Cazadores de la nueva normalidad

blogeditor · 4 de mayo de 2020

Cazadores de la nueva normalidad

Estoy aturdido. Hay tanto ruido que no logro entender la mitad de las cosas que quisiera entender; cuando no me revuelca una ola de noticias de este presente roto, me pega en la panza el cúmulo de predicciones y análisis sobre el futuro, las apuestas sobre “la nueva normalidad”. Me arrastro hacia afuera, pero los lugares donde encontraba un refugio para distraerme son hoy como una de esas fiestas con la música altísima donde todos gritan para hablar y yo simplemente no puedo escuchar. Queda mirar hacia adentro, ¿no? ¿Pero de dónde saco el coraje para entrar en esa oscuridad en un contexto así?

Tal vez no hubo una conciencia tan generalizada sobre nuestra fragilidad, vulnerabilidad y finitud en los últimos 100 años. La pandemia con su máscara de muerte y la cuarentena como carcelero nos llevan ahí todo el tiempo. Por todos lados repiten que es un momento para ir hacia nuestro interior y cuestionar cómo nos relacionábamos antes, sólo que es difícil. La conmoción nos hace perder el punto de referencia y, con ello, las reglas se trastocaron. No tenemos suficiente información para poder evaluar de manera medianamente razonable lo que pasa en tantos niveles, es como si hubiéramos caído en una red de incertidumbre para la que nada ni nadie nos preparó.

¿Qué grado de control tenemos ahora? Esa ilusión de manejar nuestra vida que teníamos antes nos daba tranquilidad: a mayor cantidad de privilegios (económicos, sociales, de salud), mayor sensación de control, ¿no? Las reglas nos daban cierto confort. ¿Y ahora? Es como si en una partida de ajedrez a medio jugar, las piezas dejaran de moverse como lo hacían antes y hacer jaque mate no fuera el objetivo del juego. Sólo que no sé si soy el que juega, el que observa o las piezas del tablero. Me descubro en un lugar en el que tengo miedo, asombro y, paradójicamente, esperanza.

Miedo a todo lo que podemos matar, a los sacrificios que hagamos con tal de recuperar la libertad. Cuando el discurso de la seguridad se fortalece, la libertad normalmente se debilita. Con una nostalgia infantil, recuerdo “La historia sin fin”, esa película de los 80’s donde había una nada horrible y gris que se come al mundo ficcional que existe dentro del libro sobre el que se desarrolla la trama (“Fantasía”), hasta que literalmente no queda nada. Esto pasaba, básicamente, porque la gente del mundo real había dejado de creer en sus sueños. La gente había dejado de imaginar y por eso todo se iba al carajo.

Somos animales de historias, no sólo porque las creamos sino porque ellas nos crean a nosotras también. Estamos cruzadas por narrativas en forma de creencias, sueños, principios y deseos que funcionan de forma multidireccional. Veo el riesgo de que nuestra experiencia social se maniate tanto que nos quede un mundo menos empático, sin gratificación estética y sin teatro. ¿A cuánto de esto renunciaríamos hoy si nos dijeran que podemos salir sin miedo a morir?

No vislumbro un futuro donde el deseo sea menos fuerte y la interacción se intercambie por la virtualidad ante el peligro del encuentro con un otro, para evitar el riesgo. Arundhati Roy se pregunta en este contexto: ¿quién se imagina besando a un desconocido? Entiendo. A veces imagino que aparece una buena noticia, otras pido que no llegue una en la que el virus muta y se hace más letal o que se suma otra catástrofe y “caput”. No queda mucho espacio mental para imaginar orgías ni bacanales. Si hasta la ciudad de la furia perdió su fuego, ¿qué puedo esperar del futuro? Luego me llega el mail de una aseguradora con un texto amable y una oferta, porque hoy más que nunca “están para cuidarnos”. Apesta a capitalismo y muerte.

Negocio conmigo mismo en un margen estrecho de mucha ansiedad. No puedo vivir sin café, entonces una dosis menor. Media taza está bien. ¿Hoy estoy para una taza entera? ¿Vale la pena una taquicardia? No quiero un ataque de ansiedad. Debería meditar. No logro concentrarme. Un poco de Twitter, puteadas por aquí, superioridad moral por allá. Cierro. Esas galletas se ven bien. Para de comer. ¿Salgo a caminar un poco? No quiero contagiarme. Necesito aire. ¿Intento leer otra vez? Voy a masturbarme. Vuelvo. Respiro.

También estoy asombrado. Admiro (y un poco envidio, también) la intensidad continua y el aumento de productividad de algunas personas que no se han paralizado. Siento la “furia creativa” de los tiktokers, los gritos para recordar cómo debo sonreír, me atraganto con la cantidad de vivos en Instagram que muestran que no pasa nada. Me pregunto como Mariana Enríquez qué es lo que quieren tapar, sobre la incapacidad de frenar y la urgencia de crear desde un narcisismo hiper individualista, pero luego me digo que acá cada quién se salva como puede, que admiro su resiliencia, que quién soy yo para juzgar. Freno. Pienso. ¿Qué espacio queda para lo colectivo cuando estamos segregados en casa formateados por nuestra individualidad?

Recuerdo la “normalidad” de la que venimos, la indolencia que promovía. La normalidad discriminaba experiencias y rechazaba a les anormales. Ahí donde la heteronorma era rey, la diversidad era esclava. Antes los barrios privados y las piletas/albercas facilitaban esa segregación, pero ahora ni eso ni los viajes de lujo son suficientes para invisibilizar la desigualdad. Acá nadie viaja, nadie está a salvo y la realidad nos mira a los ojos. ¿Qué de todo esto va a seguir cuando encontremos la “nueva normalidad? Si la normalidad era un privilegio, si era cierta clase, cierto género y cierta raza, entonces la nueva normalidad podría ser diferente. ¿Esperanza boba?

Pienso que lo que pienso no tiene sentido, pero lo pienso de todos modos. Para salir de ésta deberíamos imaginar por fuera de esta caja negra que es el encierro, usar el privilegio de pensar refugiados de la tempestad y voltear hacia donde no hay ruido. Sin silencios no hay música. Más allá del optimismo superficial y del mandato cuasi-religioso del momento para la introspección; pero más allá también de nosotros como individuos. Seguro que cuando esto acabe muchas personas reordenarán prioridades, cambiarán el rumbo de sus vidas o se encontrarán a sí mismas. ¿Qué pasaría si cada logro individual tuviera a su vez un beneficio colectivo? Si al realizarnos individualmente nos preguntáramos cómo podemos generar un bien para otras personas al hacerlo.

Nos enseñaron que lo individual y lo colectivo son dos esferas separadas, que corren en paralelo y no se pueden habitar en simultáneo, que no están interconectadas. Si ponemos el pie en una lo sacamos de la otra, si abanderamos la autonomía individual renunciamos a la colectiva. Pero si miramos más profundo, otra mirada es posible: una en la que lo individual y lo colectivo conviven y se retroalimentan en un mismo plano, una más acorde a la realidad que nos sitúa como seres relacionales, vinculados en distintos niveles con distintas personas, compromisos y convicciones, y que sale de la lógica individualista que sistemáticamente recorta esa experiencia y le da un valor marginal.

Si algo nos da poder como animales narrativos, es la posibilidad de imaginar cosas que aún no han llegado para luego emprender el viaje de crearlas. He leído a muchas personas que se preguntan cómo va a ser todo cuando llegue la nueva normalidad, como si tuviéramos que resignarnos a cumplir el rol de espectadores. Imaginar nos da la posibilidad de pensar qué podemos hacer para ser protagonistas en eso que aún no llega, pero que puede (y debe) ser construido entre todas. La imaginación no sólo es una puerta para escapar, soñar y desconectarnos; también es un motor para la acción y, sea cual sea el lugar al que vamos, vamos a necesitar más actores que público.

@VladimirChorny1