Carmen y yo

Redacción Animal Político · 14 de febrero de 2011

Carmen y yo

A lo mejor es muy pomposo este título, dado que entre Carmen Aristegui y yo pues no hay ni ha habido nada, salvo algunas coincidencias en el tiempo. Sin embargo y a la vez, son muchas las cosas que hemos vivido juntos de alguna manera. Aunque me parece injusto, aberrante y lamentable su despido, considero que Carmen incurrió en el error de difundir delicadas acusaciones sin prueba, de no hacer el un esfuerzo profesional para investigar el sustento de dicha especie, y lo que es peor, de pedir, casi exigir pruebas de descargo al acusado, cuando la carga de la prueba corresponde bajo toda ley y derecho, al acusador.

A la hora de exponer esta mi opinión, y en medio de un ambiente lamentablemente polarizado, no ha faltado quien me diga que lo que sucede es que Carmen me cae mal. Nada de eso. Carmen siempre me ha caído bien. Es más: como muchos de mi generación, como panista en los tiempos del cambio,  y como comunicólogo también, he sentido una sincera admiración por la persona y la trayectoria de mi colega.

La conocí hace más de 20 años cuando yo coordinaba los aspectos de radio y televisión del PAN, y ella incursionaba primero en la televisión estatal que en ese entonces existía como Imevisión, y poco tiempo más tarde en la radio: Radio Educación primero, y luego con la emisora de la familia Vargas ya entonces en el 102.5 de FM; la misma frecuencia que le daría dolores de cabeza dos décadas después.  Pero esos eran otros tiempos. Ahí, junto con el impulso de Pedro Ferriz de Con nacía MVS, que muchos pensábamos podría ser la “tercer cadena” –Han pasado 20 años y todavía no vemos, ni creo que veremos pronto esa tercera cadena, pero ése es otro tema-.

MVS era un proyecto joven, y tenía una cara amable. “Para empezar”, “Para usted”, “Ésta es su casa” eran los nombres amables de un proyecto que yo siempre percibí efectivamente como amable, asociado a las caras jóvenes de Pedro, Carmen y Javier (Solórzano).  Así; sin apellidos formales. Jóvenes, como dicen los abuelos, “sin malicia todavía”.

A la sazón yo producía para el PAN aquellos terriblemente aburridos programas de “Partidos Políticos”, y mes con mes se había logrado acordar la grabación de un programa de debate entre representantes de estas instituciones, que llegó a ser por momentos interesante. Un joven y bisoño Javier Alatorre moderaba en un principio, pero cuando se consolidó en TV Azteca, él o sus jefes seguramente pensaron que conducir tales mesas era incompatible con su carrera.  Y entonces llegó su compañera de Imevisión Carmen Aristegui. Más joven aún que Javier, pero con una capacidad que de inmediato sorprendió a todos.  Ya tenía experiencia de conducción en la entonces televisora del estado, a donde ingresó a trabajar desde que estudiaba ciencias políticas en la UNAM. Carmen era tan elocuente y reflexiva como Miguel Ángel Granados Chapa, pero más joven y más bonita.

Aristegui duró cerca de cinco años conduciendo esos programas de debate entre partidos. Primero sería por interés y como una oportunidad de “fogearse” al aire, pero al paso del tiempo lo hacía seguramente también como un aporte al entendimiento entre intereses e ideologías distintas. Era muy buena: los debates eran ríspidos a veces; pero Carmen siempre condujo con gran mérito y profesionalismo.  A los espacios que compartía en MVS televisión con Pedro y Javier se agregó el programa de análisis “En blanco y negro” con cuyo afortunado nombre pretendían poner las cosas en su dimensión, entender y dar a entender los intereses y conflictos políticos que resultarían finalmente en la transición del año 2000.

Fue una época en la que muchos la admirábamos.  En el Comité Nacional del PAN donde yo laboraba no había más que buenos comentarios hacia ella, e incluso alguna ceja levantada de novias y esposas. Carmen representaba el ideal del comunicador en el México nuevo. No solo joven, sino también inteligente, elocuente, firme y conciliadora, en aquellos años se preocupaba más de entender y comunicar las diferentes posiciones ideológicas, que de vender una propia.

Era tal su capacidad de entender y conciliar al aire, que al darse la transición política en el 2000, Televisa, necesitada de espacios frescos y objetivos de análisis político, y no teniendo a nadie con dicho perfil en su cantera, en una inédita coproducción con Grupo Imagen le puso color (“círculo rojo”) a “en blanco y negro” y colocó a Carmen junto con Javier en su horario estelar, sin haber hecho un solo día de carrera en la televisora de los Azcárraga. Fue también en esos años la colaboradora más joven –y menos aburrida- del sempiterno programa de los “hombres de negro” de canal 11, también conocido como “Primer plano”. Círculo rojo se transmitió por 15 meses, hasta octubre de 2002.

Habiendo seguido junto con Javier a Pedro Ferriz de Con en el nuevo proyecto de lo que es ahora “Grupo Imagen” en 1999, resultó evidente pocos años después el distanciamiento de intereses y también las enormes diferencias de valía y calidad humana entre el hijo del vidente de ovnis, y la comunicadora capitalina.  Al impedírsele el ingreso a la cabina para transmitir su programa de noticias en Imagen, se inició una serie de rompimientos por decir lo menos, aparatosos. Y apenas era 2002.

Al año siguiente Carmen iniciaba su participación en Hoy por Hoy de W radio, espacio donde estuvo por cinco años hasta su siguiente salida aparatosa, en 2008.

Creo que Carmen sufrió en esos años una transformación importante que ha sido causa y a la vez efecto de sus ahora continuos encontronazos con el poder y los dueños de los medios. Si antes el reto era ser objetivo, ser didáctico, ser analítico y empático para lograr el entendimiento de los intereses en el país, con el advenimiento del nuevo régimen político –que mucho debe agradecer a gente como Carmen– surge de la realidad del cambio inconcluso, de la transición que no afecta al status quo, la convicción primero inconsciente y más tarde también asumida, de que no era suficiente la democracia electoral, la apertura y la transparencia para que el cambio llegue a todos los mexicanos, sino la revolución de las conciencias.

A lo largo de estos años quienes la escuchamos diariamente, pudimos observar como Carmen iba operando en su estilo y en sus prioridades profesionales la transformación ideológica a la que me refiero. Y dicho cambio no fue espontáneo. Aristegui tuvo conocimiento o fue objeto de la agresión de poderosos que junto o al margen del gobierno vieron afectados sus intereses por espacios de denuncia libre en donde gracias al nuevo régimen ya no era tabú ningún tema: abusos sexuales del fundador de los Legionarios de Cristo y miles de sacerdotes, cuestionamientos al ejército, el caso de Lydia Cacho, simulaciones y atropellos a la ley de todo tipo, casi invariablemente en contra de los más vulnerables: pobres, niños, indígenas. A cada denuncia, seguía una reacción de los poderosos, manifiesta por las presiones abiertas o encubiertas de los señalados, y –de esto no tengo prueba pero bien me lo puedo imaginar– de muchas otras no fueron conocidas por sus radioescuchas.

Carmen ya no era admirada por todos. Ahora tenía defensores y detractores.  “y ahora con qué va a salir Carmencita”, me saludaban frecuentemente mis compañeros del dominó, ya mayores. Sin meterme en esta disyuntiva entre amor y odio, siempre consideré el espacio de Carmen muy importante. Cambiante sí, pero importantísimo.

Al llegar 2006 y con la radicalización de las protestas encabezadas por López Obrador, muchos medios juzgaron al margen de su obligada objetividad, que no resultaba pertinente dar espacios privilegiados a un movimiento que no reconocía al gobierno, y que explícitamente buscaba minar las instituciones de la sociedad. Y creo que tienen razón.  Carmen juzgó pertinente darle voz a los sin voz, y creo que también tiene razón. Recuerdo que en una entrevista, ella misma calificó de “incómodo” ese reconocimiento que López Obrador hace de ella como la única rescatable, la última puerta que no se había cerrado.

Si el rompimiento de Carmen Aristegui con Ferriz de Con fue sorpresivo para algunos, su salida de W Radio en 2008 ya lo fue menos, aunque ella misma se declaró sorprendida. Denunció entonces presiones de Grupo Televisa y del gobierno mismo, cosa que probablemente es verdad; la radiodifusora aludió “incompatibilidades” en el criterio editorial, lo cual definitivamente era cierto.  Sus cada vez más enjundiosos apoyadores se lamentaron ruidosamente de que se cerraba un espacio importante y reconocido con muchos, y también tenían razón. A veces, este tipo de conflictos están marcados no porque un grupo tenga la razón y otro no la tenga, sino porque todos la tienen.

Regresó Carmen a sus orígenes 20 años después; a la radiodifusora donde vio nacer algunos de sus proyectos más entrañables, al cobijo de la familia Vargas (ya sin el padre y el hermano) que la acoge casi diría yo con calidez después de su última ruptura. Ella trae bajo el brazo un contrato bien pensado y mejor redactado, que incluye según se dice una serie de cláusulas sobre criterios editoriales que MVS dio en llamar “código de ética”.  Con esta seguridad firmada, Carmen inició una nueva etapa en su trabajo periodístico en la que puedo afirmar que sin claudicar a nada, se hizo más sabia al elegir con inteligencia y una prudencia que no debe confundirse con medro, sus propias batallas. Y no le tenía miedo a ningún tema.  Si antes fueron los curas pederastas, ahora lo son los poderes fácticos de los consorcios de comunicación, y su connivencia casual, coyuntural o explícita con el gobierno.

Es por ello que me sorprende tanto como pudo Carmen llegar, tres años después; ese viernes por la mañana, revisar la información, esperar pacientemente a que el reportero transmitiera su nota de la convulsa sesión de cámara de diputados del día anterior donde unos descerebrados extienden una manta calumniosa y con faltas de ortografía, acomodarse en su silla, tocarse la cara en señal de reflexión, hacer una breve pausa y decirle a su auditorio: “A ver… cómo le entramos al asunto…”

* * *

Ruego a mis amables lectores de Animal Político me dispensen por la extensión del presente escrito, y también por la elección de un tema del cual parezco ser el último de una larguísima lista de opinadores que se han pronunciado; pero quise recordar que la Carmen Aristegui del 2006, del 2008 y del 2011, es en parte consecuencia de la Carmen de los noventas.

Concluyo como empecé: al propalar rumores sin pruebas ni investigación, y exigir descargo al acusado sin cuestionar al acusador, Carmen Aristegui cometió un error que fue aprovechado por sus empleadores para terminar una relación laboral que ya era evidentemente incómoda con o sin presiones directas del gobierno. No por ello dejo de considerar que el despido de Carmen se me hace abusivo, inoportuno, lamentable y que no le conviene absolutamente a nadie. Pero el daño está hecho: si la cláusula de no difundir rumores existe en su contrato no habrá juez ni mediador que le dé la razón.

Tal vez por ello Carmen haya dado a su discurso –que no declaración– de la Casa Lamm un tono de manifiesto y denuncia que ya quisiera el más aventajado político opositor. Lo de Casa Lamm no fue un llamado a la conciliación, sino una declaración de principios y un programa mínimo de acción política. “Puso la vara muy alta” escribió Marta Anaya que comentó Miguel Ángel Granados Chapa al escucharla. Es cierto; pero estoy seguro que Carmen ya lo sabía.

Reitero mi admiración por una colega comunicóloga y avezada periodista que ha dado un paso más en su carrera, pero más que ello en su trayectoria personal al definir con claridad lo que ella misma gestó en los últimos años: el cambio de un periodismo objetivo, conciliador, incluyente que tanto reconocimiento le dio, y tantos bienes generó, a un periodismo militante y opositor al régimen, que estoy seguro será igual o más valioso que el anterior.

Bienvenida pues, a la política abierta.