Redacción Animal Político · 2 de febrero de 2018
La esperanza muere al último.
Anónimo
Para la comunidad católica, el Día de la Candelaria marca primordialmente el fin de las celebraciones navideñas. “La candela -me decía hace muchísimos años el maestro Miguel Sabido, experto en cultura popular y esencia mexicana- implica el fin de la fiesta y el inicio de la esperanza”. Todos aquellos que celebraron con la natividad el arribo de la fe, se encargarán de conservarla a lo largo del año encendiendo una vela (dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: “Candela.- pieza de cera para alumbrar”) que les recuerde que Dios está con ellos. La vela puede ser prendida ya sea física o interiormente, esto es, puede encenderse sobre el candelero de una mesa o dentro nuestro. No suena mal, sobre todo si tomamos en cuenta que la esperanza que nos queda después de aventarnos un tamal verde, otro de mole y a lo mejor uno de dulce es que nuestro sistema digestivo funcione como no funciona la policía de la ciudad, esto es, con eficacia.
No ser católico no implica que uno desdeñe las ideas brillantes que esa fe ha aportado a la humanidad, de manera que, encendiendo dentro mío una candela que me alumbre las ganas de que las cosas salgan bien, aquí va una pequeña lista de asuntos que, en lo que llega la Navidad, deberán requerir de mucha, muchísima fe para solucionarse de la mejor manera. Habrá que decir, en todo caso, que aquí se necesita una vela muy, muy grande.
Que la candela que encendemos con una mano mientras en la otra sostenemos nuestro vasito de champurrado nos ayude a esperanzarnos en que: