entidades de nuestro país que consideran el matrimonio igualitario en su legislación, pero en muchas se practica bajo el cobijo de un amparo y advierto que en los próximos diez años, veremos avances significativos. Es cuestión de tiempo.
Lo que más me consterna, pues requiere de un cambio mucho más profundo, es la evolución de nuestra idiosincrasia. En pleno 2015, nuestro lenguaje sigue inundado de insultos que hacen alusión a la preferencia sexual de una persona; nuestro sistema educativo es cien por ciento heteronormativo; y nuestra cultura popular está infestada de odio y de estereotipos. En cada uno de estos rubros, hay mucho que trabajar y hay pasos que tenemos que dar.
A educar distinto, tanto en la casa como en las escuelas, y dejar de creer que los niños no entienden, o que se van a confundir. A poner en marcha políticas públicas de sensibilización, de integración y de información. Incluso, a cambiar el activismo que busca el choque o la visibilidad histriónica, por uno que fomente el debate serio, desde una perspectiva de salud, de derechos y de libre desarrollo de la personalidad.
Porque hace cincuenta años, el movimiento LGBT surgió de la ira y tuvo que ser, por naturaleza, beligerante. Tuvo que alzar banderas arcoíris y manifestarse en carros alegóricos en las calles. Acudió a la hipérbole discursiva, casi caricaturesca. Fue resultado de una comunidad que tuvo que excluirse para hacerse notar, y lograr incluirse. Hoy, ese activismo debe quedar rebasado pues en cierta manera, se trata de lograr lo contrario. De que como en cualquier otro tipo de discriminación, el tema deje de ser tema. Si a aquella generación le tocó armarse de valor para abrir el clóset, a la nuestra le toca tener la madurez para cerrarlo por fuera.
El cambio más importante, reitero, es el de pensamiento, y empieza con normalizar lo que por demasiado tiempo ha sido visto como anormal. Con hacer visibles realidades como la mía: una que está lejos de los estereotipos y de los lugares comunes que muchas veces se asocian con este tema.
Vienen buenas épocas; soy optimista. Pero el cambio no se va a dar por inercia. Necesita del valor de muchas y muchos; de homosexuales y heterosexuales. De personas, a fin de cuentas, convencidas de que una comunidad se enriquece con su pluralidad; de que tolerar no es conceder favores sino respetar derechos. De vencer el miedo por lo diferente o lo desconocido. De seguir trabajando por más vidas plenas…y menos vidas discretas.
* Daniel Berezowsky (@danberezowsky) es Licenciado en Ciencias Políticas, especializado en comunicación política y análisis de discurso. Su experiencia incluye el Poder Legislativo, la Administración Pública Federal, la prensa escrita y el cine.