blogeditor · 13 de septiembre de 2011
“¡Abel!”…
Se escuchaba la voz de inconfundible acento yucateco por el cubo de la escalera; o simplemente un “sube” al contestar la extensión telefónica. Era Carlos. No era mi jefe pero a su llamado dejaba yo lo que estuviera haciendo dentro del estudio de producción de televisión del PAN localizado en la planta baja de esa tranquila casa de la Colonia del Valle, para subir a verlo.
“Escucha…” –decía- y me comenzaba a leer su último artículo periodístico, su último discurso, su última flamígera respuesta hacia ataques que algún incauto le profería a él o al Partido. Yo escuchaba. Así era siempre. Yo me sentaba y él me leía. Al principio no entendía por qué me elegía a mí como su auditorio pasivo –allí estaba también Catalina, su fiel asistente por siempre- . Pronto descarté la teoría de que me utilizara para mandarle mensajes a mi padre, con quien tuvo muchas diferencias a lo largo de los años. Supongo que yo era simplemente alguien que podía escuchar, que preguntaba poco, y que argüía menos.
Debo confesar que a veces no le entendía completamente, o no me interesaban sus escritos; pero no faltaba distracción. La oficina de este periodista y filósofo doctorado por la universidad de Friburgo en Suiza parecía el cuarto de mi hijo a los 12 años. A las decenas de figuritas y pegotes de “Piolín” (así le decían desde chavo) se le sumaron en esos años que conviví con él otras tantas de dinosaurios de todo tipo; amén de pósters y letreros con bromas, junto a diplomas y reconocimientos. Recuerdo con claridad la que sin duda era su foto más querida, aquella de un mitin de alguna de sus campañas en Mérida donde sonriente y triunfal levanta con un solo brazo a uno de sus hijos entonces pequeños. Fotos había muchas más, casi todas ellas de Carlos junto con estadistas de todo el mundo. Le fascinaba presumirlas, y contar anécdotas de esos estadistas como si fueran sus cuates del café.
“Este Piolín es muy inteligente; lástima que sea tan soberbio”, me contó mi papá que decían de él sus coterráneos, imitando también el acento yucateco. Hay que reconocerlo. Carlos Castillo era un mamón, pero un mamón simpático, inteligente, y generoso. Le fascinaba cultivar relaciones e intercambiar favores con los poderosos de aquel entonces, aún al margen del Partido, sin embargo nunca supe que tales relaciones las utilizara para sacar provecho personal, ya que siempre vivió modestamente. “Yo siempre he vivido de lo que escribo” –decía con frecuencia-, y así lo cumplió hasta casi el final de sus días, cuando también llegó a vivir de lo que sabía. El accionar pragmático de Carlos Castillo Peraza (“La política de lo posible”) tenía aspectos inaceptables e incompatibles para panistas quienes como mi padre mantuvieron hasta el último día la pureza de sus ideales.
Pero esos años en los que conviví con él fueron más amables. Yo era un bisoño productor que realizaba los programas de televisión del Partido con tanta libertad y desparpajo como la que tenía aquel Mario Vargas Llosa de “La tía Julia y el escribidor”, y Carlos Castillo pasaba por una época política tranquila como Secretario de Estudios del PAN, pomposo cargo cuya finalidad se reducía a editar la famosa revista doctrinal “Palabra”, y también a leer, a escribir y a grillar. Carlos lograba que en esta revista participaran los ideólogos más importantes del mundo –por eso era famosa- aunque realmente pocos la leían. Yo me esforzaba por poner en mis programas de televisión todos los recursos que un joven comunicador suele incorporar a sus primeras producciones: -un pescado que hablaba dentro de la sartén, o una especie de teatro guiñol con calcetines-, y pocos las veían. Carlos trabajaba sobre temas ligeramente distintos, como aquél en que desde su escritorio -y en épocas de un presidente éste sí ilegítimo de origen-, declaraba de un plumazo la victoria cultural de Acción Nacional.
Y fue justamente en esta época cuando llegó la confluencia. Ante la pobreza de mis guiones televisivos iniciales –el pescado parlante evidentemente no funcionó-, me dediqué al plagio. Y un excelente escritor de ideas panistas lo hacía en el piso de arriba de mi estudio. Ahora lo haría para mí.
Debo aclarar en mi descargo, que Carlos lo sabía, y que esto del “plagio” es una sana costumbre que ha prevalecido dentro del Partido Acción Nacional, -observada ya por algunos analistas-, y no se le llama así, sino “citar a los maestros”. Desde el candidato a regidor del más apartado municipio del país hasta el abanderado presidencial, ha sido común agregar a los discursos ideas, y hasta frases completas de otros discursos y trabajos de ideólogos y escritores panistas que les antecedieron, dentro de una “dialéctica discursiva” que se ha venido sucediendo por casi un siglo. Es más, hasta prontuarios y ediciones especiales con las mejores citas se han editado. ¿Por qué no hacerlo con los programas partidistas de divulgación ideológica?
Así las cosas, de entre los de otros fundadores e ideólogos del PAN, retomaba yo porciones de discursos y artículos de quien pocos años más tarde sería jefe nacional del Partido, para armar los guiones de televisión, los cuales eran grabados por locutores profesionales de excelente voz. A tal grado llegó mi “descaro”, que Carlos amablemente me proporcionaba los borradores de los discursos que escribía aún antes de que éstos fueran emitidos, con el fin de tener mi programa a tiempo.
Sus escritos ya no me aburrían; por el contrario buscaba dentro del estudio de grabación darles el tono exacto y el énfasis preciso a cada frase para lograr el mejor efecto. Los locutores –con muchos años de experiencia- me decían que les gustaba mucho trabajar con aquellos textos tan bien escritos, y llegó a haber algunas veces que Carlos, al escuchar la repetición de sus propias frases grabadas con excelente voz, bajaba a la cabina del estudio para admirar su trabajo. El de los locutores, y el suyo de él, nomás faltaba.
15 años más tarde, y al repasar el grueso volumen de “El Porvenir Posible”, compilación de escritos de Carlos Castillo realizada en 2007 por Alonso Lujambio y Germán Martínez (FCE), me encontré repitiendo casi de memoria, extractos de estos mismos escritos, y recordaba con qué música y con qué imágenes había ilustrado estos pasajes en mis programas de televisión.
Fue ya lo dije, una época amable, casi podría decir tranquila. No puedo decir que Carlos Castillo y yo hayamos sido amigos, pero si reconozco la bonhomía escondida detrás de su famosa soberbia, como aquel el día en que me escribió una hermosa carta con motivo del nacimiento de María Fernanda mi primogénita; o cuando me regaló unos chupones anatómicos especiales para ella que me trajo personalmente desde Italia, con el fin de que no se afectara su dentadura.
Marifer escupía estos chupones –prefería de los baratos-, pero Carlos ya no vivió para verla con frenos.
Así es la vida.