Redacción Animal Político · 12 de marzo de 2024
El impacto del cambio climático tiene un efecto desproporcionado en las mujeres. Cuando las comunidades están en la primera línea de las consecuencias negativas de la acción climática, las mujeres, que históricamente han estado a cargo de las responsabilidades de cuidado en los hogares, son quienes más padecen la escasez y los daños. Ellas tienen menos recursos, más responsabilidades y menos participación para tomar decisiones.
Dentro de los grupos marginales se identifican subgrupos que resultan ser los más marginados, como los son los conformados por las mujeres, los jóvenes y las personas con discapacidad.
Uno de los factores que se analizan cuando se habla de los principios de adaptación climática se refiere a que tendría que ser liderada localmente y, por ende, esta adaptación tiene que conllevar cambios en el proceso de toma de decisiones y cómo se resuelven las inequidades estructurales.
Existen muchas barreras y desafíos que enfrentan estas comunidades para acceder a financiamiento para poder adoptar y explorar soluciones ante el cambio climático. Empezando por pensar en una “racionalidad climática” que en sí es difícil de lograr y toma mucho tiempo.
Para empezar, ¿qué significa la racionalidad climática? Si bien es una definición en constante evolución y construcción, se considera que la racionalidad climática parte de la información y narrativa que explican cómo es una comunidad y cómo será afectada por el cambio climático. Esto conlleva a cómo será la intervención que se propone implementar para procurar la mitigación, la adaptación y la minimización de las pérdidas y daños.
Al tratar de apoyar a comunidades en muchas ocasiones se acusó a las organizaciones y fundaciones de caer en una cuestión extractivista de conocimiento y saberes. A pesar de que se aborde con la mejor intención de aprender, indagar y conocer, no siempre existe una sensibilización sobre el porqué de las acciones a implementar y cómo se involucra a las comunidades en la creación de esa misma solución que tomará lugar en su territorio.
Principalmente, la racionalidad climática parte de enfocarse en soluciones que sean lideradas por las comunidades. Parecería lógico, dado que son ellas quienes están en la primera línea de los impactos del cambio climático, quienes más lo sufren y son más vulnerables. Si se considera también que tienen menos recursos, (no solo los financieros) para hacerle frente a esos impactos, al final da cuenta de su resiliencia ya que son quienes están más interesadas en buscar soluciones y una manera de subsistir con lo que aún queda a pesar de las condiciones adversas.
También parecería lógico que quienes están padeciendo los efectos de la emergencia climática y quienes pueden pensar mejor en cómo adaptarse, accedan a los fondos que muchas organizaciones buscan invertir. Sin embargo, la realidad es que los fondos y recursos no siempre aterrizan en estas comunidades. Estos desbalances de poder y distribución de recursos se evidencian no solo en la lucha por el cambio climático, sino en todas las esferas de la convivencia humana.
El ecofeminismo es un movimiento que surge de la intersección entre el feminismo y el ambientalismo. Se basa en la idea de que existe una conexión intrínseca entre la opresión de las mujeres y la degradación del medio ambiente. Este enfoque sostiene que tanto las mujeres como la naturaleza han sido históricamente consideradas como recursos explotables por parte del patriarcado y el capitalismo.
Esta postura argumenta que la dominación y explotación de la naturaleza y de las mujeres están entrelazadas, ya que comparten una lógica similar de poder y control. Se plantea que las mujeres y las comunidades marginadas son las más afectadas por los impactos ambientales adversos. Por ende, este movimiento aboga por una reconexión con la naturaleza y una transformación de aquellas estructuras sociales y económicas que perpetúan la opresión tanto de las mujeres como del medio ambiente.
Esta noción puede ser considerada hasta filosófica y atañe a nuestra biología y nuestra cultura. Las mujeres dieron batallas desde hace siglos para intentar equiparar estas desigualdades y ocupar el lugar que les corresponde en la toma de decisiones y en las acciones. Una reflexión fructífera que sucedió durante esta lucha fue darse cuenta de que es sumamente importante que esta lucha sea colectiva. Es necesario que todo el principio de sororidad construido durante años tenga su respectivo eco en otras luchas. Esas causas también tienen que ver con el bien común, como por ejemplo las cuestiones ambientales. Es vital que se piensen desde un lugar bien compartido y muy colaborativo.
Las mujeres y su rol en la sociedad, específicamente los trabajos de cuidados de hijos y adultos mayores, quedan enmarcadas en un papel que las trasciende y las coloca en contexto y perspectiva con los demás y su bienestar. En muchas ocasiones este principio colectivo no parecería estar tan presente cuando las acciones y soluciones son exclusivamente lideradas por hombres y se asemeja más a cuestiones individualistas.
Sería deseable lograr que el hecho de trabajar en organizaciones con causa integre a las mujeres a un cambio más grande que permita incluirlas en decisiones que son políticas y a su vez, las habilite a protagonizar un diálogo más complejo sin que se generen situaciones de conflicto para cumplir ese rol.
En este sentido, abordar estos desafíos sólo desde una perspectiva de género o sólo desde la lucha por el medio ambiente resulta limitado. Hemos encontrado una intersección entre todas estas causas y así es como se hallaron soluciones colectivas que pudieron sostenerse en el tiempo. Cada quién batallando desde su trinchera ya no funciona.
Algunos ejemplos concretos pueden observarse en proyectos de Fundación Avina como BASE, que engloba ocho iniciativas en diferentes regiones: dos en Indonesia, Costa Rica, Camerún, Ecuador, Ghana, República Democrática del Congo y Brasil.
El motivo de reflexión se centra en que, en la organización operativa de todas las iniciativas que integran este proyecto, el punto focal es una mujer.
Eso no es algo menor, ya que en países en los que el imaginario colectivo plantea que las mujeres rara vez tienen oportunidades de liderar, en este proyecto en particular, en cada uno de los países en que se implementan soluciones, es una mujer quien está a cargo de llevar el proyecto y la que está en el proceso de toma de decisiones concretas, de utilización de recursos y es quien representa los intereses de las comunidades.
En BASE los proyectos son seleccionados para recibir fondos, y en ese proceso de ubicar buenas iniciativas, se da importancia y priorización a aquellos que tuvieran un componente tal como el de las mujeres o minorías liderando actividades.
Otro ejemplo importante de un cambio de actitud es el caso de Camerún. En este país, las mujeres no tienen posibilidad de ser dueñas de las tierras, solo los hombres ejercen ese derecho. Entonces una de las actividades fue capacitar y convencer a los jefes de familia, principalmente a los hombres, sobre la importancia de armar huertos en los hogares. Luego, las mujeres recibieron capacitaciones y se las apoyó en la construcción de viveros. El proyecto contemplaba una meta de cantidad de hectáreas en las cuales las mujeres armarían sus propios huertos, no solo para su propio consumo, sino para vender, ampliando su actividad fuera de la casa hacia un ejercicio en la economía.
Un horizonte hacia el cual caminar sería que las mujeres también tuvieran el derecho a ser propietarias de esas tierras, no solo trabajarla. Pero hay que dar un paso a la vez. Antes de abordar las desigualdades que enfrentan las mujeres, primero se debe considerar cuál es su rol en este momento y su potencial para que sean agentes de cambio.
La clave es considerarlas como “agentes de cambio”, porque en general se tiende a hablar de las mujeres desde el lugar de la vulnerabilidad. Y es real pues son afectadas de manera distinta, pero se ha demostrado que, al mismo tiempo, existe la posibilidad y el entusiasmo de que ellas sean las promotoras del cambio que se necesita.
Las mujeres son más flexibles a pensar las soluciones como procesos. Pensar desde una lógica de inmediatez, en muchas ocasiones, no permite que los procesos den fruto, no se otorga el suficiente tiempo para que los cambios sucedan.
No se puede generalizar respecto a que todas las mujeres tengan la predisposición a cuidar, o que ningún hombre la posea. Si se observa desde un panorama social más amplio, el rol del cuidado ha sido ejercido mayoritariamente por mujeres y ha permanecido sin muchas alteraciones a lo largo de los años. Sin embargo, cada avance importa y la intersección entre agendas no es solo una perspectiva inteligente de adoptar, sino la única manera de lograr un cambio sustancial respecto a la justicia y desigualdad, así como a la adaptación y mitigación del cambio climático.
Este blog es una serie de tres que serán publicados en las próximas ediciones y están dedicadas al Día Internacional de la Mujer Trabajadora.