Campañas, ¿sin incentivos para construir la paz?

Redacción Animal Político · 23 de enero de 2023

Campañas, ¿sin incentivos para construir la paz?

En teoría, los procesos electorales sirven para elegir a las personas más aptas en los cargos públicos en contienda y las mejores propuestas para resolver los problemas más importantes que afectan a la sociedad. Creo que es evidente que no necesariamente las campañas sirven para eso. Desde los noventa he estado cerca de procesos electorales, llevando ideas para construir la paz a través de la seguridad ciudadana y la mejora policial; ha sido casi imposible encontrar personas en candidaturas que le dieron tiempo a la escucha, el aprendizaje y la inclusión de propuestas comprobadas a través de los métodos adecuados.

Mi experiencia es bastante clara: los procesos electorales solo marginalmente tienen que ver con la competencia de ideas. Las personas expertas en la operación electoral en terreno son las que me lo han aclarado: no es rentable electoralmente invertir mayor cosa en propuestas; no se necesitan para el voto, no las exige la gran mayoría y, por tanto, no se tienen que ofrecer en las plataformas. Se cumple un trámite formal para su registro, pero “a nadie le importan en realidad”.

En el otro extremo, durante una de las campañas por la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, pasé horas con un candidato que literalmente quedaba fascinado -así lo decía- en nuestras discusiones de horas sobre qué hacer en la prevención de las violencias y la delincuencia, en la reforma policial, en el acceso a la justicia, en el acompañamiento internacional en procesos de reforma de gran escala y en muchos ángulos más. Una vez lo he vivido en al menos 10 campañas.

Hace falta, hasta donde sé, una verdadera anatomía pública de qué están hechas las campañas. Creo que nos contamos muchas mentiras porque parece intransitable aceptar que, en buena medida, la competencia electoral no representa la “fiesta democrática” de la que se habla, al menos si de gobiernos representativos hablamos. Desde luego, las elecciones regulares son esenciales para quizá abrazar la expectativa de que compitan personas e ideas y eso lleve a mejores gobiernos. Y quizá así sucede hasta cierto punto, respecto a determinados temas y en algunas ocasiones; pero creo que, como suele suceder en todo lo relacionado con el quehacer del poder público, el diablo está en los detalles.

Y en mi experiencia esos detalles enseñan que la operación día a día de las campañas deja poco o nada de espacio para el aprendizaje transformativo. La verificación empírica disponible está en la comparación al paso del tiempo de las mencionadas plataformas electorales. Esos documentos que difícilmente representan la evolución de las ideas soportada en saberes especializados académicos y no académicos.

He leído que la disputa mayor en la política hoy día es por la atención. Las campañas operan en un contexto donde los periodos de atención duran segundos, por ejemplo, en las redes digitales. Un video, digamos de tres minutos, parece ser demasiado largo bajo la comprensión y práctica actual de la comunicación política. Así que poner ideas complejas a competir podría ser tarea imposible al menos a cielo abierto y desde cualquier lugar (hipótesis que cuestiona los esquemas comunicativos de cualquiera que, apelando a la reflexión, intenta disputar narrativas en el espacio público).

En las campañas y desde varios colores me han repetido una idea que parece generalmente aceptada desde quien representa la candidatura hasta quienes realizan las tareas más básicas en la calle: en campaña se lucha a cuerpo partido, todo se vale y no es el momento para distraerse en foros, talleres, conferencias o cualquier formato reflexivo (cuando se organizan eventos de este tipo, se intenta proyectar la imagen de que las ideas sí son relevantes ante segmentos mínimos del electorado). Me han insistido: “una vez que ganemos, entonces sí invertiremos en construir ideas serias”.

Personas vinculadas a la operación y la investigación sobre la competencia electoral me explican que es un problema de incentivos, de manera que es un sinsentido invertir en aquello que no ayuda a ganar (la anatomía de la que hablo analizaría qué es lo que en la práctica sí ayuda a ganar).

Llego al punto: las políticas asociadas a la construcción de paz funcionan en México generalmente con débiles estándares de rendición de cuentas y en parte es justo por eso que transitamos por una crisis que incluye todas las violencias imaginables, sin aprendizaje y rectificación profunda comprobable por parte de la inmensa mayoría de los gobiernos; pero si eso no sucede en el ejercicio de gobierno y las campañas tampoco son el filtro de calidad que supuestamente deben ser, entonces, en estricto sentido, no sometemos a control democrático las decisiones en torno a un problema que, según los estudios de opinión, siempre está entre los primeros lugares de preocupación para la gran mayoría.

Reduzco todo lo planteado a una frase: en las campañas no hay tiempo para hacerse cargo de la realidad asociada a una de las más demoledoras crisis. Si esto es así, la continuación de esta pesadilla está asegurada.

@ErnestoLPV