blogeditor · 26 de agosto de 2020
La Revolución Industrial, que inició en el Siglo XVIII con la máquina de vapor y la construcción de ferrocarriles, hoy es referida como la Primera Revolución Industrial; a finales del Siglo XIX y principios del XX, con el advenimiento de la electricidad y la instauración de las líneas de ensamblaje, tomó un nuevo impulso ahora conocido como la Segunda Revolución Industrial, misma que a partir de la década de los años sesenta del siglo pasado, y promovida por el desarrollo de semiconductores, grandes computadoras, computadoras personales y el Internet, se transformó en la pujante Tercera Revolución Industrial.
Ahora, en el primer cuarto del Siglo XXI, somos testigos de un nuevo escalón: la Cuarta Revolución Industrial, en la cual las nuevas mega-tendencias se extienden a diferentes ámbitos. En lo físico observamos automóviles autónomos, impresiones en tercera dimensión, robótica avanzada y nuevos materiales; en el espacio digital tenemos el internet de las cosas (IOT), cadenas de bloques de datos (blockchain), monedas virtuales (bitcoins) y la Inteligencia Artificial (AI), y en el plano de la Biología tenemos la biología sintética, la creación de plantas y animales modificados genéticamente y las bioimpresiones, entre otras cosas.
Así pues, nos acercamos a pasos agigantados hacia aquel mundo feliz que alguna vez imaginamos como ciencia ficción, pero que hoy es una realidad alcanzable a través de un desarrollo tecnológico y científico desbocado y deshumanizante. Ahora más que nunca debemos ser cautos para no caer en la complacencia ingenua que impera en el transhumanismo y, con ayuda de la Bioética, reaccionar a tiempo y plantear la manera en la que enfrentaremos este futuro que nos abre un abanico de peligrosas oportunidades, como la manipulación de ADN en seres humanos, que, en un principio, en nombre de la salud, tiende a modificar la información genética que causa malformaciones, enfermedades u otras consecuencias originalmente programadas en nuestras células, pero que puede llegar a crear, más temprano que tarde, súper humanos.
Este desarrollo genético biológico, como todas las nuevas tecnologías, es y seguirá siendo muy costoso durante algún tiempo, y sólo será accesible para los sectores que se encuentren en lo más alto de la pirámide económica y social, lo que probablemente genere una clase superior mejorada y con ventaja en sus capacidades físicas y cognitivas que domine al resto de los humanos, como nos ha sugerido Yuval Noah Harari.
Así es como el (tergiversado) superhombre que no pudo concretar el humanismo evolucionista a través de la lucha de Adolfo Hitler, ahora sí estaría próximo a lograrse, incluso en este siglo para regocijo de los transhumanistas, gracias al progreso tecnológico de la Cuarta Revolución Industrial, en donde los humanos “tuneados” se perfilarían para ocupar la casta superior, gracias a una superioridad biológica tan grande que los humanos normales de la casta inferior no tendrían ni la más mínima oportunidad para destronarlos, pues dicha oportunidad podría incluso corresponderle de manera exclusiva e irremediable a la AI.
Afortunadamente ese futuro distópico aún nos da algún tiempo para reflexionar con base en principios bioéticos, y todavía se nos presenta como una elección; podremos decidir entre incluir a todos los seres humanos y demás animales que cohabitamos este planeta, no como los algoritmos e impulsos bioeléctricos y bioquímicos a los que el progreso netamente tecnocientífico nos quiere reducir, sino como entidades individuales a las que debemos reconocer dignidad y valor intrínseco.
Sin embargo, para lo que ya no tenemos una oportunidad tan holgada es para revertir el sistema de castas que en la actualidad ya ha sido generado por una voraz economía capitalista, global y neoliberal, en favor de una minúscula casta superior que acumula la mayor parte de la riqueza generada en todo el planeta, gracias a una brecha no sólo económica sino cognitiva, derivada de privilegios políticos, sociales y hasta biológicos (vía diferencias nutricionales), que cada vez se hace más grande y seguirá creciendo en este siglo si no buscamos una alternativa diferente, misma que un cambio hacia un modelo de Desarrollo Sostenible nos puede proporcionar.
* Pedro Roberto Reyes Martínez (@pedroreyesm) estudió Derecho en la UNAM y es Técnico Superior Universitario en Comercialización Inmobiliaria por la Secretaría de Educación Pública. Actualmente estudia una maestría en Responsabilidad Social en la Universidad Anáhuac, campus Querétaro.