blogeditor · 26 de julio de 2012
No sé nada de sicología, pero no me parecería extraño que la locura tendiera trampas.
Vivo en una especie de desconexión diaria, un elevador forrado de espejos, un todo borroso, un adormilamiento consiente, un engaño detrás de cada luz, una farsa que hormiguea valemadrismo, y así, permanentemente, mi cerebro duerme desolado o incapacitado, y aquello en lo que pienso, o mi percepción de lo que a mi alrededor ocurre, es la bruma del tiempo desahogándose en breves impulsos que no logran levantarme, y así con todo.
Además de eso, te cuento querida, que el otro día Taxi Driver ese filme de Scorsese donde Robert de Niro cae en despeñadero gradual de locura de muros sangrientos, y Jodie Foster en papel de la pequeña prostituta que tú también has sido, y el pimp que se la manosea es Harvey Keitel, el hijo de puta de Brooklyn que después ganó el Óscar con el Piano, y que al final obviamente le rompen la madre como se lo merece, y ojalá algo te pudiera comunicar al recordar ese filme de desfiladero y locura a vuelta de esquina, ojalá pudiera acercarse a ti mi borroso pensamiento desde este patio, este mi abismo de cuatro paredes y goterones escurriendo, donde lamento, entre un cielo de tinacos, que las cosas no te hayan salido cual quisieras o que hayan salido mejor de lo que quieres o tal vez que algún inmóvil designio te tenga detenida sin resultados palpables.
Pero aunque te diga cualquier cosa, no creas que no dejo de imaginarte como siempre, con tu costumbre de meterte a mis cuadernos y escribir en mis cosas mientras duermo, con tu manía de colguijes en las paredes muy a la Diana Arbus.
Además ignoro si te ha ocurrido, querida, pero allí en mi pasado solo hay migajas o resabios, cualquier cosa que signifique esa palabra marchita. Son todos los recuerdos borrosos, las horas que pasabas en la banqueta, y allí te estabas, el trauma que seguramente te abordó desolada y te dejo tatuada estacionada insensible, y darle la espalda al dolor se hizo aliado y aquí estamos, sin encontrar respuestas a la orilla de un desfiladero sin fondo, blindados a prueba de llanto ambos sin poder derramarlo, un atado particular que nos impide salir más allá de donde quieres, más allá del punto concreto o la acción concreta.
¿A dónde vamos? –nos preguntamos al pasar esa puerta.
Y lo hacemos siempre, pero tal vez sin preguntar con suficiente vehemencia, algo encajado no se destraba y sordas respuestas las nuestras nos escupen a la deriva, a cualquier lado perdiendo el tiempo, como tratándose de algo a lo que no le encuentras lado porque no lo tiene.
Entonces calma… –es lo que puedo decirte, y no desistas a ti.
…y no creas que no dejo de imaginarte como siempre en tu manía por la mañana en que me observas, y no me preguntas y no me dices nada aunque lo sabes, y sí, es cierto, tarde o temprano seguramente caeré al abismo sin darme cuenta, para no regresar, y aunque recuerde el tiempo en que nos olfateábamos, seguirá allí el lloriqueo sin sentido de faltarnos rigor, busca excusas hasta que la vida y sus tropiezos terminen por separarnos del todo – decías, con un tajo de verdad rozándote los dientes, ante mi cerebro de nuevo desbocado hacia el bastión de los que se dan por perdidos, vencidos por el engaño de gritar que nada finalmente es para siempre… y al final tu luz, querida, de mirada alguna vez esperanzada, de cualquier edad, cuántos ojos, cuántos, los tuyos querida, que han visto tanto por todas esas calles, cuántos caminos no han andado, cuántas desilusiones no te faltan, ¿querida?
Tal vez mi error fue imaginar que éramos la cuerda que podía salvarme.