Calasso

blogeditor · 30 de julio de 2021

Roberto Calasso fue algo insólito: a la vez un grandísimo escritor y un grandísimo editor“.

 Jorge Herralde

 

La industria del libro cuenta dentro de sus filas con una desparpajada multitud de portentosos personajes —provenientes todos de las más diversas galaxias— que contribuyen a enriquecerla, pero es muy cierto que de entre todos ellos no hay ninguno que se asemeje a la personalidad que como leyenda construyó, tras años de consistente carrera, un hombre como Roberto Calasso.

Misterioso y místico, sonriente y riguroso, los años de mayor producción literaria retratan a un personaje como Calasso enmarcado en un arsenal de conocimientos de entre los cuales hay que extraer los espirituales para comprender mejor su obra y sus múltiples intereses. Recién al conocerse la noticia de la muerte de quien se desempeñara como ilustre genio literario y editorial, Pepe Gordon, el querido divulgador científico y hombre de grandes gustos libreros, recordó a través de sus redes un fragmento de “Ka”, publicado —obviamente por Anagrama, la casa del 90% de su obra— en 1996. Basta permitir que la imaginación reciba toda la sabiduría y la gloria de esas letras creadas por el maestro de generaciones de escritores para confirmar, con pesar, que se ha ido una figura central de la alta cultura del mundo:

˝En el pueblo de Gokula unos amigos acusan al niño Krishna con su madre. ¡Se está comiendo el pasto! El pequeño se defiende: «Es mentira, mamá; si no me crees mírame la boca (…) Yasoda bajó la mirada para escrutar el paladar de su hijo y encontró una inmensa bóveda estrellada que la chupaba. Yasoda viajaba, volaba. Donde hubiera debido estar el fondo de la garganta se erguía el Monte Meru, sembrado de infinitos bosques. A su lado se veían islas, que quizá eran continentes y lagos, que quizás eran océanos. Yasoda respiraba con una tranquilidad desconocida, como si por primera vez saliera al aire libre a través de la boca de su hijo. La visión que más la cautivó fue la del Zodiaco: rodeaba al mundo oblicuamente, como una faja jaspeada. Yasoda fue aún más allá. Vio la oscilación de la mente, su mutabilidad lunar, sus brincos de mono de una rama a otra del universo. Vio cómo los tres hilos de los que toda sustancia está hecha se enrollaban en ovillos, de los que nacían otros ovillos. Al fondo, vio el pueblo de Gokula, reconoció sus callejones, las ensambladoras de las piedras, las carretas, los manantiales de agua, las flores macilentas. Y finalmente se vio a sí misma, en una calle, mirando la boca de un niño».

Dice el lugar común que las altas esferas del mundo están reservadas para los influyentes. Yo digo que se encuentran reservadas para los talentosos: aquellos que con solo difundir una visión genuina del mundo lo transforman.

Las altas esferas del mundo y de la historia se encuentran reservadas para tipos como Roberto Calasso que, en la otra vida, ya debe estar eligiendo proyectos celestiales que llevar a cabo con su pluma, cargada ya no de tinta, sino de posteridad.

Descanse en paz.

@elimonpartido