blogeditor · 27 de agosto de 2020
De acuerdo con la Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo (ETOE), a junio del 2020 existían 2.8 millones de mexicanos desempleados, cerca de un millón eran mujeres. Una carrera de obstáculos es la analogía perfecta para ejemplificar el papel de las mujeres en el mercado laboral.
Para insertarse al mercado laboral, el primer gran obstáculo que enfrentan las mujeres es el desbalance del trabajo doméstico. De acuerdo con el INEGI, el 76.4% de las labores domésticas y de cuidados en un hogar son realizadas por las mujeres. Esto implica un menor número de horas disponibles para asumir un trabajo remunerado y, por lo tanto, un menor número de opciones laborales. Incluso, por estas condiciones muchas mujeres optan por la informalidad, con todas las desventajas que ello conlleva: 1 de cada 2 mujeres en México se encuentran en el sector informal (ETOE).
Después, las que optan por la formalidad deben procurar un empleo en el que cuenten con un sistema de protección social que les permita conciliar la vida familiar y laboral. De acuerdo con la ETOE, a junio del 2020, cerca del 55% de las mujeres ocupadas de la Población Económicamente Activa (PEA), no tiene acceso a las instituciones de salud, y con ello a las guarderías.
Superando esa barrera, las mujeres se enfrentan a la brecha salarial, es decir, la diferencia en el pago que recibe una mujer y un hombre por una misma actividad. El año pasado México era reconocido como el país con la peor brecha salarial en América Latina, según el Segundo Informe del Observatorio del Trabajo Digno, de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza. El salario promedio para las mujeres trabajadoras, con jornada completa, era de 5,029 pesos, mientras que un hombre recibía 5,825 pesos. Esto significa que en México, las mujeres debían trabajar hasta 35 días más al año para igualar el salario de un hombre.
Este panorama nos muestra que para asegurar la inserción y permanencia de las mujeres en el mercado laboral formal no sólo son necesarias las políticas para incrementar o equilibrar la participación de los hombre en los trabajos del hogar, sino que es necesario un adecuado sistema de protección social. Sin embargo, una vez dentro del mercado laboral es igual de importante que se implementen acciones para reducir la brecha salarial, de tal manera que se garantice que su trabajo sea igual de valioso que si lo realizara un hombre.
Para asegurar lo anterior, desde 1972 Nueva Zelanda aprobó una Ley de igualdad salarial, que defiende el pago igualitario a mujeres y hombres ante un mismo trabajo. Sin embargo, hace unas semanas dieron un paso hacia adelante, al aprobar una enmienda a esta Ley que busca cerrar aún más la brecha salarial. En este sentido, ¿qué puede México aprender de esta buena práctica?
La enmienda prioriza la atención de los sectores históricamente mal pagados y donde la fuerza laboral es predominantemente femenina. Esta enmienda busca asegurar que las mujeres reciban la misma remuneración que los hombres en trabajos equivalentes o que producen el mismo valor, incluso en sectores o industrias distintas. Por ello, las trabajadoras tienen la opción de presentar demandas de equidad salarial ante los tribunales.
A pesar de que en México han existido algunas propuestas para reducir la brecha salarial, lo cierto es que la discriminación por género sigue siendo una realidad en el mercado laboral. Conocer los avances de otros países y generar propuestas como las de Nueva Zelanda nos permitirá, de a poco, ir derribando los obstáculos en esta carrera.