blogeditor · 24 de octubre de 2013
Por: Miguel Sarre
La política penitenciaria del Gobierno Federal en el sexenio pasado se centró en la construcción de enormes prisiones federales a imagen y semejanza de las cárceles estadounidenses: algunas en medio de la nada.
La entrada en servicio de esos centros implica que miles de internos y de servidores públicos sean trasladados a lugares remotos de difícil acceso, con graves costos:
En vez de que la justicia subordine a la prisión, se instrumentaliza al sistema de justicia penal para proveer de su insumo a la lucrativa industria penitenciaria: personas privadas de la libertad, muchas de ellas hasta el umbral de la vida eterna.
[contextly_sidebar id=”d3b4ffbc710b707fced9df2dc6a7964e”]El gobierno federal tiene la responsabilidad de ponderar si los costos apuntados por la operación de estos morideros de hormigón armado son mayores que los que representaría inventariar estos inmuebles en el camposanto de elefantes blancos.
Una alternativa sería convertir estas moles en depósitos para desechos contaminantes y reemplazarlas por cárceles de dimensiones razonables, cercanas al entorno social y a los jueces de ejecución penal responsables de garantizar la plena ejecución de las resoluciones judiciales; esto es, sin abusos y sin privilegios.
* Miguel Sarre es Profesor numerario del ITAM. [email protected]