blogeditor · 11 de marzo de 2016
Por: Adriana Muro y Nora Robledo
La oportunidad de conocer dos de los Centros de Atención Médica a Drogodependientes (CAMAD) que actualmente operan en Bogotá –una unidad móvil en el barrio de Kennedy, ubicado en el corazón de la Central de Corabastos y otro en el Hospital Sur Oriente, a dos cuadras del barrio del Bronx, considerado el mayor expendio de drogas de Bogotá– permite dimensionar el impacto que dicha política ha tenido en la ciudad.
Contrario a lo que señala la administración del alcalde Enrique Peñalosa y lo que destacan los titulares de los medios de comunicación, al visitar los CAMAD uno no se encuentra con servidores públicos repartiendo drogas por las calles, de lo que uno es testigo al acercarse a estas unidades es de la interacción de personas reconociéndose en otras personas, devolviendo a los grupos marginados el derecho a pertenecer.
En 2012, la alcadía de Bogotá abrió varias unidades CAMAD con la intención de abordar el fenómeno del consumo de drogas a partir de acciones de reducción del daño.[1] De la iniciativa se ha rumorado de todo; por un lado, se ha considerado que no es una medida de reducción de daños y que solo se limita a un simple servicio de odontodología, por el otro, se ha estigmatizado el proyecto señalando que estas unidades reparten metadona y/o mariguana, contribuyendo a la descomposición del tejido social en aquellos puntos donde se establecen.
Pero ¿qué son realmente los CAMAD? Se trata de centros móviles, itinerantes y fijos[2] que ofrece un servicio integral, el cual incluye: odontología, medicina, psiquiatría, psicología, terapia ocupacional, talleres de arte y acompañamiento psicosocial, éste último tanto a nivel individual como grupal. El personal que labora en los CAMAD brinda: i) información veraz y científica respecto la droga de elección de las personas atendidas; ii) canalización al Programa CAMBIE, en donde se entregan kits de consumo seguro de heroína; iii) pruebas rápidas de VIH, hepatitis C y tuberculosis; iv) sensibilización a los usuarios consumidores de bazuco y/o solventes para que sustituyan dicho consumo por otra droga menos dañina, como podría ser la mariguana, y v) remisión y acompañamiento a los usuarios que así lo deseen a programas de deshabituación o superación del consumo.[3]
Ante esta descripción, si bien la estrategia CAMAD no puede clasificarse estrictamente como un programa de reducción del daño, sí se trata de una estrategia innovadora de atención primaria en salud que, dentro del abanico de servicios con los que cuenta, ofrece tanto medidas de prevención de consumo como de reducción de daños.
[contextly_sidebar id=”YSqq8qMa3mixOvSQosMu9ePbrL32w3pJ”]La trascendencia del proyecto CAMAD no solo se destaca por ser una nueva propuesta de enfoque en materia de reducción del daño, sino también por la población receptora que atiende y el impacto que el servicio tiene en la misma. CAMAD recibe a aquellos grupos marginados e invisibilizados en la sociedad colombiana: los habitantes de calle, las personas en el ejercicio del trabajo sexual, los microtraficantes, entre otras. Grupos estructuralmente estigmatizados en los que confluyen de forma intersectorial múltiples factores de vulnerabilidad y riesgo de discriminación.
CAMAD logra rescatar el sentido de dignidad humana de estos grupos a consecuencia de la pérdida de la comunidad, del rechazo de la sociedad y de la negación de los serivicios de salud física y mental por parte del gobierno. En palabras de uno de los jóvenes médicos del CAMAD móvil de Barrio de Kennedy, “[el Programa] les ofrece una salida para sentirse un poco incluidos en la sociedad. Y eso es lo más importante, que se sientan incluidos en la sociedad porque, realmente son parte de nosotros”.
Los CAMAD permiten evidenciar que en Colombia hasta la droga está estratificada, ya que son estos grupos los que consumen las sustancias psicoactivas más baratas y accesibles como el bazuco y los solventes, siendo a su vez las drogas que generan más daños a la salud física y mental.[5] En ese sentido, CAMAD es un primer paso para rehumanizar a aquellas personas e incluso familias a las que se les ha negado, como diría Hannah Harendt, el derecho a tener derechos,[6] es decir, la política se traduce en un primer puente entre las personas que han perdido un lugar en la comunidad y el Estado.
Mirando la iniciativa desde dicha perspectiva, resulta preocupante que la adminsitración del alcalde Peñalosa plantee la posibilidad del cierre de los CAMAD, y resulta aun más cuestionable que la misma no derive de estudios juiciosos sobre la política, sino que atienda a factores políticos, como la dañina necesidad de marcar la línea de separación entre la nueva y la vieja administración, y la obsoleta idea de volver a estrategias prohibicionistas que entienden el consumo de drogas como un delito y no como un problema de salud pública y de derechos humanos.
Así, Colombia se encuentra inserta en una esquizofrenia en materia de política de drogas, ya que mientras a nivel internacional –en vísperas de la UNGASS 2016– el presidente Santos pretende liderar el reconocimiento del fracaso del prohibicionismo y busca alternativas para atender el problema de la drogas desde un enfoque de salud y derechos humanos, a nivel interno –al menos en la capital– se parece estar pugnado por lo contrario, por la segregación y la estigmatización del consumidor.
Es importante reconocer que el proyecto CAMAD tiene mucho qué mejorar, se debe aprovechar la ventana de oportunidad que la política abre para los grupos en situación de vulnerabilidad. La confianza ganada a partir del trabajo realizado por el personal médico y social permite que se incluyan servicios de reducción de daños más especializados como la entrega de kits del programa CAMBIE, la instalación de salas de consumo controlado en las unidades de mediano umbral, entre otros. También es necesario que el personal tenga la competenecia de ser más reactivo y poder prestar servicios resolutivos, que incluyan la posibilidad por ejemplo, de suturar una herida.
En últimas, la política requiere un replanteamiento en su diseño que refleje con claridad los objetivos de la misma y que se logre armonizar de forma eficiente la política local con la política nacional en la materia. [6] De igual forma, los CAMAD tiene el reto de convertirse en una estrategia de reducción de daños intersectorial en la que exista claridad sobre las funciones y responsabilidades de las entidades y participen de forma articulada las secretarías de Salud, Integridad Social y Seguridad.
Proyectos como CAMAD invitan a visibilizar, por un lado, la necesidad de ejercer un control ciudadano sobre el mantenimiento de políticas públicas exitosas por encima de pugnas políticas e ideológicas que solo impactan de forma negativa a la reivindicación de derechos. Por el otro, desde la política de drogas, los CAMAD se presentan como una opción para no caer en la estratificación de los modelos de reducción de daños en América Latina permitiendo, más allá de los modelos comparados en Europa o Estados Unidos, crear alternativas locales que tomen en cuenta la interseccionalidad de las poblaciones consumidoras de drogas.
Es momento entonces de exigir que se reconozcan modelos éxitosos de reducción de daños en el país, en miras de afianzar una política de drogas que se aleje de la criminalización y discriminación, que democratice el acceso a la salud, le apueste a un modelo de reducción del daños que responda a la coyuntura actual y dignifique a las personas consumidoras excluidas de la sociedad colombiana.
* Adriana Muro y Nora Robledo son abogadas de Elementa, Consultoría en Derechos.
[1] Cfr. Quintero, Julián, Los CAMAD de Bogotá: los centros de atención médica a drogadictos entre el discurso político y la acción técnica, Serie de reforma legislativa en materia de drogas No. 22, Transnational Institute, Amsterdam, Noviembre 2012, pp. 8-9.
[2] Existen tres modalidades de CAMAD: i) Móvil, vehículo con servicios de salud básicos que se desplaza por zonas estratégicas; ii) itinerantes o Jóvenes, carpa que se instala temporalmente en distintos puntos clave y, iii) Mediano Umbral, punto fijo de atención –en hospital o instalaciones en centro de reclusión– que puede llegar a ofrecer servicios médicos de atención secundaria. Cfr. Parkin Daniels, Joe, Bogotá tackles basuco addiction, September 2015, vol. 389, The Lancet, pág. 2. Disponible aquí. Entrevista con Pablo Zuleta del 2 de diciembre de 2015 y Entrevista con equipo CAMAD Kennedy y CAMAD Mediano Umbral Hospital Centro Oriente del 2 de marzo de 2016, ambas realizadas por el equipo jurídico de Elementa, Consultoría en Derechos.
[3] Entrevista con equipo CAMAD Kennedy y CAMAD Mediano Umbral Hospital Centro Oriente del 2 de marzo de 2016 realizada por el equipo jurídico de Elementa, Consultoría en Derechos.
[4] Véase sobre dichos efectos la Investigación sobre el bazuco en Bogotá: Componentes, adulterantes y residuos realizado por Acción Técnica Social.
[5] Arendt Hannah. The Origins of Totalitarianism. Harcourt & Brace, Nueva York
(1951). Traducida por Solana Diez, Guillermo. Los orígenes del totalitarismo. Parte II: Imperialismo. Madrid 1986. Editorial Alianza.
[6] Véase el Plan Nacional para la promoción de la salud, la prevención y la atención de sustancias psicoactivas 2014/2021 el cual incluye medidas de prevención, mitigación y superación del consumo.