blogeditor · 15 de enero de 2014
Después de ver la polémica, los ataques, las descalificaciones y los festejos que genera la designación del Balón de Oro al mejor futbolista del año, vale la pena proponer otro enfoque.
Es difícil avanzar equilibradamente en la vida sin el reconocimiento por aquello que hacemos bien, que damos de corazón, que entregamos y luchamos. Un trofeo, una vuelta olímpica, un podium, un aplauso, una porra, un beso son bien recibidos como parte de ese reconocimiento.
[contextly_sidebar id=”1080420dcf769b1595368be0c72c3e52″]Los deportes individuales se pintan solos para solucionar el dilema de quién es el mejor. En los deportes de conjunto, en este caso el fútbol, nadie, absolutamente nadie gana solo, por grande, talentoso y entregado que sea. Sin embargo, en la suma del esfuerzo de todos siempre surgen jugadores que hacen de su equipo, pero sobre todo de su deporte, algo mejor. La diversidad de su talento, técnica y temperamento hacen que el sueño de ser futbolista incluya a muchos más. Con eso debería bastar, pero no, el sistema insiste en diferenciar y “descubrir” quién es el mejor, aunque pretenderlo es tan subjetivo como el gusto de la afición.
Para muchos Cristiano Ronaldo es mejor que Messi, para otros no, pero dicen que Messi está lejos de Maradona a quien ven mejor que Pelé, quien siempre será ¡oh Rey! aunque no vieron jugar a Di Stéfano. ¿Por qué escoger a uno? ¿Por qué hacer un molde del mejor, cuando los mejores siempre son los que rompen el molde?
Nos devanamos los sesos (y los otros) comparándolos y olvidamos la riqueza que ofrece tenerlos a todos sin excepción.
Los primeros han inspirado a los siguientes y cada uno ha hecho mejor al otro.
Messi con una orquesta que toca en su tono. Ribéry con una maquinaria eficiente y Cristiano Ronaldo comandando un ejército que lo sostiene y le cubre la espalda. El asunto llega a tal extremo que quien está con uno niega la existencia del otro a base de insultos, descalificaciones o bullying, sin darse cuenta de que cada uno tiene lo que los otros dos no tienen. Dos de ellos tienen Balón de Oro, pero el otro ha jugado una final de campeonato del mundo y eso es porque “los dioses no dan a un solo mortal todos sus dones”.
Sí, la presencia de Di Stéfano, Pelé, Garrincha, Zizu, Platini, Cruyff, Gullit, Ronaldo, Ronaldinho, Cristiano, Maradona , Neymar, Zlatan, Valderrama, nos avisa que un alto, un chaparro, un fortachón, un guapo, un tímido, un enojón, un polémico, un greñudo, un dientón, bueno dos, pero uno mas risueño, descubran y desarrollen su talento sin dar por hecho que el molde para ser el mejor es uno solo.
Pareciera que del 1.66 m. de Maradona a los dos metros de Zlatan Ibrahimovic ya están todos, ¡y no! todavía hay lugar para más, de estilos, clases y temples nuevos.
Aceptémoslos a todos, aplaudamos a todos. El ejemplo nos lo da el juego mismo al recibir de buena gana a tantos, tan aptos y distintos. Por qué hemos de venir a descomponer esa armonía distinguiendo a uno solo, cuando es la diversidad de talentos lo que permite darnos cuenta de que en el futbol y en el deporte cabemos todos.