blogeditor · 2 de diciembre de 2021
Al comienzo de este año recibí la invitación a un grupo de WhatsApp conformado por personas con quienes estudié desde preescolar, primaria y secundaria. El objetivo no era claro, más que un ambiguo mensaje de “estar en contacto con la generación”. Al principio dudé en aceptarla, pero me motivó la nostalgia, la emoción de volver a tener contacto con quienes tuve una linda amistad en aquella época y, sí, también la curiosidad de saber qué había sido de la vida de esas personas con quienes compartí el aula, anécdotas, juego y aprendizaje por doce años.
Cuando me agregaron, algunos saludos y mensajes de bienvenida no se hicieron esperar. Hasta que llegó el mensaje de un excompañero que decía “cada vez que entra alguien nuevo debe mandar una selfie para actualizarnos, con su familia, pareja, hijos, o con lo que sea”. Ante ese mensaje, solo pensé que esa petición atendía a saber cómo somos actualmente quienes estamos en el grupo, y simplemente respondí “jajajajaja, mejor actualicen sus fotos de perfil” para no generar un mensaje hostil de una rotunda negativa. Transcurrieron los meses, y cada que agregaban al grupo a otra persona, una solicitud similar se ponía, y había quienes mandaban su selfie y quienes simplemente ignoraban el mensaje. Llegó junio y agregaron a una excompañera, a quien recibieron con el mismo mensaje, y al no responder, alguien sugirió que, para que ella respondiera, se le invitara a ese grupo a dos excompañeros en particular. Esto le molestó mucho a ella, y acto seguido abandonó el grupo. De ahí se desprendieron una serie de mensajes, entre burlas y bromas misóginas a las que señalé como claras faltas de respeto hacia una excompañera de quien no saben qué circunstancia vive actualmente ni tienen por qué hacer referencia a un capítulo de la secundaria que pasó hace más de veinticinco años. Posterior a que señalé la falta de respeto, entre otros mensajes, leí que “la más ofendida era yo”, que “era solo una broma”, que “por qué discutíamos de alguien a quien le valió y se salió del grupo”, que “no era falta de respeto y que ella se lo perdía”, en fin… no quise dejar de exponer mi punto, y compartir argumentos que reiteraban la importancia de respetar a las personas. Invité al compañero “bromista” a que, como ejercicio pedagógico, enseñara el mensaje a su pareja (mujer), y le preguntara si era o no falta de respeto, a lo que recibí como respuesta “jajajajaja mi mujer me conoce bastante y sabe qué valores tengo… y no, el ejercicio no vale la pena porque no nos vamos a meter en un debate feminista…”.
Cuando leí esto (sobre todo el “mi mujer” y el “debate feminista”), y vi que en el mismo grupo había otras personas, tanto mujeres como hombres que pedían “no discutir”, que “nos calmáramos”, que “no nos tomáramos las cosas personales”, reforcé el porqué es importante señalar, siempre señalar y levantar la voz cuando hay cualquier tipo de violencia hacia una mujer. En verdad, no daba crédito a la indiferencia de tantas personas en el mismo grupo. Al mismo tiempo, me parecía un claro reflejo de lo que sucede en nuestra sociedad. En este grupo de cuarenta y un personas, podemos ver lo que pasa en nuestro país, en el mundo, en donde hay una evidente normalización a la violencia, disfrazada de “bromas” para agredir, en especial a las mujeres.
Y es que la violencia tiene muchísimas manifestaciones. No es solo física, sino también, entre otras, están la violencia psicológica, sexual, económica, feminicida y la simbólica. Esta última es la que se ejerce a través de patrones estereotipados, la normalización de la desigualdad, la dominación y la discriminación hacia la mujer.
Desde mi perspectiva, la violencia simbólica es el primer paso para las otras, porque pone a la mujer en una posición vulnerable, de subordinación, en la que se puede abusar de cualquier forma por el simple hecho de ser mujer. Es este tipo de violencia la que está presente en la cotidianidad, en esas “pequeñas” acciones o, aparentemente, “inofensivas” frases que se utilizan en el día a día, sin reflexionar que se reproducen de forma automática y que, hasta no detenerse y hacer consciencia, pasan inadvertidas. Tal es el caso de frases que se utilizan indistintamente, en la conversación análoga y en la digital (en los grupos de WhatsApp, por ejemplo, o en las redes sociales), como el “no exageres”, “¡cálmate, no es para tanto!”, o si nos vamos a las que están ya como parte de la “cultura popular”, que tienen profundamente enraizados los roles de género y lo que se espera de las mujeres, tales como el “cocinas delicioso, ya te puedes casar”, o la típica que se utiliza para estigmatizar a una mujer que está enojada, con el “¡ya cásate!”. O la tan sonada frase que he escuchado entre mujeres mayores, cuando dicen: “hijo de mi hija, mi nieto será, hijo de mi nuera, ¿quién sabe será?” . Cuando escucho esto, pienso en por qué se siguen perpetuando estos prejuicios, por qué algunas mujeres también ejercen violencia contra otras mujeres, y es claro que hay toda una estructura alrededor. Este sistema patriarcal que domina las instituciones (desde las familias, iniciativa privada hasta las gubernamentales), que está presente en el día a día, y que se manifiesta en prácticas cotidianas, costumbres e ideas que reiteran los roles que se espera que cumplamos las mujeres, dando por consecuencia estas violencias simbólicas.
Pequeñas acciones generan grandes cambios. Por ello, hago un llamado para que levantemos la voz, señalemos cuando veamos esas “insignificantes” acciones, burlas y bromas entre nuestros círculos cercanos. ¡No!, no son pequeñeces; ¡no!, no son exageraciones. Son formas de violencia simbólica que hacen tanto daño a las mujeres y niñas y, por lo tanto, repercuten en que tengamos sociedades injustas y desiguales.
Para quienes quieran saber el desenlace de la conversación de WhatsApp, después de señalar y compartir mis argumentos, me habló mi excompañera, ahora mi amiga, para agradecer la valentía para defenderla y por alzar la voz. Me contactó también otra excompañera para preguntarme en dónde podía informarse más porque ella quería perder el miedo, por ejemplo, para responder en este tipo de grupos . Me escribió otro excompañero con quien tuve oportunidad de debatir no solo ese punto, sino lo que hay “detrás de las bromas”. Para mí fue una acción pequeña en lo cotidiano, pero con grandes resultados al menos en estas tres personas que, estoy segura, siguen interesadas en aprender más.
Alguien me cuestionó que para qué discutía en un grupo de WhatsApp, porque “ahí no se llega a nada”, y mi respuesta fue: porque vale la pena, porque en el espacio más pequeño y, aparentemente, insignificante, levantar la voz en nombre de las mujeres es un paso inicial para detener la violencia contra nosotras.
¡No me calmo! Y sí, ¡sí es para mucho!
* Rosario Zavala (@RosarioZavalaR) es Socia Directora de LEXIA Insights & Solutions y Presidenta del Comité Igualdad & Inclusión de AVE. Consultora en Mercadotecnia & Human Insights, especializada en comprensión de las mujeres en sus distintos ciclos de vida y en su relación con la belleza. Forma parte del Comité de Jornadas Financieras, como consultora de CONDUSEF, para promover la Educación e Inclusión Financiera en México.