Redacción Animal Político · 28 de septiembre de 2025
El 29 de enero de 1971 se inauguraron los primeros planteles del Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM, mejor conocido como CCH. En 1971 se abrieron las puertas al pensamiento crítico y a la inclusión social y se hizo realidad una utopía educativa: un bachillerato que integró a una comunidad estudiantil conformada, en su mayoría, por hijas e hijos de la clase trabajadora capitalina y de la zona metropolitana.
Un colegio con una pedagogía constructivista única y admirada a nivel internacional, la cual se rigió —y se sigue rigiendo— bajo tres pilares: aprender a aprender, aprender a ser y aprender a hacer. Todas las personas que hemos entrado en contacto con CCH —yo, por ejemplo, trabajé ahí por tres años como docente— conocemos a memoria estos tres principios que hoy, ante el asesinato de Jesús Israel, ocurrido el 22 de septiembre del presente año, nos resultan insuficientes.
Antes de aprender a aprender de una tragedia, a ser una persona no violenta y a hacer un entorno antiviolento hay que reconocer y reconocerse. Hay que reconocer que el trágico evento del 22 de septiembre se verificó en un colegio cuya preocupación primordial no es la seguridad de su comunidad. Hay que reconocer que se trata de un bachillerato que evita el diálogo con las y los integrantes de la comunidad —piénsese que suspendieron las clases hasta nuevo aviso—. Hay que reconocer las fallas estructurales, la falta de prevención de violencia y que hay insuficientes espacios para atender la salud mental de la comunidad del CCH: hay que reconocer que los tres pilares constructivistas necesitan de un cuarto: aprender a reconocer(se).
El constructivismo social de los 60, la corriente pedagógica que dio vida al CCH, valoró al estudiantado como un agente activo que podía transformar y aplicar sus conocimiento y no sólo recibirlos. El alumnado es el centro de recepción del conocimiento y, al mismo tiempo, el difusor del mismo. Todavía hoy en día, en los cursos de inducción que imparten a las y los docentes de nuevo ingreso se matiza que una enseñanza significativa es aquella que permite que los aprendizajes se compartan y que tengan un directo impacto en el entorno social del estudiantado. En ese sentido, la labor docente en los CCH es una misión que se extiende a toda la comunidad, dentro y afuera de la escuela.
Suspender las clases en el Plantel Sur, el lugar donde fue asesinado un estudiante a manos de otro, es una incongruencia de todos los planteamientos pedagógicos previamente mencionados, como lo es también el hecho de que las mesas de diálogo que se propusieron realizar a partir del día 23 de septiembre nada más incluyan a las personas manifestantes. Excluir a la comunidad de su entorno es impedirle tanto al estudiantado como al profesorado entablar mesas de diálogo para reflexionar este doloroso hecho, así como las soluciones que se pueden construir en conjunto. Esto es una prueba de que el modelo pedagógico constructivista se ha quedado ya en el recuerdo. Las y los estudiantes han dejado de aprender a ser agentes activos; en lugar de eso, se han vuelto víctimas de una violencia brutal. Además, con la suspensión de las clases hasta nuevo aviso, el profesorado tampoco puede aprender a aprender ni a aprender a hacer un mejor ambiente educativo.
En la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, lugar donde me desempeño actualmente como docente, escuché en los pasillos a estudiantes y al profesorado inculpar a la vigilancia del CCH Sur y a las familias de lo que pasó. Se habló de ambas como si fueran entes ineptos e ineficientes. La gente se ha lanzado a estigmatizar y responsabilizar únicamente a la clase trabajadora, que es el sector del cual proviene la mayoría de las y los estudiantes del CCH, cuando la raíz del problema radica en la desatención institucional. Jerome Bruner nos enseñó a valorar el entorno del alumnado y a integrarlo, no a estigmatizarlo o a culparlo por la muerte de un alumno.
Como cualquier espacio, los CCH disponen de una jerarquía de poder y de una consecuente repartición de responsabilidades. ¿No será que nos es más fácil inculpar a la clase trabajadora o a las familias y responsabilizarlas por completo cuando ocurre un trágico evento, que reconocer las fallas de las y los directivos? La violencia no surge de manera aislada: es el síntoma de un entramado social en crisis y, ante una crisis, es urgente asumir responsabilidades y tomar medidas.
Por otro lado, basta revisar las redes sociales de la mayoría de los planteles para darse cuenta de que muchas de las actividades propuestas por los directivos son de tipo lúdico y no de prevención. Es evidente, entonces, que la repentina muerte de Jesús Israel aconteció en un entorno que no respondía a la necesidad de hablar de salud mental y de mejorar la atención psicopedagógica. Hoy se necesita incrementar servicios para la salud mental de la comunidad y organizar talleres antiviolentos que sean obligatorios tanto para docentes como para alumnos. El asesinato del 22 de septiembre fue sólo la cúspide: no hay que olvidar el apuñalamiento que ocurrió el 19 de marzo de este mismo año en CCH Naucalpan.
Si bien el CCH y sus tres pilares representaron una utopía que se volvió realidad, hoy nos muestran a una institución educativa fosilizada en un pasado heroico, anclada todavía en el siglo XX y que no sabe reconocerse en el XXI. El triángulo pedagógico ceceachero necesita volverse un cuadrado para que regrese a ser un lugar seguro y una fábrica de enseñanzas y aprendizajes.
* Leonetta Bertoldi es lingüista. Licenciada y maestra en Lingüística y Letras Extranjeras. Profesora de italiano en la UNAM, FES Acatlán, y en el Instituto Italiano de Cultura. Anteriormente, profesora en el CCH Naucalpan. Sociolingüista de pasión: considera que no hay lengua que no merezca reconocimiento. Profesora horizontal: cree que no hay docente que no aprenda de su alumnado. Contacto: [email protected].