Redacción Animal Político · 6 de diciembre de 2024
Cumplidos casi treinta años de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, resulta escandaloso el desconocimiento, rayano en la ignorancia, con que desde entonces los sucesivos gobiernos de México han visto y se han vinculado con Canadá. Al país del frío se le empezó a conocer más durante el sexenio de Felipe Calderón, cuando miles de mexicanos llegaron hasta sus fronteras para solicitar asilo económico. Ni siquiera la masiva ola migratoria que terminó provocando la imposición del requisito de visa para entrar a Canadá en julio de 2009 despertó el interés gubernamental en familiarizarse y relacionarse a fondo con el otro socio del bloque comercial de Norteamérica. Después de seis años de castigar a las empresas canadienses que perdieron inversión en el sector de energías renovables, a nadie le sorprendió que el 29 de febrero de 2024, hace apenas unos meses, se reimpusiera el requisito de visa para viajar al país con el que México, queda por ver hasta cuándo, mantiene un mercado común con Estados Unidos.
Para no variar, el estado de la relación con Canadá ha sido relegado por el gobierno de México y dejado casi a la total inercia, como si se tratara de un país al otro lado del mundo con el cual pocos asuntos ameritan atención más allá de organizar eso a lo que se dedican mayormente las embajadas de México: la ceremonia del grito de Independencia y alguna inocua exposición de jarritos de colores en un rincón donde nadie pone un pie. Y eso que, a la fecha, Canadá es uno de los pocos países con los cuales México mantiene un superávit en su balanza comercial, aparte de los casos excepcionales -qué va, espectaculares- como son Venezuela y las Antillas.

No entraré en mayores detalles acerca de la ausencia de creatividad e innovación ―otra vez la más pura y llana inercia― a la que está sometido el conocido Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales (PTAT) entre ambos países y con el cual el gobierno mexicano se levanta el cuello cada vez que a algún genio de la Cancillería se le ocurre levantar un registro de los poco más de 20 mil trabajadores en promedio que cada año van a laborar al campo canadiense. Lo que se presenta como un gran éxito es en realidad la manifestación más acabada de la falta de visión en política laboral y económica: Canadá emplea a 185 mil 624 trabajadores temporales al año, de los cuales únicamente alrededor de 21 mil son mexicanos, al tiempo que más de 16 mil plazas agrícolas temporales quedan vacantes año tras año. Claro que con un exgobernador de no me acuerdo dónde como representante diplomático, junto con 5 consulados donde quizá se hace de todo, prender y apagar la luz, engrapar papeles, menos generar inteligencia comercial y de negocios, Canadá seguirá siendo una helada abstracción en la mente ―cálida y tan pronta a tomar ofensa― de la clase política mexicana.
A partir de los sombrerazos derivados de las amenazas de Trump, Agustín Basave llamó con tino a dejar la diplomacia epistolar que “da votos al interior a costa de arruinar la política exterior con indiscreciones y fanfarronadas”. No parece ser el caso, pues ya se anunció desde Palacio Nacional que ―en el mejor estilo de la grilla estudiantil― el gobierno de México no caerá en provocaciones y que nadie está para faltarle el respeto a nuestro país ―faltaba más: ya no se dice de-que no somos iguales como antes, sino entonces, sí, somos distintos. A todas luces vamos de gane.
La ventaja de convocar a la unidad nacional a la que se refiere Basave en su artículo tendría igualmente un reverso potente y fructífero si se aplicara al momento de crisis por los que están pasando los gobiernos de México y Canadá con la forma en que Trump ha llevado hasta ahora el tema del mercado común de América del Norte.
Primero, porque ambos países han sido colonizados por China y sus productos, entren o no a Estados Unidos. Basta con ver y comparar.


Segundo, porque si México se sigue ofendiendo y haciéndole la vida imposible a su socio comercial, la ya de por sí estrambótica gráfica de inversión canadiense en México terminará tomando la fatídica trayectoria de un cohete fiestero que desciende en caída libre hasta lo más profundo de la noche.

Tercero, porque si México no puede organizarse para explicar en términos objetivos, sensatos, sistemáticos, sin drama, como sí lo hace el gobierno de Canadá, se vale que este último diga Míster –y con toda razón- the number of migrants attempting to travel from Canada to the United States is a fraction of the numbers of those attempting to travel from Mexico to the United States.
Y ni dudarlo, yes, Míster, por acá en el norte atraviesan seis o siete despistados y en ocasiones hasta se pierden en el fragor de las tormentas de nieve, nada qué ver con the very hot, very tumultuous US-Mexican border.
Cuarto y último, porque Canadá no exporta más que México en montos totales al mercado estadounidense, pero sí en términos de diversidad geográfica ―36 estados de la Unión, México 6― y no se diga en productos y servicios.

Si ya una parte sustancial de los beneficios que le genera a México su relación comercial con Estados Unidos está en la cuerda ―decir que ellos salen perdiendo y se acaba el mejor negocio de su vida, equivale primero a decir una tonta bravuconada y después a no tener idea acerca de la dinámica tecnológica y de innovación que empuja a la economía estadounidense―, hacer todo lo posible por enajenarse al socio originario porque somos distintos, lograría efectivamente eso: demostrar qué tan distintos somos, pero nada más.
* Bruno H. Piche (@BrunoPiche) es ensayista y narrador. Ha sido editor, diplomático, promotor cultural y de negocios internacionales. Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y más recientemente, La mala costumbre de la esperanza (Literatura Random House). En 2025 aparecerá su libro de ensayos biográficos del primer premio Nobel mexicano, Alfonso García Robles, por El Colegio Nacional, del cual García Robles fue un destacado miembro.