blogeditor · 5 de mayo de 2017
Por: Roberto Rueda Monreal
El tiempo y ciertas circunstancias no pasan en balde. Como a todo homosexual de cierta edad que se respete, a Jorge se le vinieron de pronto una serie de preocupaciones y reflexiones a propósito de su devenir. A pesar de los avances que la comunidad de la diversidad sexual del país ya había logrado principalmente en la Ciudad de México y en otros lugares como Coahuila y Quintana Roo, temas como sociedad de convivencia, unión de hecho o matrimonio igualitario habían pasado siempre de largo para él… hasta ahora.
A raíz de la muerte de su madre, muchas situaciones que antes ni siquiera concebía comenzaron a aparecer de golpe. Ella le había heredado una casa. Desde que era un niño esto había sido legal y por todos sus familiares perfectamente bien sabido. No obstante, más allá de la enorme tristeza que esa partida significó, un poderoso deseo de sobrevivencia lo invadió. Pensó en su propia muerte y no quiso que Horacio, su novio, si tal hecho ocurría, fuese de pronto despojado de su actual hogar.
“Yo tengo una relación cordial con mis hermanos, fui el menor de cuatro, pero en una época, cuando contemplé la posibilidad de vender la propiedad, una de mis hermanas saltó de inmediato y me dijo que no, que no debía hacerlo; repliqué que yo no tendría hijos a los cuales heredarles mi casa. Sin más, ella me dijo muy quitada de la pena: “Ah, pues se la dejas a mi nieta”. ¡Qué carajos! Ahí me encendí y supe que las cosas entre familia, por muy cordiales que sean, pueden cambiar para mal tan solo en un segundo, sin titubear, aunque uno no quiera verlo o aceptarlo. Yo le pregunté ¿cuántas veces alguno de tus hijos o tú me han llamado para saber siquiera qué ha sido de mí… cómo estoy? A pesar de ser mi familia, mi sangre, aquello me dejó pensando. ¿Por qué habría de alimentar o propiciar un vínculo así con una hermana que obviamente no se había interesado ni se interesaba por mí?”.
Horacio reflexiona: “Nosotros hemos visto casos de parejas homosexuales que han sido despojadas de sus bienes en el momento en que uno de ellos muere. La familia del fallecido, que en vida lo rechazó por ser quien era, aparece de la nada para llevarse todo y el sobreviviente termina en la calle y a veces excluido del funeral. ¡Eso es criminal! ¡No es justo! Uno como ciudadano abiertamente homosexual tiene derecho a la seguridad social, a compartir la jubilación, al crédito a la vivienda y a todo aquello que contemple la ley. Las parejas heterosexuales usualmente nunca se preocupan por estas cuestiones porque saben muy bien que tienen beneficios y están protegidas de cajón, de manera que ahí nos encontramos ante una desigualdad jurídica. En ese sentido, cuando nosotros peleamos por casarnos, no lo hicimos por tener una relación “real”, esa ya existe desde hace 16 años. El matrimonio no es la finalidad de nuestra relación amorosa… Casarse para nosotros significó demandar y hacer valer nuestros derechos”.
¿Podemos interpretar románticamente la primera boda entre hombres en Tlaxcala como un triunfo del amor, como les gustó decir a muchos?
Algunas personas al felicitarme dijeron “triunfó el amor”, menciona Horacio. Sé que la intención es hermosa y que lo dicen de corazón, pero creo que es un error, pues el amor ha estado triunfando desde el inicio de nuestra vida juntos. Más bien, la que triunfó aquí fue la gran decisión de hacer valer la Constitución. El amor ha estado desde hace 16 años, está y confío en que estará en el futuro. Así que no, no fue un triunfo del amor. Fue el triunfo de la lucha por hacer conciencia de que todos los mexicanos, más allá de nuestra esencia tan mezclada, tan rica y diversa, ante la ley, debemos ser tratados igual.
¿Qué camino recorrieron Jorge Rubio y Horacio López para hacer valer la ley?
En cuanto supimos del fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (sobre la constitucionalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo), expresa Jorge, comenzamos a explorar la posibilidad. Ya después nos encontramos con la entonces diputada Eréndira Jiménez, quien estaba muy activa con respecto a los derechos de las mujeres y de la comunidad LGBTTTI en nuestro estado. Ella nos canalizó a la oficina de Derechos Humanos en Tlaxcala. Fuimos atendidos por la licenciada Jackeline Ordoñez Brasdefer, quien ya había llevado a cabo un juicio de amparo a favor de una pareja de mujeres, las primeras en contraer matrimonio igualitario en Tlaxcala. Ella y la licenciada Yaneli nos acompañaron en todo el proceso, en todo el camino desde el amparo hasta la celebración del matrimonio en las oficinas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos en Tlaxcala. Si bien el primer matrimonio igualitario, por razones de seguridad de las contrayentes, no fue hecho público, nosotros acordamos desde un principio que era importante visibilizar la situación por muchos motivos y aceptamos que se hiciese público. Nos casamos. Algunos medios locales nos entrevistaron pues el evento había causado gran revuelo, y ese fue el tema de la semana. En una entrevista justamente yo señalé que lo que me parecía interesante de la reacción mediática era que una boda entre hombres, la foto de un beso entre hombres, fuese lo que pusiera de cabeza o escandalizara a nuestra sociedad, y que, por el contrario, la reacción no fuese la misma ante noticias sobre la situación de la economía, de la educación, sobre el problema de la trata en nuestro estado, problemas reales con los que casi nadie se indigna. Horacio y yo nos casamos. ¿Fue importante? Creo que sí. Pero lo es, o lo tendría que ser, en el sentido en que todos tenemos derecho a ser libres en nuestro país sin coartar la libertad de terceros. En que, a pesar de ser muy diferentes y muy diversos entre nosotros, somos mexicanos y por el simple hecho de serlo todos debemos estar protegidos sin excepción por nuestras leyes.
Hay quien insiste en que el matrimonio homosexual es una mala copia del estilo de vida heterosexual, usando el tan manoseado cliché de la “normalización”.
El matrimonio civil no afianzó nuestra relación; no necesitaba hacerlo, sentencia Jorge. Eso lo he charlado mucho con Horacio, una cosa está bien separada de la otra. Claro que hubo un peso simbólico y por supuesto que fue emocionante, pero nuestro amor sigue ahí tal como ha estado desde hace muchos años. Nada cambió en ese sentido. Cada día con él para mí es en verdad una dicha, incluso cuando nos encabronamos. Alguna vez le dije a un amante que quiero mucho: ¿Sabes cuál es mi pedo con Horacio? ¡Que lo amo al cabrón! Y para mí amarlo es resultado de muchas cosas y a la vez algo inexplicable. Lo admiro por su inteligencia, su honestidad, su dulzura, su nobleza. Y en lo sexual, seguimos en el acuerdo de una relación abierta, pues para mí amar es también dejar ser y ser libre. Hace poco en Grindr un anónimo me increpó: “¿Qué no te acabas de casar?” Por supuesto, no me molesté en responderle.
¡Y eso es lo verdaderamente sorprendente! Se supone que la libertad es un gran pilar en nuestro país, pero es curioso ver cómo se nos ha educado para enaltecer la hipocresía. Una noche antes de la boda, confiesa Horacio, platicaba con mis papás y mi padre me increpó diciendo que estaba bien que nos casáramos, pero que no había necesidad de hacerlo público. El temor de ambos era que con la boda todos se enterarían con las consecuentes críticas y despedazamientos respectivos. Sin embargo, yo le expliqué que ese era precisamente el punto. Que no estábamos haciendo nada malo. ¡Al contrario! Si pensaban que casarnos de forma privada era lo mejor, el mensaje que me estaban dando en realidad entonces era que debía esconderme porque Jorge y yo éramos una vergüenza por el simple hecho de ser maricones.
Y no, no es así. Me niego a que siga siendo así. No me interesa la tolerancia y tampoco si nos quieren o no. Así como nosotros respetamos a los demás, a mí me importa que los demás nos respeten. Somos buenos ciudadanos, pagamos impuestos y cumplimos con nuestras obligaciones, pero también tenemos huevos y eso fue lo que enseñamos al casarnos aquí en Tlaxcala.
Como hombres, durante todo el proceso para firmar su matrimonio civil, ¿cuál fue el momento más duro por el que tuvieron que pasar?
No sé si fue el más duro, aclara Horacio, pero mi madre al hacerle saber por primera vez junto a mi padre de mis intenciones de casarme con Jorge, llorando me dijo que yo no sabía lo que ellos estaban sintiendo. Y es que ella sí es creyente, por lo que va regularmente a misa. Me contó, entre hipos, que en alguna el sacerdote los obligó a todos a que firmaran esa famosa petición de la lucha “por la familia”, la misma en donde se exige que no se les permita a los homosexuales ni casarse ni adoptar. “El representante de dios” utilizó su poder social y religioso para obligarla a firmar. Y ella tuvo que hacerlo a sabiendas de que era algo que atentaba contra su propio hijo. ¡No me imagino una violencia de tal magnitud contra alguien como mi madre! Por lo mismo, trato de entender lo que ella sintió, pero te aseguro esto: ningún ser humano cercano a su ideal de amor, comprensión y perfección haría algo así.
Creo que por este tipo de cosas, para la familia típica mexicana es más difícil que uno se visibilice. No obstante, yo quiero expresar que me siento muy orgulloso de que mis papás hayan sido lo suficientemente valientes como para superar sus propios miedos y ponerse de mi lado. A la boda solo asistió mi madre porque ese día mi padre trabajó y, así fuese temblando y apoyándose en su bastón, en medio de un mar de reporteros, se paró muy dignamente y firmó el acta de matrimonio. Me siento orgulloso de mis papás.
Jorge vuelve a recordar que todo esto lo desató, curiosamente, una herencia de su madre, quien logró decirle a su manera que aquella casa era suya y de nadie más. Le correspondía por derecho. Ella quiso protegerlo así y así lo hizo. Y nadie la increpó por haberlo hecho. Ahora la preocupación de su hijo compositor y cantante por dejarle ese hogar cargado de tantos significados a otra persona amada, el académico universitario Horacio, se convirtió sin quererlo en una batalla contra la discriminación en Tlaxcala y, por ende, en el país.
“No me considero un activista. Como dije antes, todos aquellos activistas históricos y actuales que aportaron y aportan algo a la búsqueda por la equidad entre los seres humanos merecen toda mi admiración. De hecho, es gracias a ellos más bien que yo pude hacer lo que hice. Claro que vamos a todas las marchas que podemos, cuando podemos. Claro que escribo música que habla de amor, de sexo, de poliamor, de libertad, de saunas, de que amo a otro hombre, de que puedo amar a otros hombres. Nada ha cambiado para mí. Claro que trato de hacer lo que creo que puedo hacer para ser un ser humano justo y feliz. Y si al casarnos Horacio y yo hicimos algo político, ¡pues qué chingón!
“Yo solo creo que nosotros seguiremos nuestro camino como hasta ahora, sencillamente buscando ser felices a nuestra manera y defendiendo nuestro estilo de vida, por difícil que sea y con todo lo que ello implique”.
* Roberto Rueda Monreal es politólogo, traductor literario, articulista y escritor.